El revolotear de los cuervos

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XV

El gran día había llegado, era una mañana nublada, como el augurio de que algo malo iba a pasar. Sin embargo, Santiago despertó a su pequeña con un beso en su frente y una caja de regalo bastante grande.

—Feliz cumpleaños, mi dulce angelito.

—Gra-gra-gracias, papi —pronunció restregándose los ojos, tomando la caja para destaparla.

—Te compré algo para que lo uses hoy.

La niña sacó un vestido de la caja, era precioso. Tenía mangas abombadas y encaje en la parte baja de la falda; era color blanco y en la cintura un gran moño color amarillo. Justine estaba encantada, nunca había tenido un regalo así, se veía tan pulcro, tan limpio, tan nuevo… sí, era nuevo. Todavía tenía la etiqueta pegada. Corrió al baño, se probó aquel vestido y se miró al espejo. Le hacía falta algo a su dulce apariencia, encontró un listón amarillo y se lo colocó en el cabello, que peino con esmero para que se vea lo más lacio posible.

—¡Estoy lista! —exclamó la niña.

Un auto se detuvo en frente de la casa, un poco más temprano que todas las mañanas. Era el auto rojo que Justine conocía tan bien.

—Desayunaremos fuera —declaró su padre.

Mandy se bajó inmediatamente del vehículo y abrazó a Justine.

—Feliz cumpleaños Justine —dijo la niña rubia, que llevaba un vestido color verde pistacho con botones al frente.

Se abrazaron y luego todos subieron al auto para detenerse en una cafetería. Las niñas pidieron una malteada y panqueques, mientras que los dos adultos bebían una taza de café humeante.

—¿Cómo vas con todo, Santiago? ¿Necesitas ayuda? —preguntó Adam, en cuanto las niñas fueron al parque de juegos anexado al local.

—Todo va muy bien. Mi anterior jefe accedió a un buen trato para ambos, será mi principal proveedor.

—Qué bueno Santiago. Si necesitas ayuda para algo, ya sabes qué puedo hacer un tiempo en mi apretada agenda.

Santiago asintió al beber el ultimo sorbo de café, antes de ver la hora y llamar a las niñas para llevarlas a la escuela. Una vez que el auto se puso en movimiento, fue Santiago que rompió el silencio. Al final, sentía que aquellas personas eran  como de su familia.

—Adam, arreglé la casa del árbol para el cumpleaños de Justine. ¿Podrías dejar que Mandy vaya a jugar?

—¡Por favor, por favor, por favor! —exclamaron ambas niñas con sus manitas suplicantes, en la parte trasera del vehículo.

—Está bien —replicó—. ¿Será en casa de Christine?

—Sí, después de clases —respondió Santiago—. Tú también podrías venir.

Adam sonrió, asintiendo con la cabeza. Cuando las niñas bajaron del auto, caminaron hacia el portal de la escuela tomadas de la mano. Ese día transcurrió de lo más normal sin contar las miradas que Justine y la maestra sostenían cada determinado tiempo, había demasiado odio en aquellos encuentros visuales.

—¡Hoy es cumpleaños de Justine! —gritó Mandy repentinamente, en medio de la clase.

Esperaba que la felicitaran o le digan algo bonito en su cumpleaños, pensando que eso es lo que se acostumbraba en el pueblo. Sin embargo, todos los niños concentraron su atención en Justine, pero nadie fue capaz de felicitarla. Al final, fue solo la maestra, que por obligación dijo algo.

—Felicidades Justine. Ahora, continuemos con la clase.

«Sí, debería continuar la clase mientras pueda. Ahora más que nunca me encantaría verla muerta».

Mandy enfureció, pero Justine ya estaba acostumbrada a ellos y solo esperaba la hora de la salida para ir a festejar su cumpleaños con su mejor amiga. No quería prestar atención a aquella voz, que la atormentaba, solo esperaba ser feliz, aunque sea por un solo día.

Sonó el primer timbre y los niños salieron despavoridos para aprovechar esos momentos de juego o alimentarse bien en el comedor. Paulette sentía la necesidad de ver a James y fue hasta su oficina. El psicólogo estaba bebiendo una soda plácidamente en su oficina cuando aquella rubia de cabello ondulado entró. Llevaba una minifalda de corte circular en color negro, una blusa de vestir blanca y una hermosa mascada roja que combinaba con sus Converse.

—Hola, mi amor —dijo ella, sentándose sobre su escritorio sin un ápice de pudor. Con las piernas abiertas, separadas por sus manos, de forma insinuante.



Aria Ravelo

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En el texto hay: muerte, sangre, problemas mentales

Editado: 05.08.2018

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