El resurgir de los titanes [en edición]

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Capítulo 9 . El mensaje

El papel cayó lentamente al suelo, cerca de los pies de la chica morena, que se dirigía, temerosa, hacia el pasillo.

El aula era un desierto de madera y papel. Vibró como un organismo vivo, a la par que la algarabía proveniente del exterior. El tumulto y el estruendo se contagiaron a todos los pasillos y aulas del IES Alameda.

Ana García, Anuska para su familia, llevaba 6 años viviendo entre los “desdotas”, oculta, disimulando ser una chica de 14 años más, incluso sus padres habían logrado adaptarse, cosa que jamás imaginó. Poseían una frutería en Utiel. Vivían sin grandes lujos, intentando no destacar en ningún círculo. Sin embargo aquello llamaría demasiado la atención. La tinta del papel había, literalmente, cobrado vida y había adaptado el contorno de esa imagen y no era un fenómeno aislado. Oía el nombre “jabalí” por todas partes. Pasaban grupos de 3 o 4 chicos, murmurando entre ellos, con libros entre sus manos, oía las hojas agitándose en el aire y el sonido del papel al rasgarse.

El pasillo del primer piso, lleno de aulas de primero a cuatro de la ESO, era ancho, pero no para las decenas de alumnos, de diferentes edades, que formaban casi una red cristalina sólida e inamovible.

Mirase donde mirase veía la tinta  corrida formando la figura del animal: carteles, portadas de libros, listas de alumnos… hasta los letreros que indicaban el curso correspondiente a cada clase resultaban en ese momento irreconocibles. Un grupo de “críos” de primer curso la empujaron al pasar corriendo por su lado, gritando y agitando sus libretas en el aire, haciendo el intento obsceno de imitar el gruñido de un puerco. Ella no es que se considerase una adulta, como mucho tendría un año más que ellos, pero todo lo que había sufrido pasaba factura. Su cuerpo gritaba por ser despreocupada, reír, bailar, relajarse y hacer cosas tontas. La débil sonrisa que parecía dibujarse en su rostro al pensarlo se apagó, no debía. Aún le rondaba el recuerdo del día anterior. No podía permitir comportarse de nuevo así. Y menos a partir de ese momento. Fuera quien fuera, estaba claro que no era un “buscador” de la ciudadela, eso la tranquilizó, ellos jamás habrían comprometido el secreto de su existencia de esa forma, pero eso atraería, sin duda, la atención de las potestades, el grupo de élite de la antigua “Aúriga”, encargado de limpiar el exterior de cualquier peligro que atentara contra su raza. Eran asesinos poderosos, capaces de rastrear, hasta encontrar, a cualquier dotado huido. No quería volver al miedo de ser descubiertos, a la tensión y las noches en vela. Seis años les había costado sentirse realmente seguros. No debía, a partir de ese momento, más que nunca: destacar.

Lo primero que le vino a la mente fue Juanjo. El chico le pareció mono al conocerlo. Tenía recursos, era popular. Le pareció buena idea ser el prototipo de chica que bajo la sombra de su grupo no destacara, ni tampoco fuera objetivo de sus burlas, como ocurría, en ocasiones, con Jack y sus amigos. Le hervía la sangre cada vez que se metían con él. Por alguna extraña razón, sentía una afinidad especial con ese chico, aunque realmente no había mantenido una verdadera conversación con él aun, solía trabársele la lengua y no decir más de dos palabras al acercarse a ella, era muy tierno. Juanjo y sus amigos, “¡putos cerdos machistas!” pensó. Realmente no eran tan malos, pero le recordaban tanto a “Ptolon” y su grupo de los círculos interiores que deseaba agujerear sus blandos cuerpos con raices afiladas, atravesarlos y hundirlos en la tierra, como si fuera fango, hasta conseguir que dejaran de respirar. ¡Realmente tenían un jodido problema mental,¡acababa de acostarse con ese nearthental de sonrisa cautivadora!, sin embargo, lo detestaba. Aunque, necesitaba tanto sentirse libre…

El día anterior descubrió que el alcohol y ella no se llevaban bien, aun sentía algo de nauseas. “¡Puta cría de mierda!”, se llevaba diciendo durante toda la mañana. Siempre había sabido esquivar bien los coqueteos, pero, aunque no fuese excusa, acababa de discutir con sus padres. Les robó, del bolso de su madre, el amuleto en forma de colgante que le dio Néstor. No querían que lo exhibiera. Alguien podría reconocerlo, incluso, un manipulador del metal podría enfocar su atención sobre una gran zona y descubrirlos. Por eso mismo, siempre estaba guardado, junto con el resto de pertenencias de su antiguo mundo, en lugares oscuros, donde la “visión” de otros no podría distinguir grandes detalles fácilmente. Sin embargo, ella lo sacó de su escondite, lo desenvolvió y se lo introdujo en un bolsillo de su pantalón. Fue rápida, pero un dotado nunca podía saber quien había observando si no aferraban parte de la realidad que ellos mismo controlaban. Sus padres la pillaron. Justo cuando estaba saliendo de la alcoba, la vieron, todos sabían que hacía allí, no era la primera discusión sobre el tema. Hubo gritos y voces altas, reprimidas en parte por el miedo a salirse de su papel, ella, se aprovechó. Huyó.



Ibán Velázquez

Editado: 07.06.2019

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