El Rey Del Hielo (reedición)

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Lo que pasó, pasó

Después de beber su batido de proteínas, Loretta se puso su ropa deportiva dispuesta  a seguirse ejercitando, justo como lo hacía cada mañana y cada tarde sin falta; luego se iba a correr al circuito universitario con su inseparable amiga Sandra. Aunque después de lo sucedido días antes, no sabía si podría superar las terribles nauseas que le provocaba el romance entre el mocho y su examiga, la gorda asquerosa de Bertha.

Ojalá toda esa gente horrenda muriera de una sola vez. El mundo ya era un lugar difícil, le hacía falta belleza y gente como esos dos, se la quitaban aún más.

Levantó su blusa para apreciar mejor su escultural cuerpo, su abdomen marcado, su trasero firme... La satisfacción admirarse frente a cada espejo que tenía disponible, era orgásmica.

Algunas fotografías subidas a Instagram después, salió rumbo al gimnasio.


 


Iván, igual que muchos otros días desde que fue abandonado ahí, se había despertado deprimido. Acariciaba con la mano, la tapa de la caja de madera donde guardaba sus tesoros.

Medallas y más medallas de diversos campeonatos, recortes de diarios y fotos impresa, donde contemplaba con la nostalgia de un viejo, sus largas y estéticas piernas; fuertes y maravillosas, enfundadas en el elegante conjunto negro que usó cuando Igor, su entrenador, le informó que sería parte del equipo olímpico de patinaje.

Eran días felices, pero también, días que jamás volverían.

Si tan solo tuviera valor para terminar con todo... O si al menos pudiera olvidar ese día...—pensó.


 


Ocho años atrás

Todos en los vestidores lo miraban extraño esa mañana. Algunos lo miraban con recelo, mientras cuchicheaban.

Iván había pasado la noche descansando para estar listo, pues competiría esa tarde.
Finalmente, no le importó, debía concentrarse y practicar. Colocó en el suelo la bolsa donde llevaba los patines, pero de pronto, todo se oscureció.

Lo próximo que supo, es que se encontraba en un lugar oscuro que parecía ser un almacén, amordazado, atado, donde que un par de enormes hombres vestidos con playeras y jeans negros, armados con bates metálicos de baseball y ganzúas, empezaron a golpearlo,  empezando por destrozarle las rodillas y luego, el resto del cuerpo hasta perder el sentido.

Semanas más tarde, despertó en la cama de un hospital privado en México, sin piernas, tres dedos dedos de la mano izquierda y ceguera parcial en un ojo. Pero eso no estaba ni cerca de ser todo.


 


Por primera vez en su vida, Bertha estaba feliz. Feliz de que fuera lunes, a pesar de que debía trabajar, pero ansiosa por que las horas pasaran rápido para ir al circuito.

Le preocupaba un poco estar siendo muy obvia, o estar malinterpretando las señales que creía estar viendo.

Ni siquiera sabía su nombre, ni había cruzado más de un par de frases con él, pero sentía una conexión con ese hombre, algo que no lograba explicar. Como si lo hubiera visto antes.

Además, estaba segura que debajo de todo ese pelo en su cara, se escondía un tipo guapísimo. Sus ojos eran azules, enormes y sumamente expresivos; su cabello castaño claro, abundante y un tanto largo, enmarcaba un rostro blanco, podía decirse que hasta pálido.

Del resto de su humanidad no lograba apreciar mucho. Solo se notaba que era esbelto y muy friolento, ya que llevaba encima un par de suéteres. Pensó que tal vez era para ocultar un poco el hecho de que no tenía piernas, pues ambas prendas eran muy largas y holgadas.

No estaba segura de cuando fue que notó todos esos atributos, solo sabía que además de escapar de la tiranía materna, asistía a ese sitio de tortura sin fin, para tener el privilegio de contemplarlo de lejos entre vuelta y vuelta.


 


Era tarde y don Fili se asomó por la ventana. La luz en el interior de la casa donde Iván vivía, continuaba encendida.

Preocupado, se dirigió hacia allá y abrió la puerta con su copia para las emergencias.

Lo encontró dormido sobre el contenido de la caja que estaba desparramado encima de la mesa.

Solo don Fili sabía quien era él y siempre que lo encontraba así, se conmovía. Solía hacer eso cuando se sentía triste o desanimado por algo.

—José...José despierta...¡Iván!

—Fili... —lo nombró amodorrado, levantando la cabeza de la vieja mesa de formica.

—¿Otra vez? —empezó a recoger todo lo que había sobre la mesa y a ponerlo de nuevo dentro de la caja— ¿No piensas ir a trabajar?

—No. Hoy no.

—¿Cómo de que no?

—No, no tengo ganas.

—¿Y te vas a quedar aquí, rumiando tu dolor? ¿Pensando en cosas que ya no tienen remedio? No muchacho, deja eso para ancianos como yo, tú tienes que salir adelante como sea. Lo pasado, pues ya pasó. El camino es hacia delante, siempre hacia delante mijo,  hasta donde llegue.

—¿Para qué? —lo miró desanimado.

—¡Para lo que sea! Tu vida no va a ser así todo el tiempo, estoy seguro de que va a venir algo mejor para ti. Pero no te rindas, Iván.

—¡José! —corrigió malhumorado, aunque después se disculpó—. Perdón ,Fili. Díme José.

—Pues José o como te llames, arréglate que vamos a llevarte al trabajo. Y si quieres nos quedamos ahí contigo.

—¿Nos?

—El Pecas y yo.

—No dejan entrar perros ahí Fili, ya sabes.

—Ya veremos...Anda, ve a bañarte. Y deberías afeitárte también, o por lo menos, arreglárte esa barba de náufrago que traes. Mañana mismo vamos al peluquero.


 


Era tarde. Bertha había dado ya sus tres vueltas "reglamentarias" y moría de sed; pero él no llegaba.

—Hola —saludó Sandra con cordialidad — ¿Esperas a alguien?

—No —mintió, cosa que fue obvia, pues no dejaba de mirar para afuera del perímetro cercado.

—Loretta no va a venir.

—¿Y esa babosa a mí que me importa?

—No seas así Bertha. Ya sabes como es.

—Mira, no quiero discutir, mejor me voy.



VampireDramaQueenRld

Editado: 14.03.2019

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