El revolotear de los cuervos

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XXV

Los relámpagos iluminaban la habitación de Justine de vez en vez, como una cámara fotográfica al tomar una foto, pero cada flash estaba acompañado de un estruendo que parecía hacer vibrar todo a su alrededor. Justine tenía los ojos bien abiertos. No podía dormir. No le temía a la lluvia o los feroces truenos, tampoco a tener la luz apagada. ¿Cómo dormir después de asesinar a sangre fría a su maestra? Si bien, no tenía la menor idea de cómo ocurrió, sabía que fue algo brutal, la sangre que había en su blusa revelaba múltiples maneras en que se pudo llevar a cabo esa muerte, formas que ni en lo más retorcido de su mente podría imaginar. Al menos, no ella.

Suspiró en un sollozo lento que dejaba salir toda su angustia contenida. Se sentó en la cama y se restregó los ojos, sus pies colgaban ligeramente sin tocar el suelo.

«Quieres saber cómo lo has hecho, ¿cierto? ¿Te gustaría mostrarle a tu tía lo qué es el verdadero arte?».

La niña calzó sus pies con el par de pantuflas rosas que yacían en el piso y que combinaban con la mayoría de sus pijamas. Se levantó y salió de su habitación, llevaba el cabello suelto, bastante revuelto. Un nuevo relámpago iluminó el pasillo de la silenciosa casa, dejando ver el rostro de la niña, algo entenebrecido, sus ojos perdidos entre la nada, y su caminar al igual que un somnámbulo a media noche. El fragor del trueno que acompañaba el estallido del rayo como una sombra, no se hizo esperar, cada vez era más fuerte, pero sin poder ignorar el incesante caer de la densa lluvia.

Justine giró el pomo del cuarto de arte de Christine con lentitud y entró.  Lo primero que vio fue la pequeña ventana que se encontraba empañada por la fría lluvia, como si un velo de fina niebla, la hubiese cubierto. Todo estaba oscuro, apenas podía distinguir las cosas que había a su alrededor. Activó el interruptor que encendía las luces, y al instante, quedaron expuestos los muchos lienzos blancos que su tía había traído a casa esa tarde.

No perdió tiempo, busco los utensilios necesarios, determinados tipos de pinceles, así como los colores preelegidos y comenzó a pintar. Trazó cada línea con suma precisión, como si la vida se le fuera en ello, como si de eso dependiera el resto de su existencia, mientras derramaba el alma en forma de lágrimas. Y de sus manos, solo emanaban líneas de color carmesí que simulaban sangre, miles de pequeños trazos que vaciaban todo lo que había hecho, todo plasmado en un cuadro como una cruel evidencia de sus deplorables actos.

Santiago escuchó el ruido del agua del grifo cayendo a chorros, entreabrió los ojos observando la luz que se colaba por debajo de la puerta de su cuarto. Pensó que provenía del baño que se encontraba al final del pasillo. Pudo escuchar el agua caer acompañada de una aguda vocecilla que hacía imposible poder interpretar lo que decía.

«Todavía le faltan algunos detalles para perfeccionarlo. El arte lleva tiempo. Solo mira cuanto tiempo hemos invertido en planear la muerte de la maestra».

—Yo no planeé nada —musitó la niña.

Tenía la llave del grifo abierta, el agua caía, pero ella era inconsciente de ello, pues hablaba con aquella voz, a través del espejo, con sus ojos fijos en el reflejo de estos. Había lavado sus frágiles manos de la pintura que mancho sus dedos, también tenía el rostro mojado.

«Es cierto, yo soy la autora intelectual, pero al final, somos el principio y el fin de la misma persona».

—Yo no quería que la maestra muriera.

«¿No querías? ¡Claro que querías! Estaba entrometiéndose demasiado en tu vida. Tu madre y Santiago te enseñaron desde pequeña que aquello que estorba debe ser eliminado».

Justine abrió mucho los ojos y dio unos pasos hacia atrás, chocando con la pared. Esas palabras la hacían estremecer de miedo, o tal vez los hechos que sacaban a relucir.

«No lo recuerdas, lo sé, o tal vez solo finges no recordarlo, pero gracias a ello, aquí estoy, ayudándote para que nadie te lastime de nuevo».

—Preferiría que te fueras —susurró.

«No podemos irnos Justine, no lo haremos».

—¿Quiénes? ¡¿Quiénes?! Pensé que solo eras tú.

«¿Ya viste detrás de la cortina?».

Justine quitó la vista de la imagen que el espejo le regresaba, el de una niña asustadiza y llorona, para mirar hacia la cortina de baño que cubría el área de la regadera. Pudo ver una sombra enorme, quedó paralizada. De un momento a otro los músculos no le respondían por más que intentaba correr o gritar. Su respiración era rápida, su pecho se levantaba de manera intermitente, sus labios color durazno tiritaban y sus ojos estaban llenos de horror. La sombra que veía, se hizo más grande y pronto se dividió en tres, tres enormes siluetas que producían un sonido bastante conocido para ella, graznidos que retumbaban más allá de los truenos y relámpagos. Y luego, como si las cosas no pudieran ponerse peor, las figuras borrosas empezaron a sacudir sus alas, generando así un viento que removía la cortina, parecía que iban a salir a atacarla en cualquier momento. Gritó tan fuerte como pudo.



Aria Ravelo

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En el texto hay: muerte, sangre, problemas mentales

Editado: 05.08.2018

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