El Reino de Cantordan

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Capítulo 1:

Aquella noche todo se sentía intranquilo. El frío viento soplaba de sur a norte y susurraba de forma tenebrosa, por otro lado no se oía nada más; todo era silencio. Las estrellas se escondían tras las negras nubes de lluvia, no deseaban alumbrar la tierra ni las trémulas y desasosiegas almas de los hombres que la habitaban.

A lo lejos se vislumbraban ápices de luz provenientes de un pueblo en medio de la nada. Aquel no era muy grande, tan solo disponía de unas veintes casas,  las cuales eran habitadas por tres o cuatro personas, normalmente una familia clásica: padre, madre y un par de hijos. Para los pobladores la vida era tranquila, pasaban los días en los campos pues el pueblo se sustentaba a base de las cosechas que lograban vender a las lejanas ciudades. El sistema de trabajo era peculiar y, para ser más exactos, único; con la desaparición del pueblo nunca más se vería aquel sistema en la faz de la tierra. Siendo una población pequeña, la coordinación y el mutuo apoyo era más sencillo y aquello era la base de su tan raro sistema. A diferencia de otras comunidades agrícolas que contaban con varios campos de cultivos privados manejados únicamente por los miembros de la familia propietaria, en este pueblo tan solo existía un gran campo de cultivo común. Las familias trabajaban en ese campo en conjunto con el objetivo de que no existieran disputas por tierras. La baja densidad poblacional y el exilio autoimpuesto permitían que el singular sistema, considerado una utopía en otras sociedades, funcionara, garantizando la supervivencia y la vida pacífica en medio de la nada.

Supervivencia.

Unos meses atrás, antes que iniciara el frío invierno y estallara la devastadora guerra, la cuarta parte de los cultivos se transportaron en carreta a tres días al sur de distancia del aislado pueblo para ser vendidos. La venta fue mucho más fructífera que en años anteriores, pues los crecientes conflictos y la inminente guerra imponían un valor mayor a los alimentos, el agua y, por supuesto, el hierro para las armas y armaduras.

—Debemos agradecer que el sufrimiento de otros nos trae beneficios, ¿no, jefe?- dijo un hombre del pequeño pueblo encargado de vender los cultivos.

El jefe, un hombre de cabello y barba plateada, lo observó con una mirada severa y estoica, respiró profundamente, se subió en el carruaje luego de comprar las semillas para la próxima cosecha y dijo:

—Hijo, el sufrimiento nunca es bueno. Te beneficie o no, la felicidad a raíz de la desgracia de personas, inocentes o no, es una felicidad falaz y superflua. —Volvió a respirar profundo, como cuando un padre debe reprender a su progenie por alguna travesura, luego agregó— Cambia tu pensamiento mezquino, sé bondadoso y piadoso de ese modo el sol siempre brillará para ti.

— ¿Piadoso y bondadoso no es lo mismo?

—Ya tienes algo en qué pensar estos tres días de viaje.

 

El camino a casa no era muy accidentado, incluso personas de las grandes ciudades lo encontrarían relajante y de erudición interna. La arboleda por donde cruzaba el sendero, durante el día garantizaba un ambiente de calma y quietud, tan solo interrumpido por el piar de las aves o la súbita aparición de un conejo o un venado. Para una persona de ciudad aquello significaba estar tan alejado del barullo y otras molestias de estar tan cerca del rey o de un señor feudal.

Al bosque se llegaba al anochecer de una segunda larga travesía, por lo que el jefe y su ayudante estaban obligados a descansar en medio de aquel paisaje. Por las noches, la calma y la quietud no eran satisfactorios, pues a la luz de la luna aquello se convertía en algo tenebroso que envolvía tu alma en un pavor profundo y, te ponía alerta de cualquier sonido. Con la escasa luz lunar que atravesaba el poco o nada diáfano mar de árboles, sus troncos tomaban formas extrañas, deformes y monstruosas, de aquellas que solo se revelan en los más profundos e infernales sueños.

—No es muy agradable este lugar por las noches, jefe. Me aterra.

—Aterrador, ¿verdad?

—Jefe, ¿está bien?- lo miró fijamente, pero el anciano no devolvió la mirada tan solo la mantenía fija en las llamas de la fogata-. Ha estado actuando de forma extraña desde que emprendimos el viaje de vuelta. ¿Se está enfermando?

Finalmente, el hombre dirigió la mirada a su acongojado compañero, le expresó la sonrisa más amable y agregó:

—No, hijo. Estoy pensando, solo eso.

—Bien, lo dejaré pensar. No dude en avisarme si necesita algo.

La situación de la ciudad que dejaron hace un par de días, mantenía en ascenso la preocupación del anciano hombre. La avaricia del gobernante de todas las tierras del norte, el gran rey Eduardo II, sumía a toda la nación en hambruna, pobreza y terror. Aún no explotaba la guerra, pero era inminente. Por ello, los señores feudales exigían con más rudeza el pago de los impuestos, pues la fabricación de armas y armaduras así como también toda la empresa necesaria para la guerra era pagada con las monedas que el pueblo arduamente cosechaba y, seguramente, también sería la sangre del pueblo la que se derramaría. El rey y sus doce señores feudales no sufrirían las atroces penurias del inminente conflicto bélico. Aquello era lo que mantenía en conflicto al jefe, ya que los impuestos que se generaran podrían pagarlos con facilidad y nadie en su pequeño pueblo se opondría, no estaban dispuestos a sacrificar su tranquilidad por problemas tributarios; sin embargo, nadie desearía ir a la guerra, participar en un conflicto que no era propio, un conflicto para el cual no contribuyeron de ningún modo.

  • Hijo.



Brando Aubert

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Editado: 08.03.2018

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