El revolotear de los cuervos

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XXX

El cielo estaba nublado, lo suficiente para que el sol permitiera tener un viaje agradable de aproximadamente dos horas, pero con la luz necesaria para iluminar la carretera despejada y sin tráfico. Christine tenía demasiado tiempo para pensar mientras se concentraba en el volante, esta vez decidió conducir hasta su destino. Seguía confundida, hubiera preferido pedirle ayuda al psicólogo de la escuela que según sabía, estaba dándole seguimiento a su sobrina, pero encontrarlo en ese estado le impidió mostrarle el cuadro.

Luego recordó al tipo del museo y sus palabras exactas: “Si llegas a pintar algo más interesante que esto y menos horrible que los otros tres, no dudes en traerlo”.

Sin duda, el cuadro de Justine era mucho más interesante, y contenía el dramatismo que tanto le fascinaba al hombrecillo. Tuvo la tonta y arrebatada idea de mostrárselo, pues estaba segura que le llamaría la atención.

Cuando al fin llegó al lugar, se dio cuenta que todo era diferente a la primera vez que había ido. No tomó el tren, nadie la esperó en la estación, nadie sujetaría su mano, porque ni siquiera estaba nerviosa, confiaba más en el trabajo de la pequeña que en el suyo propio; lo único que permanecía igual era el recinto color blanco, que aparentemente estaba cerrado frente a ella.

Christine estaba de pie frente al museo, sujetando el lienzo con ambas manos, sin terminar de convencerse de entrar, cuando el hombre con el que había hablado la última vez salió de alguna otra entrada secreta, con las llaves en sus manos, Comenzó a bajar las escaleras cuando se topó con Christine frente a frente.

—Yo a ti te conozco —dijo con una mano en la cintura y la otra señalándola con ademanes bastante exagerados—. Eres la del paisaje de la luna ¿cierto?

—Sí…

—Nunca olvido un rostro, por cierto, ¿no has traído a tu amigo contigo?

—No, pero he traído otro cuadro —contestó tratando de ignorar la mención de Adam como su amigo.

—Bueno —respondió él decepcionado—, debo decirte que tu cuadro está en la última sala de exhibición junto con muchos otros paisajes. ¿Cuál es el afán de ustedes de pintar paisajes? —se llevó la mano a la frente, como si estuviera cansado—. Sí me traes otro de esos, te juro que…

—No. El que he traído es… diferente —alegó ella sin mostrar la pintura, que aseguraba contra su pecho.

—Pues, muéstramelo de una vez. Apresúrate porque ya voy de salida, tengo una cita con un hombre tan sexy como el galán que te acompañó el otro día —explicó poniendo los ojos en blanco—. Es mi dentista.

Christine giró el cuadro para que el hombre lo pudiera contemplar, éste llenó sus ojos de asombro y se llevó ambas manos a la boca. Luego empezó a agitar sus dedos como para ventilarse.

—¡Es maravilloso! —gritó agobiado al sostener la obra de arte—. Lo quiero, lo quiero exhibir en la primera sala.

Christine sabía que provocaría esa reacción en él, pero cuando mencionó que estaría en la primera sala, su emoción quedó opacada por el miedo ante la reacción que Adam tendría al verlo, no era buena idea exhibir la imagen de su hija muerta en el museo. Dudo por un momento, en entregarle el cuadro al tipo.

—¿Cuánto pides por él? —propuso el hombre decidido—. Si tienes más cuadros de éste tipo…estaré dispuesto a pagar muy bien por ellos.

—Pensé que…

—Algunas pinturas como los paisajes o los bodegones sirven para llenar el vacío de las paredes; otras como ésta, sencillamente son arte —explicó con la voz más varonil que ella había escuchado desde que lo conoció—. El arte es un negocio, y ¿qué mejor negocio que hacer algo que te apasioné de verdad?

—Tengo otro cuadro que estoy a punto de terminar —mintió—, pero preferiría traer todos los cuadros de una sola vez.

—¡Oh, no! Claro que no, éste cuadro lleno de color, vida y muerte debe estar en mis manos desde este momento —de nuevo sus ademanes y su voz chillona se hicieron presentes. Puso una mano en la espalda de la chica, y la impulso a caminar—. Es una combinación sutil entre naíf, impresionismo y un estilo oscuro de arte. Puedes llamarme Denis, ¿ese es tú auto?

Christine asintió dejándose llevar por el sujeto hacia su auto.

—Creo que es momento de hablar de negocios en algún fino restaurante de la zona.

—¡Por supuesto! —exclamó ella convenciéndose a sí misma de que lo que había vivido con Adam era pasajero, que probablemente no volvería a buscarla y tal vez, nunca volvería a verlo. Se había ido con su esposa a la primera oportunidad, después de todo.



Aria Ravelo

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En el texto hay: muerte, sangre, problemas mentales

Editado: 05.08.2018

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