El Reino de Cantordan

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Capítulo 3:

Yakw estaba tan acostumbrado a las disputas en su taberna que, al comienzo, cuando Arsem salió disparado de su asiento y cogió al recién llegado por el cuello, tan solo lanzó otras de sus características estrepitosas carcajadas.

La sorpresa llegó con el siempre tranquilo Dante desenfundó la espada y amenazó al extraño. Si fuera el mismo Dante de hace tres años, no le hubiera sorprendido. En ese entonces, era tan o más impulsivo que Arsem. Pero, ahora, que regresaba luego de un año apenas lo reconocía.

En los tres meses, que iba frecuentando la taberna, Yakw notó que era mucho más callado y misterioso. La inocencia de su juventud no existía más. El tabernero no comprendía que había visto, encontrado o experimentado en el año que estuvo lejos de la ciudad.

Dante había cambiado demasiado en tan solo un año. En sus ojos, cuando los conoció, se percibían pequeños atisbos de esperanza y alegría, aun con todo el sufrimiento por el que  había pasado. Ahora, sin embargo, su mirada era oscura y desesperanzada, como si no tuviera nada que perder.

Yakw salió de su ensoñación. Debajo del escaparate de la taberna guardaba una gran hacha de leñador. La cogió. Rodeó la barra y empezó a avanzar hacia los muchachos y el recién llegado. Su corpulento y rechoncho cuerpo junto con su mirada frívola, era lo que intimidaba a los forasteros. Además que, la gran hacha que cargaba sobre su hombro izquierdo debía favorecer esa aura atemorizante.

— ¡Bienvenido a la Taberna de Yakw, forastero!- gritó cuando estuvo bastante cerca de aquel grupo- ¿Qué desea consumir?

Arsem giró con cuidado el cuello y lo miró de reojo.

—Viejo, no se meta. Esto es entre nosotros y este bastardo.

Yakw soltó una carcajada. Esta vez no era tan estrepitosa y no denotada diversión, sino más bien un tono de preocupación.

—Tranquilo, muchacho. Espantan a mis clientes y les cortaré la cabeza si pierdo dinero.

Arsem estuvo a punto de replicar, pero Dante, quien ya había enfundado la espada, posó su mano sobre su hombro y le pidió que se calmara.

—Escucha a tu amigo, niño- dijo el extraño con una voz aún más profunda.

Arsem enfundó la espada de mala gana. Miró a Yakw con furia e impotencia y a Dante le dio la misma mirada. A Yakw, aquella mirada, le pareció más la de un gatito indefenso que la de un león a punto de cazar. Esa mirada era muy curiosa, pero confirmó su preocupación. Si no los hubiera detenido, seguro Dante y Arsem hubieran muerto en su local. Eso no lo deseaba, después de todo aquellos dos alborotadores eran como sus…

 

Yakw se puso en alerte, sin si quiera darse cuenta, cuando el extraño se desabrochaba la túnica y la colgaba en el perchero de la entrada. Dante y Arsem no se inmutaron, tan solo le clavaban la mirada y no la desviaban por ningún motivo. Parecían más calmados, así que Yakw se sintió ridículo por el instinto paternal que tenía hacia los dos muchachos.

—Algún día eso me matará- murmuró y se rio para sí mismo.

Dante giro el cuello, le soltó una sonrisa. Después solo le agradeció con un movimiento de labios. Yakw le devolvió la sonrisa, preguntándose cuando fue que le agarro cariño a eso molestos niños. Se acarició su cabeza calva y regresó a paso lento detrás de la barra.

Una vez ahí, observó que el hombre tenía una cicatriz que deformaba su mejilla derecha. Parecía ser una herida de espada. El hombre trataba de ocultarla con una barba rojiza, pero fracasaba en el intento. Por otro lado, aparentaba estar bordeando los treinta y cinco por su fornido cuerpo, pero aquella cicatriz hacía suponer que era mucho mayor. El cabello lo traía corto, casi a ras del cráneo, por lo que, Yakw lo clasificó como un soldado. Le daba la impresión que, por la reacción de Dante y Arsem, no podría ser un soldado común, tal vez ni un caballero. Aun así, el hombre no parecía tener las riquezas para ser un barón, quizá tan solo era la mano derecha de algún noble.

Pero, entonces, ¿por qué estaba interesado en Dante y Arsem, dos pobres diablos, y, más importante, qué relación tenían esos tres?

Yakw se limitó a observarlos fijamente.

 

El hombre de la cicatriz y los dos muchachos se sentaron en una mesa cerca de la entrada de la taberna. Yakw miró aquello un poco extrañado. Le parecía curioso que esos tres se sentaran juntos después de lo acontecido.

Sentía la impetuosa necesidad de escuchar la conversación estaban por tener. Deseaba conocer el pasado de esos tres. La curiosidad lo comía por dentro. Estiró su robusto cuerpo sobre la barra y casi tira lo que había ahí. Aun así no escuchó nada. Susurraban tan bajo que, incluso, el pitido del aire entrando por las ventanas era más estruendoso.



Brando Aubert

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Editado: 08.03.2018

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