El Rey Del Hielo (reedición)

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Niño prodigio

Después de una tarde llena de discusiones y reproches, Marcos llevó de regreso a su hermano a esa ruina, a la que llamaba casa.

Era insoportablemente  incómodo verlo mover así para bajar del auto. Observar como subían o bajaban los pequeños restos de lo que fueron alguna vez sus piernas, le provocaba incluso náuseas, por lo cual prefirió —después de acercar su silla—, retirar la vista y adelantarse para abrirle paso.

No intentó ayudarlo porque lo conocía y sabía que se iba a molestar. Recordó además, que cuando estaba en el hospital, al único que le permitía ayudarlo en conjunto con los médicos y enfermeros, era a Igor, su antiguo entrenador.

Cuando Marcos entró a la casa, que parecía estar todavía en obra negra, la observó de arriba hacia abajo y de un lado a otro. No la recordaba en tan malas condiciones.

—No soy muy bueno reparando cosas, y tampoco tengo con qué —explicó, al notar lo que hacía.

—¿Tienes electricidad?

La luz débil del foco de la cocina, respondió a su pregunta.

—Tengo todos los servicios, aunque a veces me cortan la luz. Como si necesitara que me cortaran algo más...

—¿Y aún así no quieres aceptar lo que te ofrezco?

—No quiero acostumbrarme a algo que puede acabar de repente.

—¿Cómo puedes vivir así?

—No tengo otro remedio ¿o si? Pero te acostumbras, créeme. Como a todo.

—Tengo que irme, Iván. Por favor, déjame ayudarte.

—Házlo si quieres, si eso te hace sentir bien. Pero he vivido así mucho tiempo, te aseguro que no lo necesito.

—Toma —saca su cartera del bolsillo trasero de su pantalón y saca un montón de billetes—, esto te lo manda Mónica.

—No...—lo devuelve.

—Iván...

—Déjalos pues, déjalos. Dále las gracias entonces.

—Trataré de venir más seguido.

—Si no puedes, no te preocupes.

—Nos vemos luego.

—Adiós.

Marcos salió de ahí tan rápido, que parecía estar huyendo.

No era fácil ni agradable ver a su hermano en ese estado, a pesar de que nunca fueron muy unidos.


 


Ocho años atrás

Iván yacía en una cama de hospital, en medio de un montón de cables y tubos que lo mantenían con vida.

Pero la pregunta era: ¿Aceptaría Iván esa nueva existencia, si la suya como la conocía, había terminado para siempre?

Marcos no podía creer lo que decían, no quería creerlo, pero la noticia se regó muy rápido y las supuestas evidencias, se discutían en varios programas de televisión.

Pero mientras eran peras o manzanas, todos lo señalaban como culpable y hasta comentaban que había recibido su merecido.

Al saber de la noticia, su madre había acudido a verlo, pero fue tanta la impresión, que días después falleció por una falla cardiaca, según dijeron los médicos. Aunque Marcos estaba seguro que había sido porque no soportó todo lo que había pasado con su "bebé", su "campeón".

Se dio cuenta de que no conocía lo suficiente a su hermano. Ese que estaba tendido ahí, era prácticamente un extraño para él y le costaba trabajo sentir algo más, que un poco de compasión.

Iván tenía diez años cuando decidió, maravillado por lo que veía en la pantalla, que quería ser patinador sobre hielo.

A su madre le gustó la idea, a pesar de que no era un deporte que se practicara frecuentemente en el país, pero de todas formas, lo alentó y lo impulsó, dándole todo su apoyo y su tiempo. Sobre todo, cuando a pocos  meses de aprender a patinar, un entrenador ruso lo observó y vio su potencial. Él le dijo que el osado infante tenía lo que se necesitaba para triunfar en ese deporte: Talento, disciplina, voluntad y sensibilidad.

Era curioso verlo intentar hacer saltos y giros que no tenía idea de como hacer, pero que a fuerza de práctica, lograba.

Igor aplaudía emocionado desde una orilla de la pista, viendo como su madre no dejaba de animarlo.

El hombre caminó hasta donde estaba la mujer y se presentó ante ella, elogiando el trabajo del niño y el suyo como animadora.

Pero su madre lo sabía, nadie tenía que llegar a decirle lo que ella ya había visto. Su hijo tenía mucho talento y su deber como madre, era ayudarlo a alcanzar ese potencial que no solo ella podía apreciar, sino también ese hombre, que se ofreció para enseñarle lo que sabía.

A partir de entonces, toda la atención materna fue para el menor y la relación con su hermano mayor, irónicamente, se enfrió.

Marcos resintió mucho la ausencia de su madre, quien se mudó a Canadá para estar pendiente de Iván; mientras él se sentía cada vez más olvidado y abandonado en su casa de Durango.

Ahora le avergonzaba admitirlo, pero cuando supo lo que le había ocurrido y lo vio en el hospital la primera vez, le dio mucho gusto que "El niño prodigio del patinaje en México" hubiera terminado así. Inútil, lisiado...fracasado.


 


Con el dinero que su hermano le dio, decidió darse el lujo de no ir a vender esa tarde. Además, no quería ver a Bertha.

No, mentira, si quería verla, moría de ganas por hablar con ella también. Pero admitía que su madre y todos, hasta la vieja insoportable de su ex amiga, tenían razón.

Él no era alguien que le hiciera bien a su vida, todo lo contrario. Por eso, necesitaba pensar que haría para alejarse de ella. Él debía seguir trabajando y seguramente ella continuaría asistiendo y más temprano que tarde, sucumbiría a la tentación.

Tal vez hasta tendría que buscar otro sitio donde vender. Y la felicidad que empezaba a sentir, se apagaría y convertiría su vida nuevamente en ese lugar oscuro y amargo del que no lograba escapar nunca.


 


Aunque su madre le puso mil pretextos para que no fuera a correr, Bertha hizo caso omiso a lo que le decía.

Vaya, que era demasiado obvia su participación en lo que estaba sucediendo con José. No dijo nada, pero igual salió.

No le sorprendió ver que no estaba, pero no importaba, iría a verlo esa misma noche para hablar con él y no aceptaría ninguna negativa.



VampireDramaQueenRld

Editado: 14.03.2019

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