El revolotear de los cuervos

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XXXV

La oscuridad de la noche disipó la muerte de Christine como cualquier otro acontecimiento rutinario de la vida en el que las piezas de ajedrez no saben cuándo será su última jugada en el tablero. James, como cada mañana, se despertó a las seis, tomó un baño rápido y fue a la cocina por café. Para su sorpresa, su madre ya estaba despierta y su rostro revelaba no haber podido conciliar el sueño, durante toda la noche. Sin embargo, ninguno de los dos dijo nada, apenas un gesto de saludo y algo parecido a una sonrisa. Se aproximó a la cafetera, donde ya había café preparado y se sirvió una taza. Estaba caliente.

Mariel estaba sentada en la mesa, al parecer, demasiado concentrada en su té. James le secundó, sentándose justo en frente y mientras disfrutaba de su café, la estuvo observando. La conocía demasiado bien para darse cuenta que le ocultaba algo. Luego de ponerle mantequilla a su pan y de comerse un par de piezas, el café se terminó.

—¿Me vas a decir qué es lo que tienes, mujer?

Mariel no dejaba de girar la cuchara dentro del té de manzanilla, ya frío.

—Yo creo en ti, hijo —expresó con preocupación al levantar la mirada. Sus amorosos ojos estaban repletos de miedo—. ¿Me podrías hacer un favor?

—Claro, mamá. Dime —respondió él, adusto.

—Cuídate mucho.

Todo eso le pareció demasiado extraño, quiso profundizar en el tema, hasta sacarle la verdad, pero se dijo que tendría tiempo de hacerlo después de clases. Se le hacía tarde.

—Usted y yo, tendremos una extensa charla, en cuanto vuelva, madre mía —recalcó apuntándola con el dedo índice y lanzándole una amigable sonrisa.

—James —exclamó al verlo atravesar el portal hacia la calle—, ¿me das un beso?

El psicólogo supo que su madre estaba demasiado sensible y supuso que era algo de las hormonas o de la edad. Nunca se habían acostumbrado a ser demasiado efusivos en esa casa. Eran simples, ambos sabían que se amaban el uno al otro y que eran lo único que tenían en la vida, no había porque estarlo diciendo cada mañana o haciéndose arrumacos. James tendría mucho tiempo para arrepentirse por ello.

—¿Ahora? —Hizo una mueca, al comprobar en su reloj que ya iba retrasado.

Mariel apunto hacia su propia mejilla y le sonrió. James no tuvo más remedio en retroceder y acceder a complacer la petición de su madre.

Corrió un poco al doblar por la esquina del colegio para no llegar más tarde de lo que ya parecía, pero en cuanto cruzó la entrada atiborrada de profesores que cuchicheaban entre sí, en lugar de dirigirse a sus aulas correspondientes, se dio cuenta que algo no andaba bien.

—¿Otro muerto? —se preguntó a sí mismo, mientras se abría paso entre la multitud. Divisó al director Stuart hablando con una mujer muy joven de cabello rubio, que no había visto jamás, así que se acercó a ellos para enterarse de lo que pasaba.

—Pobre niña, pareciera que todas las calamidades, la persiguen —musitó el director, la mujer asintió con gesto lastimero.

—¿De quién hablan? —pregunto al inmiscuirse en la plática.

—¡Oh, James! —exclamó el hombre, alegrándose de saludarlo—. Te presentó a la nueva profesora de tercero, me gustaría que le ayudaras a sentirse como en casa, y le mostraras el resto de las instalaciones. Me tengo que ir, los demás maestros hacen fiesta cuando nadie toca la campana.

—¿Así que será la nueva profesora? —saludó James, dibujando una sonrisa de cortesía, mientras el director se alejaba sacudiendo su robusto cuerpo a prisa. Aquella frase conllevaba recordar a Paulette muerta, por lo que tragó saliva—. Entonces… ¿damos un paseo?

—Psicólogo, ¿cierto? —adivinó la mujer al ajustarse las gafas, a lo que James asintió—. Creo que me costará un poco, adaptarme a esta escuela, sería bueno saber por donde debo salir corriendo, si fuera necesario.

—Por supuesto —admitió él, sin mucho chiste. Comenzó a caminar, por el pasillo principal que conectaba todos los salones y la joven comenzó a seguirlo—, no es una escuela demasiado grande; son doce salones en total, el comedor que está al final del pasillo, junto a la cocina. También tenemos un área de piscinas, un laboratorio y mi pequeña oficina junto a la dirección, al final del pasillo. Por cierto, no estarían hablando de Justine, hace rato, ¿verdad?

—¡Sí! —replicó la joven y James no supo codificar el tono de voz con el que efusivamente contestó—. Al parecer todo el mundo conoce a esa niña. Será mi alumna y no sé si sentir pena por ella o miedo a que su mala suerte sea contagiosa. ¿Supo lo de su tía? Desde que llegué, no he parado de escuchar sobre lo que pasó anoche, pero claro que debe usted saberlo, yo soy la nueva en este pueblo.



Aria Ravelo

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En el texto hay: muerte, sangre, problemas mentales

Editado: 05.08.2018

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