El príncipe que no estaba destinado a reinar

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Capítulo 21 - Por fin un rostro amigo

Un viejo conocido de Kaspar, el mayor Binder, permanecía en una esquina charlando amigablemente con lord Mahon. Mientras tanto, el adolescente se había unido a un corrillo de muchachos cuyas edades estaban comprendidas entre los quince y los treinta años que bailaban de forma alegre al compás de una melodía tocada al piano. Ni que decir tiene, pues, que el marqués de Orellana se contentaba con no hablar demasiado y observarlos a todos con mirada impasible. ¡Qué diferentes eran los bailes de sociedad de los que había presenciado en España! Desde luego, la motivación era la misma, igual que los cánticos —si bien realizados en otro idioma, constituían un mismo espíritu de algarabía—. En lo que se diferenciaban era en el trato, en las personas que acudían: ¡todas parecían tan rectas y formales…! Con sus vestidos de gala y sus trajes recién planchados, si alguien decía una grosería era de inmediato reprendido por la multitud. Si alguien bebía en demasía… ¿qué sucedería? Federico siempre había creído que era un delito no emborracharse en los estados bávaros.

Las fiestas que había dado el marqués, en su pazo, habían sido muy populares. Eso había que concedérselo, mas no habían contado con la presencia de nadie que mereciera la pena dar crédito. Por lo general, en los jardines de su pazo era donde se celebraba un banquete al aire libre. Si había música no se debía a ningún arpa, piano o cualquier instrumento de elegante gusto que pudiera deleitar a personas de oído exigente. Quizá venían los feriantes, con los esperpénticos instrumentos que empleaban. De vez en cuando hasta podría aparecer alguien con una gaita o un acordeón; cosas que a Federico le irritaban de manera considerable, ya que no estaba acostumbrado al desafinado sonido de estos instrumentos.

¿Pero qué decir a favor de estos feriantes? Ninguno tocaba bien, ninguno disponía del material adecuado. Lo bueno de la música, de los borrachos que se quedaban dormidos al borde de la mesa, era que con la multitud distraía nadie podría enterarse si se producía un escándalo de cualquier índole.

El marqués sonrió ante esa perspectiva: con lo rígidos que eran las personas con las que en la actualidad convivía, seguro si se produjera algún acto de deshonor lo anunciarían a los cuatro vientos. ¡Y no se imaginaba a ninguno de los que allí estaba acompañando a un borracho a la salida o golpeando a quien le hubiera faltado al respecto a una dama! No, quizá ellos prefirieran retarse a duelo. Ellos mataban con mayor frialdad, ¿pero qué se podía esperar de quienes llevaban hielo en lugar de sangre?

Federico atravesó toda la estancia, siempre permaneciendo próximo a la pared, procurando que ningún invitado depositase su vista en él. No le importaba mantener alguna conversación sobre lo inteligente que se había vuelto Kaspar y mucho menos le interesaba discutir por décimo tercera vez en lo que iba de semana los motivos por los que no había acudido a otros bailes a los que fue invitado. Sólo se detuvo una vez alcanzó a Sebastian Langeberg, que parecía empecinado en dejar a los anfitriones sin reservas de licor.

—¿Qué te pasa? —preguntó Federico quitándole de las manos una botella y sirviéndose él mismo una copa—. ¿Nadie quiere escuchar tus chismes y vienes a consolarte en la bebida?

—¿No te has preguntado nunca por qué ponen licores en lugar de vino y cerveza? —terció Bastian ignorando las preguntas del otro—. Creen que el licor es más fino, pero al final todo lleva alcohol. Así que, ¿qué más da?

—Es una reflexión muy profunda esa que acabas de hacer, necesito un tiempo para digerirla.

—¡Esa es la cuestión!, ¡la diferencia entre lo que se considera fino y lo vulgar! ¿Quién diablos impone eso?

—Yo no.

Federico recordó aquella fiesta navideña que organizó seis años atrás, cuando dejó el ventanal del salón abierto mientras él y sus invitados salían de cacería. Comenzó a nevar cuando no llevaban ni dos kilómetros andados y, al regresar, una montaña blanca y la vaca de uno de los vecinos habían sido los intrusos del día.

Los invitados se habían reído de la situación, igual que el marqués. Aunque luego, eso sí, había estado maldiciendo una semana pues el olor a establo no llegó a irse hasta pasados unos días.

—Por ejemplo, piensa en el conde de Stanhope —continuó Bastian—. ¿Qué tiene él que yo no tenga?

—Voy a fingir que no te he escuchado, que eso era una pregunta retórica, y procederé a preguntarte lo obvio: ¿quién te ha rechazado?

—¡Nadie! Todavía…



PhoebeWilkes

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En el texto hay: asesinato, realeza, policiaco

Editado: 19.08.2018

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