El Reino de Cantordan

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Capítulo 2:

Los gélidos vientos de la montaña no eran tan intensos, el clima parecía bastante apacible. Sin embargo, el frío era tan intenso que apenas lograban mover el rostro. Articular una palabra era otra historia. Al abrir la boca, por más tranquila que fuera la brisa, la garganta se enfriaba de golpe y producía una dolorosa tos; al mismo tiempo, lograr separar los labios congelados era otra dolorosa travesía. Por eso motivo, al ver a su presa tan indefensa, solo se miraron el uno al otro.

Dante no estaba seguro que aquella fuera la mejor forma de comunicación, menos aun cuando capturar al ciervo vivo era primordial. Sabía lo rudo que podía ser su compañero, Arsem Urtear. En otro tipo de situaciones, aquella personalidad tan explosiva sí era de gran ayuda. En situaciones en las que el objetivo no tendría que estar vivo para recibir la recompensa, por ejemplo.

Por favor, no hagas una estupidez—pensó Dante, justo antes de ponerse en movimiento.

El ciervo aún no se percataba de sus atacantes, estaba tranquilo devorando pequeñas hierbas que sobrevivían a pesar del intenso frío y que sobresalían de la nieve. Por momentos, movía las orejas y elevaba la cabeza, estudiando el territorio, observaba unos segundos y, sin detectar nada inusual, continuaba pastando.

Dante y Arsem tenían gran experiencia en el sigilo. Normalmente, no aceptaban misiones tan sencillas. Preferían las misiones con más adrenalina, incluso en aquellas en las que tenían que ser sigilosos. Ambos muchachos disfrutaban del peligro y buscaban un sentimiento más cercano a la muerte en cada encomienda. No entendían bien por qué razón disfrutaban tanto de los riesgos, pero entre ellos se entendían a la perfección y, también se alegraban de encontrar a otra persona tan arriesgada como ellos mismos. Por supuesto no entendían la razón de desear arriesgar sus vidas cada vez más, aun así sabían que, posiblemente, los grandes beneficios que percibían era un gran motivador.

Sin embargo, ahora habían acepta el encargo más aburrido y desesperante. Esperar no era algo que estuviera relacionado con la personalidad de Arsem. Al menos no, cuando “esperar” suponía que se te congelaran hasta los huesos, además de carecer de cualquier excusa para cruzar espadas hasta la muerte con algún pobre desdichado.

De cualquier forma, no era momento para que ninguno de los se distrajera con sus preocupaciones o anhelos. El ciervo azul empezaba a moverse. Se desplazaba con tranquilidad por el borde del lago, hacia el norte. Aun no percibí la presencia de los hombres, quienes se le acercaban cada vez más desde el sur.

Dante iba unos pasos por delante de su compañero, sostenía una soga entre sus manos. Cuando el ciervo se detuvo una vez más a beber del lago, Dante se apresuró a ubicarse detrás y a la derecha del animal. En ese momento, miró a Arsem y con un dedo le indicó que se ubicara a la izquierda. De inmediato, Arsem entendió el plan, esperó a que su amigo tuviera el lazo por encima de la cabeza y en posición de tirar. Después se lanzó sobre el lomo del animal, asustándolo. Lo sujetó con fuerza para que no escapara mientras Dante le colocaba el lazo en el cuello. Sin embargo, el animal no dejaba de mover su cuerpo entero con desesperación, por lo que Dante no lograba pasar el lazo por las grandes astas blancas.

El plan no había salido como esperaban.

Sin otra opción, Dante dejó de intentar capturarlo por el cuello. Se tomó unos segundos para pensar, mientras Arsem lo miraba furioso. Cuando cruzó miradas con su amigo, Dante no pudo evitar encontrar divertido la escena. Arsem estaba acostado sobre el ciervo. Su cabeza y la mitad de su torso estaban sobre el estómago del animal, pero la otra mitad del torso y sus piernas estaban sobre la nieve y recibiendo golpes por las patas del animal.

Dante reía hacia sus adentros. Sentía la imperiosa necesidad de soltar una gran carcajada, pero cuando lo intentó su garganta se resintió y le causó gran dolor. El frío allí tan alto era impresionante, por eso se sorprendió que no todo el lago estuviera congelado y se preguntó sobre aquel curioso capricho de la naturaleza. De inmediato, despejó su mente, volviéndose a concentrar en el ciervo. Se le ocurrió, entonces, que lo mejor sería atar al ciervo por las patas evitando el cuello y las astas.

 

 

 

 

 

 

—Es increíble que pasáramos por tantos problemas solo por un pequeño trozo de sus astas- se quejaba Arsem más tarde en la Taberna de Yakw- ¡Maldito anciano!

Apenas terminaba la tarde, por lo que el lugar estaba casi vació. Arsem y Dante estaba en la barra conversando con el dueño del establecimiento, Yakw. La Taberna de Yakw era frecuentada por la peor escoria de las tierras del norte y del sur. Las peleas eran el pan de cada día, pero eso a Yakw no le molestada. Los gritos, los golpes y sus muebles volando por los aires le recordaban a su vida de antaño, cuando era un chatarrero más.



Brando Aubert

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Editado: 08.03.2018

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