El revolotear de los cuervos

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XIII

Sonó el claxon y por primera vez, el talentoso psicólogo se puso nervioso en una cita. Terminó de acomodarse la corbata y se miró al espejo.

—¿Demasiado formal? —se preguntó a sí mismo.

—¡Hijo, una rubia encantadora te está esperando en la sala! —gritó su madre desde el piso de abajo.

Se apresuró a ponerse un saco satinado color negro, y bajó las escaleras a toda prisa. En cuanto la vio se quedó con la boca abierta. Nunca había visto a esa mujer tan guapa. Paulette llevaba un vestido corto en color negro, que dejaba apreciar sus largas y tonificadas piernas, un peinado alto, que dejaba caer uno de sus rizos en su frente y unos zapatos bajos color plata.

—¡Vaya! ¿A qué debo el honor? ¿Acaso esto es una cita, señorita Roberts?

—En realidad, solo tenemos que charlar sobre “un asuntito” que nos compete a ambos. No sé por qué tanta formalidad —expresó mirando su atuendo, de pies a cabeza.

—Bueno, creo que yo me voy a dormir —dijo Mariel para despedirse al subir las escaleras.

—Entonces, ¿nos vamos, señor formalidad? —preguntó ella arqueando una ceja, gesto que siempre hacía y él adoraba.

—Contigo hasta el infinito y más allá.

—Calmate, Buzz Lightyear

—Estás preciosa, Paulette.

—Tú no estás nada mal —confesó ella con una risita.

Paulette conducía a toda velocidad con música en inglés a todo volumen, de vez en cuando le dirigía una mirada a James, él solo sonreía nervioso.

—¿Estás segura de que solo vamos a hablar de Justine? —preguntó James, mientras escondía aquel mechón travieso detrás de la oreja se su amada.

—Sí —dijo Paulette, sin apartar los ojos del parabrisas.

El resto del camino, ambos permanecieron en silencio, James no se atrevió a decir una palabra más por lo nervioso que se encontraba y ella, solamente Dios sabía lo que tenía en la cabeza. Detuvo el automóvil frente a una cafetería a las afueras de la ciudad, y de inmediato, James le dio la mano a para que bajara del auto, como todo un caballero. Intentó hacer contacto visual con Paulette pero ella no tenía expresión alguna y solo se limitó a bajar. Entraron al lugar, buscaron una mesa, la más solitaria y apartada de toda la cafetería.

—Quiero un cappuccino —ordenó la rubia a la mesera.

—Yo quiero un frappé con chispas —pidió él.

Se miraron por unos minutos, ella parecía estar buscando las palabras adecuadas, pero ni una sola palabra lograba salir de su boca.

—¡Ya suéltalo mujer! —expresó James, en cuanto la mujer regordeta volvía con sus bebidas—. Tú tienes algo, estás actuando demasiado raro. Mira que invitarme a salir, sabiendo que no te gusto ni un poquito, es razón suficiente, para notar que algo anda mal.

—James —musitó ella, y a él se le estremeció el alma con solo escuchar su nombre en ese tono de voz dulce y suplicante—, eres tan inteligente, tan lindo. Quisiera que todo esto fuera real, pero no puedo mentirte, no puedo…

Y en ese instante, aquella mujer tan fría, profesional y cautivadora comenzó a llorar como una niña muy pequeña. Él no sabía ni que pensar, lo traía en un vaivén de emociones, hasta que ella reveló el verdadero motivo de aquella cita.

—¡Esa perra se está acostando con mi novio!

James, se quedó con la boca abierta, tratando de comprender todo aquello. No sabía de quién hablaba, pero tampoco lograba comprender, qué tenía él que ver en todo aquello.

—Sophía, la mamá de Justine trae al estúpido de mi novio de perrito faldero. ¡Él dice que lo hace mejor que yo! ¿Puedes creerlo?

Sin darse cuenta, Paulette se había puesto de pie, vociferando a los cuatro vientos su furia, todos los comensales la miraban y empezaban a murmurar.

—Tienes que calmarte, ese muchachito no vale la pena. ¿O sí?

—John me gusta mucho. ¿Lo entiendes?

—Bueno, entonces me puedes decir ¿qué tengo que ver yo en todo esto? —aquella conversación lo estaba exasperando demasiado.

Paulette tomó un sorbo de su bebida, haciendo que una marca espumosa apareciera al borde de sus labios. James sonrió, al ver ese dulce rostro manchado de espuma, sin duda alguna estaba dispuesto a darle lo que ella quisiera de él con solo pedirlo. La amaba.



Aria Ravelo

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En el texto hay: muerte, sangre, problemas mentales

Editado: 05.08.2018

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