El Reino De Las Hadas ©

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||CAPÍTULO 1||

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De nuevo tuve que salir corriendo rápidamente de mi departamento antes de que llegue tarde a la secundaria. Me había olvidado de poner el despertador. No «El despertador» sino «Los despertadores». Tenía cinco despertadores que sonaban juntos para despertarme, tenía un sueño muy pesado de esos que duermes como una piedra y no despiertas por nada del mundo ni aunque la casa se venga encima, así que, para levantarme tenía que poner varios despertadores que sonaban “Ring- Ring” en conjunto. Ya se imaginarán la banda sonara que tenía que escuchar para levantarme. Desde que mi madre me había botado de la casa por ser la «Chica del hombre que le engañó» había vivido sola en mi pequeño departamento que estaba a una esquina de la calle «Fronteriza» la llamaban así porque tenía una cancha donde iban los chicos a jugar básquet, fútbol, tenis y en entre otras cosas más. Yo que era una chica vestida de chico me gustaba siempre jugar con ellos, me decían «La que remata». Oh si, tenía hasta un apodo de esos que te hacen ver cómica enfrente de las demás personas. Así que, digamos que era una especie de marimacho que le gustaba jugar con chicos; por ese motivo, tenía más amigos que amigas. Más bien, tenía solo amigos, ni una amiga, ni ningún novio, ¿quién estaría interesado en una marimacho como yo? Oh por favor, prefiero tomarme un vaso de jugo de tomate, antes de que estar con un chico mal oliente en esos términos.

─¡Oye Melody! ─gritó mi nombre mi mejor amigo Archie, venía corriendo tras de mí.

─¡Llego tarde, Archie! ─exclamé, corriendo y saltando los obstáculos que se me presentaban por la calle. Me sostuve de una vara y salté, aterrizando perfectamente en el suelo─. ¡Bien!

Seguí corriendo con Archie a mi lado.

─Yo creo que una chica no debería saltar con falda de esa manera ─habló Archie, corriendo a mi lado. Él también iba al mismo instituto que yo.

─Si tú no ves, tengo pantalones ─indiqué corriendo. Faltaba poco para llegar, no quería de nuevo escalar paredes como el hombre araña para entrar al instituto. Aunque eso era muy divertido para mí.

Nos detuvimos cuando llegamos al instituto; y sí, la puerta estaba cerrada con un guardia que la custodiaba. Miré a Archie que estaba con la respiración entrecortada, le cogí de la mano y lo llevé en la parte de atrás. Algo me cayó en el ojo, fruncí al saber que era un copo de nieve.

─Va a nevar ─dijo Archie, mirando el cielo.

─Primera nevada del invierno y tengo que escalar un muro como si fuera un ladrón para entrar a la maldita secundaria. Si alguien me ve en estos términos, dirá que de verdad soy una delincuente juvenil.

─Y quizás te metan a la cárcel por años. No te preocupes si lo hacen, te visitaré todos los fines de semanas, así no te sentirás sola ─sonrió, reluciendo sus dientes blancos. Le di un golpe en la cabeza que lo hizo quejarse.

─Deja de molestar a tu superior y ayúdame a escalar este muro para entrar.

─Como quieras, mi pequeña delincuente ─dijo con su sonrisa fastidiosa. Puso sus manos juntas, apoyé mi pie en ellas y me impulsé hacia el muro, me senté en el concreto para luego saltar, y ya estaba dentro del instituto. Archie me lanzó la mochila para luego él subirse también al muro. Él tenía suerte por ser más alto que yo, y eso era uno de los detalles que odiaba por ser mujer.

Cuando estuvimos dentro de la secundaria, corrimos hasta nuestras respectivas aulas. El viento frío del invierno hacía que me estremeciera; por suerte había traído un abrigo y una bufanda. La profesora de Física no nos dejó entrar, tuvimos parados fuera del aula, esa era una de las formas que los profesores se vengaban de los alumnos que llegaban tarde. Suerte que no me tocó llevar dos cubetas de agua en ambas manos. La otra vez tuve que llevar otro cubeta encima de la cabeza toda la maldita mañana, ¡Tenía una cubeta de agua en mi cabeza! Vamos, ¿Acaso era un anaquel? Los profesores y sus costumbres extrañas.

─¿Qué hacemos, chica delincuente? ─preguntó Archie a mi lado. Tenía una sonrisa en su rostro. Estaba pensando que era un masoquista, tan solo imaginármelo con látigos y torturas me producía una risa escandalosa.

Mordí mi labio y miré al frente. Bien, no debía de pensar eso de él.

─Nada, solo aceptar nuestro delito no cometido ─contesté, comenzando a dolerme los brazos. Un estudiante pasó en frente de nosotros, pero se detuvo para ver mejor. Maldije al saber quién era.

─¿Pero que tenemos aquí? Al marimacho y al delincuente, el dúo perfecto ─sonrió de medio lado.

─Ándate por donde viniste, Darla ─contesté despectivamente. Ella resopló y yo apreté la mandíbula. Darla era la chica más odiosa que había conocido en toda mi asquerosa vida. Ella tenía una buena cualidad, podía hacerme enojar fácilmente. Todo lo que salía de su hermosa boca hacía que me diera ganas de golpearla hasta desfallecer, y en estos momentos estaba pensando en diversas formas de hacer que esté en el suelo de rodillas ante mí y si es posible, hasta besando mis pies.

─Ahora veo porque siempre vienes tarde, me imagino que has de estar acostándote con este delincuente. Como vives sola, me imagino que pagas a los hombres para que se metan en tu pequeño departamentito de porquería. ─Terminó diciendo con una sonrisa.

─Déjala estar, no le hagas caso ─dijo Archie con voz tensa.



Señorita Yuuki

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En el texto hay: romance, magia, hadas

Editado: 12.05.2018

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