El revolotear de los cuervos

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IX

—Te ves tan hermosa cuando sonríes, Paulette —confesó el doctor Hooke, a la luz de un ocaso. No había prestado atención a aquellos atardeceres o nunca los había encontrado tan hermosos como en compañía de la rubia que cada día le parecía más encantadora.

—Concéntrate James —dijo ella muy seria—. He aceptado que vengas a visitarme, para ponerte al tanto de Justine, pero eso no significa nada más.

—Sí, por supuesto —aceptó James con una media sonrisa.

—Como me has dicho —prosiguió la mujer—, he anotado todas las cosas extrañas que he visto durante las clases y he guardado todos sus dibujos.

El no tan joven, James Hooke, había tenido la brillante idea de visitar a su atractiva compañera de trabajo, con el pretexto de seguir de cerca el comportamiento de Justine, a pesar de que en los últimos días, las cosas empezaban a tornarse de lo más normales. Habían transcurrido dos semanas en las que la rubia le contaba con lujo de detalle todo lo que hacía la niña mientras se balanceaban en el bonito columpio que Paulette tenía en su enorme patio trasero.

—Hoy, en la clase de dibujo utilizó todos los colores para hacerle un dibujo a Mandy. ¿Recuerdas que antes solamente utilizaba el color negro y hacía esos dibujos horribles? —James asintió. A veces solo prefería escucharla—. Pues hoy dibujó un arcoíris rodeado de nubes y un enorme sol. ¿Puedes creerlo?

James la observaba como un adolescente enamorado, perfilando una risa tonta en su rostro. Hacía tiempo que Justine había pasado a segundo plano. Al parecer había tenido una gran mejoría desde que se había hecho amiga de Mandy, y eso para él estaba bien; incluso llegó a convencerse de que la teoría de una Justine entrando por su casa y robando su celular era demasiado descabellada. No quería decirle a Paulette lo que pensaba, porque de alguna manera quería seguir viéndola.

—¡Ni siquiera me estás poniendo atención James! —refunfuño ella—. No puede dejar de estar loca de la noche a la mañana.

—¡Claro que no, Paulette! —argumentó él, tratando de aparentar interés en algo más que no fueran sus ojos o su sonrisa.

—Ahora ella y Mandy se han vuelto inseparables. Desayunan juntas, llegan a la escuela juntas, hacen la tarea juntas. Ahora mismo deben estar haciendo una maqueta juntas —pronunció Paulette, un tanto exasperada—. No entiendo qué le ve Mandy a Justine para que sean las grandes amigas.

—Yo no entiendo cómo una mujer tan linda puede tener de novio a un mocoso universitario.

—Hablando del mocoso universitario, creo deberías de irte. Se hace tarde y tendré una cita esta noche. Debo ponerme sexy —manifestó ella con la fría intensión de hacerlo enfadar—. Referente a tus dudas… es fácil de entender, los universitarios son ardientes. ¡Nunca se les acaba la pila!

La frase y las muecas que hizo la rubia fueron suficientes para que el doctor Hooke se pusiera de pie, tomará su pequeña libreta de notas sobre Justine y se marchara del lugar, muerto de celos. La extravagante profesora no sabía que la gran noche terminaría en sexo rápido y una película aburrida de superhéroes. Tardaría más en arreglarse y preparar palomitas, que el flamante novio en terminar dentro de ella y subirse la cremallera. Al menos en ese momento, había valido la pena ver la cara que puso su amigo antes de marcharse.

Mientras el psicólogo se iba ante otro rechazo de su supuesta conquista, Justine estaba llegando a casa de Mandy para realizar la tarea que les encomendaron en clases. Santiago la llevaba de la mano.

—¿Segura que Mandy vive aquí? —preguntó su padre al contemplar la enorme mansión que tenía frente a sus ojos.

—Sí —afirmó Justine con entusiasmo—, el papá de Mandy la ma-mandó a construir en un te-te-terreno baldío que a-a-antes estaba a-aquí. ¿Lo recuerdas?

—¡Qué hermosa casa! —exclamó él distraído, recordando lo hermoso que era vivir en una casa tan grande—. Y está tan cerca de la nuestra, que puedo traerte sin problemas.

—Mucho gusto, usted debe ser el padre de Justine —expresó un hombre de rostro afable que, extendiéndole la mano, le dio la bienvenida y le abrió el portón.

Justine entró corriendo a la casa en cuanto le abrieron. Era la primera vez que iba a casa de Mandy, le parecía tan grande, que no quiso esperar los saludos de cortesía de ambos padres y se apresuró a explorar el lugar.

—Soy Santiago Bennett. Por cierto, muchas gracias por pasar por mi hija, todas las mañanas. Es un alivio que no tenga que irse sola a la escuela —limpió su mano en su desgastada ropa antes de contestar el saludo.



Aria Ravelo

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En el texto hay: muerte, sangre, problemas mentales

Editado: 05.08.2018

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