El Rey Del Hielo (reedición)

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Primer contacto


Iván trabajaba todos los días. 
Qué más hubiera querido que descansar de esa existencia al menos uno solo, pero a pesar de lo "tentadora" que lucía la posibilidad de no comer un día o hasta tres, prefería evitarlo. Y no por su necesidad, que era mucha, sino porque estar ahí solo en su casa, le hacía mucho mal; lo ponía a pensar y lo que pensaba, no era nada bueno.

Por eso, era mejor salir a la calle para al menos poder ver a la gente pasar y sentirse útil, productivo para la sociedad.

Además de que sus profundas creencias religiosas, le impedían hacer lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar desde mucho.

Pero a pesar de que muchas veces llegó a contemplar esa opción y no entendía el objetivo de todo su sufrimiento, creía que la vida solo la daba Dios y solo Él, tenía el derecho de quitarla. Eso es lo que siempre le dijo su madre, y al tener esos pensamientos tan sombríos, sentía estarla traicionando.

Aunque rogaba secretamente que cuando ese dios —que permitió que le arrebataran todo—, pensara en quitársela a alguien, pensara primero en él.

Acomodó su mercancía, tanto en la caja de cartón, como en la pequeña hielera azul, igual que siempre y subió a su silla.

Aún conservaba mucha fuerza en los brazos; la necesaria para poder levantarse a sí mismo y ser independiente.

Entre todo lo penoso y desagradable de su situación, agradecía el conservar parte de su mano izquierda, mientras pensaba en cuán complicado habría sido perderla por completo también. Así le desagradara de sobremanera verla y permitir que otros la vieran. No, otros no, los otros no le importaban. Ella, le molestaba que ella la viera.


 


Bertha se miraba al espejo aún en ropa interior.
Se movía y daba vueltas mirándose desde un ángulo y otro, preguntándose con lágrimas asomándose ya por sus ojos ¿por qué Dios tenía que hacer a una gente tan malditamente perfecta, como a sus amigas "las flacas", y a ella...así, con lonjas y bultos mal colocados por todas partes.

No era justo, en verdad que no lo era. Se mataba de hambre, se abstenía de muchos gustos y antojos, pero a pesar de su esfuerzo, de todo su sacrificio, bajaba un kilo a la semana y la siguiente lo recuperaba junto con otro más.

A Loretta toda la ropa se le veía bien, su cabello era hermoso, su cara tenía una piel como de porcelana y unos ojos celestes coronados por unas largas pestañas y cejas perfectas.

Para colmo, su madre no dejaba de presionarla, de criticarla cada vez que tenía la oportunidad. Tal vez creía ayudarla con esa actitud, pero no solo no la motivaba, sino que la hacía sentir cada día peor.

Estaba tan cansada de todo eso. Pero era preferible irse al circuito a correr, que permanecer en casa escuchando los reproches de su madre por todo lo que comió en el día.

—¡Ya me voy! —gritó desde la puerta, antes de salir.

—¿A dónde?

—Pues a correr.

—¿Y si corres, o nomas te haces mensa?

—No corro, nada mas doy varias vueltas caminando.

—Pues corre, no seas floja.

—La doctora dijo que para mi, es mejor caminar.

—Claro, porque te vio tan puerca, que ha de creer que no puedes hacer otra cosa. Eso o rodar —rió.

—Ya me voy —bajó la vista desanimada, herida por esos comentarios y salió.

Bertha cerró la puerta antes de que su madre siguiera hablando. ¿Acaso no se daba cuenta de lo hiriente que podía llegar a ser?


 


Cuando llegó al campo, Sandra y Loretta ya la esperaban ahí, secreteándose como siempre.

Tal vez estaba siendo paranoica, pero estaba segura que hablaban de ella; aunque cuando la vieron entrar, ni siquiera la saludaron y empezaron a correr como si no la hubieran visto.

Bertha suspiró con tristeza y se dispuso a calentar un poco agachándose, haciendo flexiones y estirándose.

"Vulgarcito", como bautizó al vendedor con pelos de púa y ese corte horrible, que le gritaba piropos muy obscenos cada vez que pasaba por su puesto, la miraba desde su lugar, poniendo especial atención en su trasero.

Agachada, con las piernas abiertas, lo vio poner cara de pervertido. Era un sujeto repugnante en verdad.

Sandra y Loretta, que más que ser amigas, parecían estar unidas por la cintura, siempre le compraban agua a "Vulgarcito".

Llegó a la conclusión que, a diferencia de ella, sus amigas disfrutaba de su asqueroso acoso.

Ella no, ni de broma. No, cuando tenía su propio proveedor de botellas de agua a menor precio, que el resto de los vendedores del lugar. Y que además de atento, era respetuoso y tenía una mirada que la derretía.

Después de su primera vuelta, paró un momento y se acercó al hombre de la silla, a quien moría por preguntarle su nombre, pero su presencia la volvía tímida y temía que él pudiera mal interpretarla, si algo había de verdad que pudiera ser malinterpretado. En vez de eso, se limitó a hacer lo mismo que hacía diario.

—Hola, una botella por favor.


 


Iván ya conocía sus gustos y sacaba la botella con tiempo de la hielera, para tenerla lista cuando ella pasara, pues sabía que no le gustaba demasiado fría y también, cual era su marca favorita.

Bertha sonrió y le pagó con el cambio exacto, mirándolo a los ojos. Giró la tapa de la botella, bebió un poco y se atrevió a preguntar.

—¿Ya casi se va?

—Una hora más —respondió él, con esa amable sonrisa que a ella tanto le gustaba.

—Entonces no me despido. Dos vueltas más y me voy. Pero voy a necesitar más agua.

—¡Hey gorda, menos plática y más ejercicio! —le gritó Loretta y se la llevó del lado de Iván, jalándola del brazo. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos para que él no oyera, se detuvieron.

Con la pena, los colores se le fueron al piso, pero con el coraje, sus mejillas se tornaron rojas como dos jitomates.

—Oye Berthota, ¿es mi imaginación o de verdad vi que estabas coqueteando con ese tipo?



VampireDramaQueenRld

Editado: 14.03.2019

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