El revolotear de los cuervos

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VIII

Justine contemplaba las gotas de lluvia impregnadas en el cristal, que escurrían de una en una, formando gotas más grandes hasta desaparecer. Aquel acto tan simple y mundano la abstraía por completo, alejándola por completo de todas sus preocupaciones.

—¡Es domingo! —exclamó con fastidio la madre de la niña—. No puedes quedarte todo el maldito día contemplando la lluvia, ¿o sí? —Justine la miró, sin decir una sola palabra—. Eso lo pudiste haber hecho en casa de tu padre y me ahorrabas el disgusto.

La mujer levantó algunas prendas de la sala y colocó una caja polvorienta sobre la mesa del centro.

—¿Quieres que juguemos Monopoly? —preguntó con una sonrisa tan falsa como todo lo que de sus labios salía.

—No —contestó la niña colocando el dedo índice sobre el cristal para perseguir el recorrido de una pequeña gota de agua que escurría por la fría superficie. De nuevo miraba la lluvia.

—¡Diablos, Justine! Me lo estás haciendo muy difícil —gritó Sophía irritada—. Han cerrado la escuela por una semana, hoy es tu último día de vacaciones. ¡Al menos juega con tu madre!

—No me gu-gu-gusta el Mo-mo-monopoly —declaró la niña cuando Sophía la jaló del brazo.

—Antes amabas el Monopoly, solíamos jugar juntas con Papá. ¿Recuerdas?

Lo que menos quería Justine era recordar. La última vez que jugó Monopoly con ambos padres, descubrió que su inocente mundo color rosa era tan oscuro como sus recónditas pesadillas. Los recuerdos aparecieron en su mente, uno a uno, lentamente, como una vieja cinta de video reproduciéndose en su cabeza hasta que, de manera inconsciente, cerró los ojos ante lo que sabía que vendría después del estruendo.

«¡Maldita arpía! Lo dice como si todavía creyeras que son una familia feliz. Ella destruyó todo tu mundo. Un mundo de malditas mentiras que ha creado para ti. En el fondo le agradezco porque gracias a eso estoy aquí contigo, haciéndote una persona más fuerte».

—No qui-qui-quiero jugar —contestó cortante, agradeciendo internamente la intervención de la chillona voz para evitar que sus memorias la transportaran a cierto lugar prohibido de su subconsciente.

—¡Maldita sea, Justine! —dijo tirando el juego de mesa de un solo zarpazo—. Solo trato de pasar este tiempo de una forma agradable. ¿Acaso me odias?

«¿Odiar? Odiar es un sentimiento. Esa mujer no merece ni siquiera eso de tu parte»

La niña bajo la mirada y negó con la cabeza.

—Si no quieres venir a mi casa deberías decirle a tu padre —exclamó con decisión—. Toma el libro que me pediste y aléjate de mi vista.

La niña tomó el libro de Sherlock Holmes con ánimo y se sentó junto a la ventana para leerlo.

—¿Cómo puede ser posible? Sacrifico un día de mi vida por estar con ella y prefiere leer un estúpido libro —murmuró para sí misma mientras se alejaba. Empezó a cepillar su larga cabellera, mientras la niña muy animada, continuaba leyendo frente a la ventana. Seguía lloviendo.

La escuela estuvo cerrada durante una semana, gracias a que la secretaría de salúd intervino en el pequeño incidente de los gusanos. Justine no había podido leer sus libros preferidos, sin embargo, había pasado la mayor parte del tiempo a lado de su padre. Las horas pasaban volando con él; no importaba si era recolectando latas vacías de refrescos, o simplemente mirándolo trabajar. Al menos, durante el tiempo que estaba con su padre, era feliz y la voz que la atormentaba desaparecía por completo.

Después de pasar el resto de la tarde sumergida entre paginas llenas de misterio y suspenso, propias de Sherlock Holmes, cayó profundamente dormida en el sofá y Santiago tuvo que llevarla cargada en brazos hasta su casa. Durmió un poco más de lo normal, pero había descansado lo suficiente para regresar de nuevo a la escuela.

—Despierta dormilona —insisitío Santiago depositando un cálido beso en la frente de su angelito—. Ya está listo el desayuno.

La pequeña despertó y se levantó de la cama de un solo salto. El olor de los hot cakes impregnaba toda la casa. Tenía que ser un día especial para que comiesen tremendo festín antes de ir al colegio.

—¡Bu-bu-buenos días papito! —chilló con la voz pesada—. ¡Por fin a la escuela!

—¡Qué bueno que hoy sí estás de ánimo para ir a la escuela! —exclamó Santiago al hacerle cosquillas, lo que ella no entendió, pues nunca se había quejado de ir a la escuela, pero prefirió seguir riendo, sin interrumpir.



Aria Ravelo

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En el texto hay: muerte, sangre, problemas mentales

Editado: 05.08.2018

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