El Rey Del Hielo (reedición)

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Fuego y furia

No podía creer que Bertha le hablara de esa forma. 
 


 

Siempre había sido más bien sumisa, tranquila y Loretta podía decirle cualquier cosa sin que ella protestara o se defendiera. Y no porque Bertha creyera que merecía los insultos y las burlas, pero no consideraba importante prestarle atención a sus patanerías. Optaba por ignorarla y ya. 
 


 

Pero una cosa era insultarla a ella y otra muy distinta, burlarse de una persona en desventaja física. O quizás, entre su madre y ella, habían llegado a su límite y esa fue la gota que derramó el vaso.
 


 

—¡¿Qué te pasa?! —vociferó la rubia, llamando la atención de todos los presentes, incluido Iván.
 


 

—¡Me pasa que estoy harta de la gente como tú, que cataloga a las personas según su escaso criterio! 
 


 

—¡Yo no...!
 


 

—¡Y no vuelvas a decirme gorda! ¡Tengo un nombre y ya lo conoces!
 


 

—¡Eso me saco por tratar de ayudarte, pinche asquerosa, mantecosa!
 


 

Bertha le responde eso con una bofetada tan violenta, que la mandó hasta el suelo de un sentón. Sandra acudió de inmediato para ayudar a su amiga en problemas, quien estaba aterrada en el piso mirando caer la sangre que le había salido de la nariz.
 


 

Sandra le facilitó la toalla con la que se secaba el sudor para limpiarse la sangre, pero Loretta la apartó con brusquedad levantándose nuevamente para perseguir, empujar y enfrentar a Bertha.
 


 

Corpulenta como era, el ampujón apenas si la hizo trastabillar.
 


 

—¡Eres una bruta, estúpida marrana infeliz! —prosiguió la enfurecida y atlética mujer.
 


 

Intentando detener el penoso espectáculo que comenzaba a atraer a otros corredores, Sandra se acercó y conciliadora, dijo:
 


 

—Ya cállate, Loretta, tampoco te pases. Ambas sabíamos que este día iba a llegar. Más bien, deberías disculparte con Bertha. 
 


 

—¡¿Por qué?! ¡¿Por decir la verdad?! ¡Pues no! ¡Y no seas hipócrita, Sandra, que tal vez no lo dices pero piensas lo mismo que yo!
 


 

—¿Si Sandra? ¿Piensas como ella? —preguntó Bertha, intimidándola con su sola mirada.
 


 

Sandra bajó la mirada, respondiendo con eso a su pregunta.
 


 

—¡Díle ándale, lo que estabas diciendo hace rato! —retó Loretta, aún limpiándose la cara.
 


 

Sandra no pudo negarlo, se estaba riendo de ella cuando estaban del otro lado del circuito. Pero no había mala intención. Era solo que a veces, Loretta la hacía reír con lo que decía.
 


 

—No me importa que se rían de mi, siempre lo hacen porque se creen perfectas, pero tienen el corazón podrido de vanidad. Sobre todo tú, Loretta. 
 


 

Bertha se aleja decepcionada de donde están ellas, quienes se quedan murmurando.
 


 

—¿Qué pasó aquí? ¿Me puedes explicar? —cuestionó Sandra, confundida.
 


 

—¡No sé! ¡Se puso como loca de repente! Todo porque la sorprendí coqueteándole descaradamente al vendedor ese, el que no tiene piernas, el de la entrada. Solo le dije que si se aplicara en el ejercicio, no tendría que conformarse con tan poco ¡Y se enojó por eso!
 


 

—Ay Loretta, te conozco ¿Seguro le dijiste solo eso?
 


 

—¡Si!
 


 


 


 

Cuando Bertha volvió de dar la última vuelta después del altercado, Iván ya no estaba. Pero cuando salió del perímetro cercado, lo vio a lo lejos y a pesar de que detestaba hacerlo, lo alcanzó corriendo. 
 


 

Bertha no lo sabía, pero Ivan escuchó todo. De hecho, mucha gente lo hizo; solo que a nadie le importó como a él  lo que decían. 
 


 

No sabía que pensar, le pareció un espectáculo bochornoso, por eso decidió recoger su mercancía y regresar a casa.
 


 

Viró un poco la silla al escuchar el trote. 
Bertha paró en seco, ni siquiera supo para qué lo había alcanzado con tanta prisa. Se quedó ahí, de pié frente a él, mirándolo a la cara pero sin saber que decir. Solo pensaba en las preguntas que moría por hacerle.
 


 

—Ya no tengo más agua, lo siento —se disculpó.
 


 

—No quería agua. Quería...preguntarle, preguntarte... ¿Es casado? ¿Qué edad tiene?¿Qué le pasó? ¿Tiene hijos? ¿Por qué razón me atrae tanto? 
 


 

Eso era en realidad, lo que deseaba preguntarle. Pero en lugar de eso, solo atinó a decir: 
 


 

—Mi carro está por allá...me preguntaba si...
 


 

—¿Si quiero que me lleves?
 


 

—Si...¿quieres?
 


 

—Vivo muy cerca, un par de cuadras —mintió—. Pero gracias de todos modos. 
 


 

Media sonrisa y unos minutos contemplándose mutuamente después, se despidieron solo con la mirada y cada uno tomó su camino. Sin embargo, esa noche aún estaba lejos de terminar para ambos.
 


 

No muy lejos de ahí, Sandra y Loretta los observaban.
 


 

—¡Qué cochina! —exclamó Loretta, cuando ambos se alejaron— ¡Le gusta el inválido! ¡Qué Ascooo! Esto lo tiene que saber Delia. O sea... Hasta piojos ha de tener el tipo.
 


 

—No seas ridícula, Loretta. ¿A ti qué más te da quien le guste o le deje de gustar a Bertha? 
 


 

—¿A mí? Nada, pero esa cachetada, ¡me la va a pagar!
 



VampireDramaQueenRld

Editado: 14.03.2019

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