El príncipe que no estaba destinado a reinar

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Capítulo 22 - Un secreto desvelado

El marqués de Orellana entró como un vendaval en el restaurante, haciendo caso omiso a las protestas pronunciadas por el individuo que adjudicaba las mesas y que, por supuesto, se quejaba de que Federico no había reservado nada con antelación. Tampoco era un cliente del hotel y en su obstinación no pidió ver a nadie; sólo preguntó en qué parte del edificio quedaba el restaurante, y hacia allí se encaminó sin mediar otra palabra. Lo cierto es que él sabía cómo causar furor valiéndose tan sólo de su presencia, y es que quienes estaban más próximos a la entrada se callaron al verle pasar. Después, viendo que él se quedaba unos segundos quieto, buscando algo inconcreto entre la gente, volvieron a sus respectivas conversaciones.

Federico anduvo entre las mesas, sorteando a los camareros, sin preocuparse por causar el mínimo inconveniente. Él no era de los que se disculpaban, no cuando creía que no había hecho algo reprobable o que en términos legales no estaba vetado.

Se acabó deteniendo junto a una de las mesas, a tiempo para escuchar el siguiente fragmento de conversación:

—Considero que no deberías haber aceptado cambiar de tutor —estaba diciendo lord Mahon—. No conozco a Daumer, pero el mayor Binder parece una buena persona. Muy cabal y segura de sí misma, podría haberse hecho cargo de ti. Él o aquel policía del que me hablaste, ¿Widekind, era?

—¡Ay, si tuviera elección! La gente no es muy considerada con los extraños… y es todavía peor con los menores de edad. Yo por querer, querría vivir solo. Pero con los von Tucher no se está mal, aunque ahora es cuando echo de menos a Daumer —Kaspar hizo una pausa para luego añadir con énfasis—. Me quejaba mucho cuando estaba con Daumer porque me obligaba a estudiar cosas que no me interesaban y tampoco me dejaba pintar o salir cuando yo quería. Ahora veo que lo prefiero, porque cuando von Tucher se enfada me pone a trabajar. Y eso no puede ser saludable.

—No, desde luego que no. ¿Has visto a algún aristócrata trabajando en una tienda? Ellos sólo se encargan de los negocios desde detrás de su escritorio, que es como debe ser.

—Pero yo no soy aristócrata.

—¿Cómo puedes saberlo?

Kaspar pareció meditarlo unos segundos, después constató:

—No lo sé, pero creía que a los aristócratas se les tenía más respeto. ¿Qué hago de empleado en una tienda sino?

—Ahí es a donde yo quería llegar, ¿qué haces en ese cochambroso lugar totalmente impropio para alguien de tu presencia? Que no digo que seas de la nobleza ni que seas un don nadie, por favor. Mas es una pena, un total desperdicio, que alguien con tus capacidades, con la cantidad de gente importante que conoces, se rebaje tanto.

—Pensaba que a usted no le daba importancia a estos menesteres —El marqués de Orellana se había acercado a la mesa que ocupaba la pareja, se había sentado sin aguardar por el ofrecimiento de nadie y lo que era más grave: había metido baza en algo que según el conde creía no le concernía—. No va con su carácter eso de menospreciar a la clase obrera: si se enteran los de su Partido, a saber cómo se pondrán. Creía que no estaba bien visto eso de sembrar cizaña de una manera tan flagrante.

—¿Qué hace aquí? —Sir Philip parecía contrariado—. Haga el favor de marcharse, aquí nadie le ha invitado.

—¿No me puedo quedar para un café? Veo que ya han acabado, de todos modos.

—Va a ser mejor que se vaya —Kaspar debía de estar envalentonado por las últimas palabras de lord Mahon, porque su cabeza estaba erguida, su mueca era de una profunda seriedad y cualquiera podría haberle comparado con un pavo real—. Esta es una reunión privada.

—Pues para ser privada, se les oye desde lejos. Fíjense que estamos rodeados, que todos hablan al mismo tiempo y cada cual más alto que su compañero. Sin embargo, no he tenido inconveniente en situarme allí, a menos de dos metros de distancia, y escuchar todo lo que han dicho.

—¡¿Nos ha estado espiando?! —Lord Mahon alzó la voz, se puso en pie exasperado; un par de clientes le miraron con curiosidad.

—No, no se altere, mi querido amigo —Federico le agarró del brazo y tiró hacia abajo, impulsándolo a que volviera a tomar asiento—. No he venido a pelear, para eso están las calles (y ni así, pues el traje es nuevo y para serles franco, no me apetece mancharlo). Sólo continúen con lo que estaban diciendo, como si yo no estuviera —dicho esto, el marqués llamó a un camarero para que le sirviera su café.

—Es complicado mantener una conversación privada, con usted delante —protestó lord Mahon.



PhoebeWilkes

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En el texto hay: asesinato, realeza, policiaco

Editado: 19.08.2018

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