El príncipe que no estaba destinado a reinar

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Capítulo 4 - El espectáculo de los bajos fondos

El marqués de Orellana se enderezó en su asiento y bajó un poco la mirada, lo suficiente como para poder observar con tranquilidad la totalidad del patio de butacas. Desde su sitio, en uno de los palcos del segundo piso, era capaz de divisar la nuca de cientos de personas que vestidos de gala estaban disfrutando de la buena compañía y de la excelente música con la que contaba la velada. Todos permanecían en silencio, a medida que Papageno desprendía sus alas y comenzaba a entonar las primeras notas de Soy el cazador de pájaros, acompañado por la orquesta y por su propia flauta de pan. Si alguno de los presentes había estado comentando con su compañero de al lado qué actor interpretaría el papel del barítono o en cuál de los bares se tomarían una copa antes de regresar a casa, se callaron en cuanto el telón se abrió.

Viendo de perfil a algunas personas de las altas esferas alemanas, Federico podía adivinar claramente sus pensamientos. Muchos sonreían, ¿cómo no hacerlo al asistir a una ópera de Mozart? Algunos parecían estar tan embelesados con el sonido que apenas se movían y, si lo hacían, era para levantar un poco más el mentón y que los acordes pusiesen calar en lo profundo de sus mentes. Todas aquellas gentes eran de clase media, tirando a alta. O lo que era lo mismo: se trataba de personas que podían permitirse ir a la ópera tres o cuatro veces al año, cuando hubiese una buena función, pero que no disponían del dinero ni de la posición para conseguir su propio palco. Federico disfrutaba tanto o más contemplando el regocijo de aquellas gentes, que de la historia que se estaba representando.

La ópera debía ser, como clamaba Bastian, uno de los pilares fundamentales a través del que hallar la raíz del conocimiento humano. O, traducido a un lenguaje pagano, la música era lo que mantenía al universo girando.

Quizá si el teatro y los conciertos se pusieran en una balanza para medir el grado de interés profesado por el marqués, el teatro tendría mayor peso. La música clásica le encantaba, siempre y cuando ésta no incluyese voces de por medio. Él disfrutaba más de orquestas de cámara, quintetos de cuerda o solos de piano. En todo caso, hubiera sido una vulgaridad rechazar la invitación de Bastian poniendo de manifiesto su preferencia. Además, el doctor Langeberg había sido de sobra convincente al decir que eran las mejores butacas que había conseguido nunca, que era una oportunidad que no se repetiría, pues en las óperas de autores tan afamados siempre solía tener que conformarse con un asiento en el gallinero. Las entradas volaban cuando se trataba de una función de tal calibre y de no ser porque uno disponía de mucho dinero o de un título nobiliario —heredado o comprado—, era una ardua tarea conseguir asientos.

Federico acudió, pues, a un palco en el que sólo se hallaban su amigo y él. Habría preferido la compañía de una dama, ¿para qué negarlo? Mas no se podía tener todo en la vida.

En un momento dado, cuando los cantos se quebraron en el aire y las luces dejaron de enfocar, de forma persistente, la escena, Bastian se incorporó en su asiento con intención de hablarle a su amigo. Sabía que había estado observando al público en silencio. Que semejaba tener mayor interés en ellos que en lo que sucedía con el secuestro de Pamina. ¿Cómo podía ser que alguien con una sensibilidad como la del marqués no resultase fascinado ante la fábula del cazador de pájaros? Oh, tenía que ser porque Papagena aún no había hecho su entrada, y todos sabían que ella era la auténtica estrella de la ópera.

—¿Ves aquel hombre de bigote? Justo en el centro de la platea, el que viste de blanco —Bastian decidió aprovechar el descanso para cuchichear sobre los presentes, ya que Federico no parecía dispuesto a comentar nada sobre la obra—. Es el conde de Bähr, y esa que está a su lado es Isabella Leverenz. ¿No la conoces? No es nadie, en realidad. Una costurera, me parece, que conoció al conde hace unos meses en su taller de confección y ahora no sale de casa por las noches si no es colgada de su brazo.

—Y esto de la ópera será como un idilio para ellos, ¿no?

—Idilio o no, no les durará mucho. Hay una condesa de Bähr e imagino que ya le habrán llegado los rumores. Desde luego, su marido no es nada discreto

—Bastian, no sabes cuánto puedes llegar a sorprenderme. No tenía ni idea de que fueses uno de esos que echan leña al fuego, avivando las llamas, sin importarle si lo que cuenta es verdadero o falso. Porque no tienes ninguna prueba de que esos dos estén juntos de manera carnal, ¿me equivoco?

—Tú y tu manera melindrosa de expresarte —Bastian sonrió como si acabase de escuchar un viejo chiste—. No te equivocas; no tengo la costumbre de colarme en palacetes ajenos para verificar quién se acuesta con quien. Ahora bien, tampoco soy sordo, y uno oye lo que oye.



PhoebeWilkes

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En el texto hay: asesinato, realeza, policiaco

Editado: 19.08.2018

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