El príncipe que no estaba destinado a reinar

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Capítulo 16 - Silencio sobre los muertos

Waldemar Hennenhofer no precisó esforzarse en demasía para averiguar un par de datos preocupantes sobre lord Mahon. De hecho, podía adivinar qué era lo que tramaba sin necesidad de ocultarse tras las paredes, procurando agudizar el oído cada vez que notaba que el conde se relacionaba con cualquier persona de palacio. Era más que evidente que había venido por Kaspar. ¿Por qué todos mostraban tanto interés en un crío como aquél, tan insignificante? Quizá hubiese sido culpa de quienes lo estuvieron cuidando durante esos dieciséis años: si se hubiesen preocupado un poco por él, aunque fuera mínimamente, Kaspar hubiera sido un mediocre soldado, “como lo fue su padre”, y nadie más allá del capitán del regimiento se habría hecho preguntas sobre su procedencia.

El conde de Stanhope no sólo estaba arruinado, sino que había protagonizado más de un escándalo. No en referencia a las apuestas o a cualquier manera poco cristiana de conseguir dinero. Lo que de él se decía que hizo era mucho más grave, tanto que Hennenhofer no se atrevía a mencionarlo ante el Gran Duque por temor a provocar una reacción desmesurada: lord Mahon no podía ser bien recibido en palacio, pero de ahí a echarlo de malas maneras había un gran paso. Convenía mantener la mente fría, averiguar qué era con exactitud lo que lord Mahon sabía —que pudiese utilizar en contra de cualquier miembro de la familia real— e indagar también sobre qué motivos podían haberle llevado a interesarse por este particular en concreto, conociendo asimismo cuál sería el premio que se le concedería dado su empeño por descubrir la verdad.

Una semana había pasado el ayudante del duque mirando a sir Philip por encima del hombro. Una semana en la que se había ocupado, de manera harto eficiente, de expandir entre la servidumbre los rumores de que el conde era un ludópata, sin un mísero penique, cuyos esfuerzos se centraban en expandir sus ideas descabelladas contra el absolutismo. Éste no constaba en sí de ser un mal plan: era preferible tener a un noble revolucionario, a alguien que renegase de sus ancestros, antes que a un ser pervertido y cadente de escrúpulos. Tal como sospechaba Hennenhofer desde un principio, lord Mahon no era de fiar. Por lo pronto ya había conseguido que Stéphanie de Beauharnais se pusiera en contra de Ludwig I. Y es que aquella mañana el Gran Duque la había citado en uno de los amplios cubículos que utilizaba como despacho. Su objetivo comenzó siendo sonsacarle lo que sir Philip le había dicho —pues pese a confiar en la palabra de su ayudante, quería oírlo de boca de la propia Stéphanie—, después la estrategia pasó a ser meramente defensiva.

Hennenhofer no era de esos individuos a los que se les podría acusar de cómplices en un juego de espías. Sin embargo, eso sólo era porque el hombrecillo había pasado tantos años en palacio que ya conocía todos los escondites posibles así como la manera de reaccionar de todos los presentes. No sería, pues, sorprendente que en cuanto hallase ocasión de dejar pausadas sus obligaciones aprovechara para acercarse con cierto sigilo a una recámara que servía de almacén. Cuarto que apenas se utilizaba, salvo para guardar muebles y otros objetos ya inservibles y para servir como puerta de entrada para uno de los múltiples pasadizos que se podían encontrar a lo largo y ancho de la fortaleza.

En verdad, sólo uno de esos pasadizos llevaba al exterior. De hecho, Milo era quien solía utilizarlo cuando llevaba algo de prisa; cuando alguien le había ordenado buscar leña para avivar el fuego o cuando debía echar de la propiedad a algún viajero extraviado. El resto de túneles constituían un pequeño laberinto que no se extendía más allá de los límites subterráneos de la muralla.

Hennenhofer estaba acostumbrado a pasearse por estos túneles, como un topo en su hábitat natural. Y como tantas otras veces en las que se le excluía de conversaciones en las que, él creía, tenía mucho que opinar, procuró hallar el pasadizo adecuado que le acabaría llevando a la misma habitación donde el Gran Duque y Stéphanie estaban discutiendo. Y una vez llegó al final se quedó quieto al lado de la pared, escuchando.

—No sea hipócrita —Estaba diciendo Stéphanie—, sé que hace un par de años ofreció quinientos táleros para quien fuese que le diera información sobre el ataque contra Kaspar.

—Eso fue por pura diplomacia: la gente parece haberse identificado con ese joven, de alguna manera que no consigo entender. Quisieron que se le liberase, luego que se le fuera proporcionada una vida digna. Medio continente estuvo pendiente de lo que sucedía con él y, al fin y al cabo reside en Baviera. No podía desentenderme, mirar hacia otro lado cuando me enteré de que le apuñalaron.

—A diario ocurren desgracias como esa y el Gran Duque no se preocupa por ello. Personajes ilustres fallecen, son secuestrados, les ocurren mil sucesos alarmantes. Pero aquí sigue Ludwig I, como si fuese un día más, con exactamente el mismo dinero en el bolsillo.



PhoebeWilkes

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En el texto hay: asesinato, realeza, policiaco

Editado: 19.08.2018

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