El revolotear de los cuervos

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Faltaban escasos minutos para que sonara la campana cuando un auto rojo se estacionó frente a la escuela, dejando salir a un par de niñas apresuradas y sonrientes. Bajaron con sumo cuidado al sostener, cada una por su lado, la maqueta que habían elaborado un día antes; y corrieron a la par, compartiendo con una mirada cómplice y juguetona algo más que la preocupación por llegar tarde. Había sido culpa del señor Harrington, ya que tuvo que pasar a casa de la señorita Bennett para llevarle unos documentos de última hora y se retrasó demasiado con el papeleo. Era la misma señorita Bennett que había ido a casa de Justine esa mañana y ésta la habría reconocido si la hubiese visto de nuevo, pero el papá de Mandy prefirió que ellas aguardaran unos cuantos minutos en el auto, mientras él bajaba.

Justine tuvo el tiempo suficiente para contemplar aquel recinto que, sin duda, no sería la primera vez que vería. Era muy grande y ostentoso. Mandy y ella contaron al menos doce ventanas, y eso solamente por el frente, la casa estaba pintada de blanco y tenía tejas rojizas, un gran enrejado color dorado, un enorme jardín delantero, y un frondoso abedul que se dejaba ver al lado derecho de la casa. El abedul obtuvo toda su atención desde el primer instante, y es que en él se dejaba ver una bonita y rustica casa del árbol que hizo volar la imaginación de ambas pequeñas.

Todo el tiempo que estuvieron esperando por Adam en el auto sirvió para que ambas concordaran en lo mucho que deseaban tener una casita del árbol y las innumerables cosas que podrían hacer en ella si tuvieran una. Una vez que llegaron al colegio, seguían maquinando cómo podrían ellas conseguir su propia casita del árbol que, según Mandy, debía ser mucho más grande y bonita. El problema era que no tenían el árbol para llevar a cabo su cometido.

—En mi casa hay mucho espacio —sugirió la niña rubia al pensar en el patio trasero de su casa—, pero hay que plantar un árbol y regarlo todos los días para que crezca pronto.

Mandy hablaba muy en serio. Justine supuso que pasaría mucho tiempo antes de que jugaran en su propia casa del árbol. No sería tan fácil, pero se limitó a sonreír y asentir con la cabeza para no desanimar a su amiga. Al menos de esa manera, tenían alguna esperanza de lograrlo, pues dónde vivía no había espacio ni para colocar una pequeña maceta. Ella y su padre vivían en la vieja bodega que perteneció a su abuelo; era un lugar bastante reducido y cerrado.

—¡Justine! —gritó un chico que posiblemente era del último grado, al tiempo que caminaba en dirección a ellas—. Me siento en el deber de compartir los conocimientos que adquirí en mi clase de etimologías grecolatinas. ¿Sabes que significa el nombre de tu madre?

Lo acompañaban otros dos chicos más, eran altos y delgados, a diferencia de él que era regordete, bajito, y demasiado molestoso. Justine bajó la mirada, imaginando que de nuevo se mofarían de ella, por culpa de su madre.

—Significa “sabiduría” —agregó otro chico, el que masticaba chicle de forma grotesca mientras dejaba ver sus frenos.

—Me imagino que tendrá amplios conocimientos —habló el tercero haciendo un gesto obsceno con la paleta  de caramelo que saboreaba. Era solo un poco más alto que el otro, y resaltaba por el acné que brillaba en toda su cara, además parecía bastante mayorcito—. Cada día te pareces más a ella, me pregunto si seguirás sus pasos.

Los tres comenzaron a reírse de forma grosera frente a ambas niñas. Mandy miró a su amiga que seguía con la mirada fija en el piso en completo desánimo y sintió rabia. No sabía de lo que hablaban, no tenía ni idea de lo que intentaban hacer, pero se pudo percatar de la reacción de Justine y ella odiaba las injusticias.

—Yo sé el significado de sus nombres chicos —intervino con rabia—. El tuyo es “bola de grasa” —puntualizó clavando el dedo índice en el abdomen del gordito, sin importarle que era notable su desproporcionalidad hacia él—, el tuyo es “dientes de lata” —le dijo al que mascaba chicle—, y el tuyo es “granos”.

Mandy comenzó a caminar para entrar por fin a las instalaciones de su colegio, obligando a Justine a hacer o mismo, pues sostenían la maqueta entre las dos. Ésta última solo miró hacia atrás para ver las caras de los chicos que se miraban entre ellos, atónitos. Luego miró a Mandy y sonrió agradecida. En definitiva, la rubia era su heroína, capaz de enfrentarse a los chicos rudos y de darles una cucharada de su propia medicina.

—Una cosa más, Justine —alegó, parando en seco—, no le digas a nadie que ayer me puse a llorar —Justine negó con la cabeza—. A nadie le gustan las niñas lloronas. Así que no debes permitir que nadie te haga daño. ¿Me entendiste?



Aria Ravelo

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En el texto hay: muerte, sangre, problemas mentales

Editado: 05.08.2018

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