El Rey Del Hielo (reedición)

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Ya con la cabeza fría, después de que el dolor inicial se le había pasado, Bertha se puso a pensar en lo sucedido; en lo bien que parecían estar las cosas y como de repente, se fueron totalmente a la mierda.

¿Pero por qué? 
Si se notaba a José muy contento, hasta cómodo a su lado. De un momento a otro se alteró y empezó a decirle todo eso de buenas a primeras.

No, debía hablar con él otra vez, las cosas no podían quedarse así. 
Estaba segura que ahí había mano negra.

Era sábado por la mañana, así que se presentó en su casa, o esa ruina parecida a una.

Era una construcción de ladrillo, sin emplastar ni pintar. Las ventanas eran pedazos grandes de plástico clavados a un marco de madera. Tenía un cerco de malla medio caído y la puerta de la entrada, estaba suelta de una bisagra.

Le dio mucha tristeza imaginarlo viviendo en ese lugar, con sus limitaciones.

Es decir, ya la había visto antes, pero él no quiso que, ni se bajara, ni lo ayudara a él a bajar. Incluso, la hizo darse la vuelta para que no lo viera. Después entró rápido y cerró el cerco de malla.

Razón por lo que no pudo apreciarla en detalle aquella vez. Pero ahora, la podía ver bien a la luz del día.

Se notaba que José era un hombre orgulloso, al que no le gustaba que la gente sintiera ninguna clase de compasión por él. Y lo entendía, porque solo podía imaginar lo difícil que debía ser su vida a pesar de ser un hombre joven y fuerte.

Pero a ella, José no le inspiraba lástima. De hecho, le parecía admirable que teniendo todos los motivos para rendirse, no lo hiciera y luchara por ser productivo por medio del trabajo.

Habiendo tantos vagos fingiendo lesiones, mendigando en las calles, él como podía, salía adelante. Y no solo eso, sino reconocía que no lo hacía solo y le debía mucho a su amigo, don Fili. Otro punto a su favor.

Era importante ser agradecido y humilde.

En la casa de al lado, un perro pinto, de tamaño mediano, ladraba pausadamente, casi sin ganas.

—Shhh, cállate Pecas —reprendió Fili cariñosamente al perro, en voz baja— ¿Se le ofrece algo, señora?

No manche don, ¿cómo que señora? —rezongó mentalmente—. Buenos días ¿Sabe si está José?

Don Fili se acercó y ya más de cerca, la reconoció.

—¡Ah, Bertha! Tal vez esté dormido todavía. Duerme mucho.

—Si, eso me contó anoche.

—¿Hablaron anoche? —preguntó curioso.

—Si, un ratito.

—¿Podría platicar contigo?

—¿Pasa algo? ¿Le pasa algo a José? —preguntó alarmada.

—No, no, él está bien. Pásale.

Don Fili abrió la puerta.

—Ven, acompáñame a tomar un café ¿Te gustan las galletitas de mantequilla?

—Si.

Ella accedió a pesar de su natural desconfianza, pero tenía un pesar en el pecho y necesitaba saber como estaba él. Y don Fili era el único que podía decírselo.

—José no está, hace rato vino su hermano y se lo llevó a no se donde. Pero no te apures, va a regresar, estoy seguro. Disculpa que te haya mentido, pero me interesa mucho hablar contigo.


 


Aunque Iván no tenía ningún deseo de ver o hablar con su hermano mayor —solo por un par de años—, no tuvo más remedio, pues lo sacó de su casa casi a la fuerza y lo llevó a un restaurante.

Marcos lo observó por un largo tiempo.

—¿Cómo estás? —preguntó sin verdadero interés.

—Muy bien, gracias.

—Si, me lo imagino —se burló.

—¿Qué es lo que quieres?

—¿Querer? ¿Yo, de ti? Nada. Ví, te vi, en un video...

—Ah, entonces es por eso que estás aquí.

—Estoy aquí porque Monica también lo vio. Yo le dije que habías muerto, pero ahora que sabe que no, está muy enojada conmigo y quiere que te ayude.

—No necesito nada de ti.

Marcos se rió.

—No cambias. Mírate, ve la miseria en la que vives. Deberías empezar a usar tu nombre, aquí nadie te conoce, ni le importas ya  a nadie. Al menos para que consigas un mejor trabajo.

—¿Y crees que no lo he intentado? Por más que demuestre lo capaz que soy para muchas cosas todavía, la gente me ve y no le importa. Solo ve a un tipo sin piernas, y llega a la conclusión de que ya no sirvo para nada.

—Voy a empezar a enviarte tu cheque otra vez.

—No te molestes, Marcos. He aprendido a vivir sin eso y sin ninguno de ustedes.

—Es que no te estoy preguntando. Tampoco te pongas en ese plan.

—Solo lárgate y vuelve a fingir que estoy muerto ¿quieres? Ya te dije que no necesito nada.

—¡Con una chingada, Iván! —Golpeó la mesa con las palmas, lo que llamó la atención de los otros comensales en el restaurant— ¡Por una maldita vez en tu vida deja de estárte haciendo el digno! ¡Y ya te dije que no te estoy preguntando!

—¡Y yo ya te dije que no me interesan tus malditas limosnas!

—¡Deja de actuar como si yo te debiera algo! ¡Si estás así es por tu culpa, por no poder mantener el pito adentro del pinche pantalón!

—No me debes nada Marcos, y tampoco es tu obligación mantenerme. Lo único que yo esperaba de ti, era que me creyeras y no lo hiciste.


 


Bertha bebía el café que don Fili le sirvió, mientras la observaba.

—¿Galletitas?—Le acercó un pequeño plato con galletas integrales.

—Si, gracias. El café sin pan o galletas, no tiene sentido.

—Ah, tu si sabes. Eres de las mías. Berthita...¿te puedo decir Berthita?

—Si.

—Iván me contó lo que pasó ayer y...

—¿Quién es Iván?

—¿Iván? ¿Quién es Iván?

—No sé. Usted dijo Iván.

—No, es que se me va la onda. No, José. Él me dijo lo que pasó ayer y no estoy de acuerdo.

—¿Con qué?

—Con que te quiera alejar. Uno no debe alejarse de lo que nos hace feliz; y yo sé que tu lo haces feliz. Y Dios sabe que él lo necesita. Por eso te pido que no le hagas caso, Berthita. Tú insiste. Eso es lo que te quería decir.

—Don Fili, a mi José me gusta mucho, y no me importa como esté. Yo lo veo y me derrito. Y me importan tres y media, que al mundo no le parezca. Yo lo necesito cerca y es todo lo que sé.





 



VampireDramaQueenRld

Editado: 14.03.2019

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