El príncipe que no estaba destinado a reinar

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Capítulo 19 - Cuando la oscuridad regresa

El anciano vestía un extravagante atuendo de piel que le cubría de la cabeza a los pies, dejando libres sus brazos que de forma sutil maniobraban sobre el tapete que tenía a su disposición. Apenas se podía distinguir el traje marrón desgastado que llevaba debajo, o sus zapatos que lucían ínfimos agujeros por cada lado; inclusive en la suela. ¿Habría cazado él mismo el oso que utilizaba para cubrirse de los mirones? Seguramente no, con el aspecto de vagabundo que tenía y la debilidad que sus esqueléticos brazos delataban, resultaba difícil de creer que pudiese blandir en alto un cuchillo. Mucho menos que lograse clavarlo en el lomo de un animal lo suficiente grande como para asesinarle de un zarpazo. Ante él había una mesa de madera, tan frágil como el hombrecillo en cuestión, por la que pasaba sus manos con esquiva rapidez. Como si sus muñecas fuesen un ratón y la mirada de su público un gato al que tuviese que burlar, a toda costa.

Aquello no era ninguna pantomima, hasta sería una herida en el orgullo el llamarlo juego. Tres vasos reposaban boca abajo sobre la superficie de madera: tres vasos que se movían al compás de una melodía que el propio anciano dictaminaba. En cuanto el tarareo cesó, las manos y los vasos también se detuvieron con singular presteza. Como si se tratase de un intento cotidiano por sacar al público de su ensimismamiento, el que había impuesto las normas del espectáculo preguntó a la media docena de personas que se hallaban presentes:

—¿Dónde está la moneda?

Un tálero fue ocultado bajo uno de los recipientes justo antes de que la música comenzase a vibrar en las cuerdas vocales del anciano. En apariencia, ninguno de los que llevaban un buen rato contemplando cómo la moneda bailaba oculta ante sus ojos le había perdido la pista. Sólo en apariencia. Un caballero se situó al lado de Kaspar, con un billete en mano que situó frente al hombre de los vasos. Quería intentarlo. ¿Quién no querría? El adolescente, por supuesto. Pero no se atrevía a hacerlo, porque si perdía aquello le costaría cinco táleros y no es que von Tucher le fuese a regañar si se enterase que caía en un timo tan tonto. Es que Kaspar estaba intentando ahorrar para poder valérselas por sí mismo cuando cumpliese los veintiuno. Le tentaba jugar, mas no quería probar suerte hasta que estuviera convencido de que ganaría.

El individuo del público señaló el vaso del centro, con una expresión segura de sí mismo. ¡Cómo le cambió la mueca cuando se descubrió que bajo el recipiente no existía más que la nada absoluta! El anciano levantó el vaso de la izquierda y ahí estaba el tálero perdido. ¿Por qué no lo habría visto? Era todo un juego de muñecas, un simple truco para distraer al espectador de lo que era en verdad importante.

El caballero gruñó algo ininteligible, sonando casi como si alguien le hubiera obligado a participar. Después se abrió paso entre la multitud, resignándose a haber perdido sus cinco táleros a manos de un moribundo. La música volvió a sonar, el dinero del público que fue depositado sobre la mesa desapareció y las muñecas del anciano retomaron su ritmo constante. Kaspar se fijó en cada centímetro en el que los vasos eran movidos, buscó un patrón pero no halló ninguno. Acto seguido se centró en las manos del mendigo, en sus dedos. Era curioso, pero su piel nunca llegaba a tocar la superficie sobre la que los vasos se apoyaban. Su traje raído, por el contrario, sí que solía hacer contacto con la mesa. Alrededor de dos minutos Kaspar permaneció ensimismado en esto. Tiempo que le sirvió al anciano para finalizar su espectáculo, volviendo a hacer la pregunta que todos esperaban.

Kaspar sacó de su bolsillo un puñado de monedas, las cuales contó una a una hasta dejarlas frente al hombre de los malabares. ¿Bajo qué recipiente descansaba el tálero?, era la pregunta que los ojos del anciano clamaban a gritos.

—No está bajo ninguno, señor —respondió Kaspar con un tono que no sólo se alejaba de la infantil inocencia, sino que rozaba la madura certeza—. Ha escondido el tálero bajo su manga.

El anciano rio con gusto, como si la inocencia de la respuesta hubiera sido algo tan común como que lloviese.

—Me debe usted mis cinco táleros, y otros cinco más por haber ganado.

—No, yo no te debo nada. Has perdido, el tálero no está en mi manga.

—¡Mentira!

Una mujer del público murmuró de manera audible a la persona que tenía al lado:

—¡Eso explicaría por qué nadie ha ganado todavía…!

—Vamos, deje que levantemos los vasos —sugirió otro individuo del público— y así saldremos de dudas.



PhoebeWilkes

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En el texto hay: asesinato, realeza, policiaco

Editado: 19.08.2018

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