El Rey Del Hielo (reedición)

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Caído en desgracia

Iván se movilizaba pesadamente en su destartalada silla de ruedas hasta su lugar habitual, en el circuito para corredores donde vendía su mercancía; la que consistía en dulces, agua, bebidas hidratantes, y una que otra chuchería más, que ofrecía a las personas que iban a correr y ejercitarse en el lugar.

Aunque apenas rebasaba los treinta años, la barba desarreglada —incipientemente entrecana—, sumada a las marcadas ojeras y las crecientes bolsas bajo sus cansados ojos azules, lo hacían lucir al menos, diez años mayor.

Al verlo así, en esas lamentables condiciones, nadie podía imaginar que estaban frente al mejor patinador sobre hielo de las olimpiadas invernales de Nagano, de hacía tan solo ocho años, Iván Ferreira.

Pero la vida era así, injusta y a veces demasiado cruel con la gente que no lo merecía, como él.

No solo había perdido ambas piernas, tres dedos de la mano izquierda y la visión casi completa del ojo del mismo lado, sino que su nombre ya no evocaba sus pasadas glorias deportivas.

Más bien, si alguien acaso lo recordaba, solo era para recordar también la enorme decepción que dejó a su país, acompañada de un escandalo que arruinó su carrera, su reputación y su vida en general. Tanto, que lo obligó a ocultar su identidad a partir de entonces.

El otrora vitoreado por el público y los jueces, que se maravillaban ante sus gráciles, hermosas y perfectas rutinas de patinaje sobre hielo, luchaba ahora por sobrevivir y cubrir magramente, sus múltiples carencias económicas.

El único momento feliz de cada día, llegaba cuando regresaba a casa y lograba pasar de su ya muy gastada silla de ruedas, a su improvisada cama —armada con bloques, tablas y algunas cobijas viejas—, sin caerse en el proceso.

Solo entonces, al cerrar los ojos, regresaba a la pista olímpica donde se sentía libre y feliz. Donde aún conservaba sus piernas, un futuro, y donde su reputación estaba intacta; sin todas las mentiras de gente malvada a la que consideró amistades alguna vez.

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Bertha

A Bertha no le gustaba correr, de hecho, lo detestaba, pero la presión social y materna —que era la peor—, la obligaba a pensar que debía ser casi una modelo de pasarela, para ser merecedora de amor y atención.

Y es que Bertha no era gorda, aunque si tenía un poco de sobrepeso y algunas curvas que no estaba bien vistas entre sus amistades, ambas sumamente delgadas y atléticas.

Sandra y Loretta, sus amigas desde la primaria, no concebían que su amiga no quisiera asistir con ellas al gimnasio —en el que una de ellas pasaba la mayor parte del día—, pero Bertha era más una persona sedentaria, una que prefería hacer cualquier otra cosa en el mundo, a "correr como caballo y sudar como puerca" para encajar en un estándar de belleza imposible para ella.

Muslos gruesos, caderas anchas, senos grandes que dolían con cada rebote al trotar, a pesar de llevar puesta la indumentaria apropiada para la actividad.

Pero ahí estaba, moviendo penosamente su pesada humanidad. Intentando complacer al mundo, que le exigía algo que ella no podría ser ni naciendo de nuevo: Delgada.

Aunque Bertha no era extremadamente bonita, poseía un encanto que ninguna de sus amigas tenía, pero que nadie podía explicar en qué consistía.

Tal vez su sonrisa dulce, o su mirada inocente. Tal vez la tierna y atropellada torpeza con la que se movía, golpeaba a alguien y luego regresaba a disculparse.

De un poco más de un metro con sesenta, cabello castaño claro y ojos celestes, tan claros que a veces daban la sensación de ser transparentes, al verla, podía pensarse que no era nada especial, pero aún así, era capaz de llamar mucho la atención. Sobre todo, la de cierto vendedor que no paraba de verle el trasero y de gritarle cosas vulgares, lo que al refinado Iván, su competencia directa, lo irritaba mucho.

Era evidente que a la mujer le incomodaba también, pero prefería ignorarlo. Al contrario de cuando pasaba por donde estaba Iván y lo saludaba con una linda sonrisa.

Él procuraba devolverle el saludo con la mano completa, pero a veces lo olvidaba y apenado ocultaba aquella, que se asemejaba a la tenaza de un cangrejo.

Eso a Bertha no parecía importarle tanto como a él, a quien le compraba algo cada día aunque no lo necesitara, o ni siquiera tuviera sed.

Lo hacía solo con la esperanza de poder ayudar un poco a ese amable hombre de encantadora sonrisa, hermosos ojos e impecable limpieza. Porque lo que fuera de cada quien, el hombre en la silla de ruedas olía y se veía limpio. Y eso a ella le gustaba.

Además su mirada triste y su timidez la enternecían. Pensaba a menudo en lo dura que debía ser la vida para él y sin embargo ahí estaba, día tras día intentando ganarse la vida honrada y dignamente.



VampireDramaQueenRld

Editado: 14.03.2019

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