El Reino de Cantordan

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Capítulo 4:

Aquella noche…

Entonces, ellos estaban listo para irse.

Aquel grupo de hombres caminaban hacia la entrada del bosque. Guiados por la luna, la cual no parecía tenerles piedad. El cielo era abrumadoramente oscuro, las estrellas a penas se vislumbraban entre las nubes. El viento era tenue y, apenas lograba mover las hojas de los árboles.

Todos los habitantes del pueblo se habían reunido para ver aquella marcha fúnebre. Aquellos que marchaban se iban a luchar. Pero, sabían que no existía posibilidad de obtener la victoria. Tan solo eran unos campesinos. Su labor era arar la tierra y cosechar los cultivos. Ahora era diferente. Estabas obligados a coger las armas y marchar al campo de sangre. Derramar su sudor y su sangre con el fin de proteger todo lo que amaban.

Aun así, no había posibilidad de victoria.

Desde la multitud que observaba la triste marcha, se escuchó un leve llanto. Tal vez de una mujer o de un niño pequeño. El sentimiento de pena y dolor de aquellas lágrimas contagiaron a todo el mundo, a los que marchaban y a los que no. La esperanza de verdad estaba perdida. Otro llanto se escuchó, que no era tan leve. A ese se le unió otro y otro y otro más.

El cielo y la tierra presagiaban lo peor. La esperanza ya no existía en los corazones de aquellas personas.

De pronto, de entre las penurias un pequeño rayo nació. Insignificante, pero aquel diminuto indicio de luz fue suficiente.

  • Dante, ¿a dónde vas? se escuchó, mientras un pequeño de un cabello negro intenso se dirigía hacia los hombre que marchaban a su último destino.

El hombre lo recibió entre sus brazos. Cargó al pequeño niño y lo besó en la mejilla. La mirada de dicho hombre, a diferencia de los demás, era fuerte y confiada. Tenía esperanza. Quizás fuera por el niño que tenía en los brazos. Eran bastante parecidos, ambos tenían ese cabello negro como aquella noche sin estrellas, la misma barbilla fuerte y la misma intensidad en la mirada. Aunque la del niño, Dante, tenía esa inocencia propia de una vida sin mucha experiencia y sin mucho sufrimiento.

  • ¡Eh, hijo! ¿A dónde crees que vas?
  • Contigo, papá.

No pudo evitar mirarlo con ternura. De pronto, sintió sus piernas temblar, el niño pesaba mucho más en sus brazos. Lo pegó a su pecho y colocó su barbilla sobre la cabeza de su hijo. Dio un gran suspiro, evitando que las lágrimas lograran salir de sus ojos. Trataba de decir algo, pero sentía un gran nudo en la garganta que obstruía la salida de las palabras.

Tomó otra bocanada de aire.

Con cada bocanada, el miedo aumentaba. Tenía a su hijo entre sus brazos. Su pequeño. Tal vez sería la última vez que lo vería. El último abrazo, las últimas palabras. La esperanza también se le empezaba a escapar. El furor de su mirada. La valentía con la que había recorrido el sendero hasta ese momento. Todo se escapaba, tratando de evitar las lágrimas, obligando a las palabras salir.

El pequeño rayo de nuevo apareció y volvió a hablar:

  • ¿Puedo ir contigo, papá? Te voy a extrañar si te vas.

Las palabras por fin salían. La esperanza no volvía. Pero ya no tenía miedo. Tenía un motivo para vivir y lo cargaba justo ahora.

No debía rendirse.

  • No, hijo. Si tú vienes conmigo, ¿quién protegerá a tu madre y tu hermana de los monstruos del bosque? Porque tú ya no le tienes miedo a los monstruos, ¿verdad? Tú ya eres un hombre. Debes quedarte en casa y estar para mamá y Ana. Mientras yo no esté tú las tienes que proteger. ¿O quieres que estén tristes?

El niño pensó durante un momento. Miraba directamente a los ojos de su padre y…

 

 

 

 

Sus ojos aún no se adecuaban a la falta de luz en la habitación. Sentía un intenso dolor en el estómago y, a su vez, le punzaba la cabeza. ¿Cuánto tiempo había estado dormido?

No recordaba bien lo que había soñado. Pero una singular sensación atiborraba su pecho. Curiosamente, se sentía feliz y triste al mismo tiempo. Como si se hubiera encontrado con una persona a la que quería mucho y, aun así, que no volvería ver.

Era absurdo. Trató de deshacerse de esos pensamientos, por lo que, una vez que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad del cuarto, empezó a ver a su alrededor. La habitación no era muy grande. A penas alcanzaban la cama, una pequeña mesa de noche a lado de ésta, donde se encontraba una pequeña bandeja con una de las extrañas bebidas de Yakw. Frente a la cama, se encontraba un sencillo escritorio de madera, no parecía tener nada encima. Dante, por un momento, pensó que estaba en la habitación de Yakw. No estaba seguro, pero todo el aire de la habitación olía a tabaco y alcohol, del mismo modo en que Yakw tenía impregnado ese olor. Después pensó que todas las habitaciones deberían de tener el aroma del tabernero. Primero, porque él era el único encargado del lugar, tanto de las habitaciones como de la taberna abajo. Y, segundo, que aquella cama en donde ahora Dante descansaba, era demasiado pequeña para el corpulento cuerpo de Yakw.



Brando Aubert

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Editado: 08.03.2018

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