El Rey Del Hielo (reedición)

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Viejas heridas

Bertha estuvo pensativa todo el día, pero cumplió con su trabajo de manera eficiente, a pesar de no sentirse bien.

Gustavo, su compañero de la caja de al lado, con quien rara vez hablaba, y de quien alguna vez estuvo enamorada, la miraba de una forma extraña.

Durante las horas de trabajo, Bertha debía usar gafas porque de otra forma, no había posibilidad de que viera bien.

Pero Gustavo le notaba algo ahora, que antes no.

Tal vez la forma en la que su cabello castaño claro caía en delicados rizos sobre su espalda, mal sujetado con una liga. O algunas interesantes curvas que antes no había notado en su anatomía.

O ese tierno gesto de hartazgo de la vida, en su expresión.

—Bertha...Bertha...—Colocó la mano sobre el hombro de ella— ¿Te sientes bien?

—Si, gracias. Igual que siempre.

—Pues...no te ves igual que siempre.

—¿Me salieron antenas en la cabeza o qué? —él se rió por la ocurrencia.

—No, pero no sé, te ves diferente ¿qué te hiciste?

—Nada Chocotavo, nada. Ya no me estés distrayendo —exigió y siguió en lo suyo.

Aunque seguía dirigiéndose de forma amistosa, las cosas entre Gustavo Solís y ella no habían quedado muy bien un año antes.


 


Un año antes

Gustavo puso cara de hartazgo, mientras sus compañeros le hacían burla, pues ya todo el mundo sabía que Bertha, la gorda de la caja seis de recaudación, tenía un interés romántico en él.

Cansado de ese asunto, decidió cortar por lo sano y de la peor manera.

Apenas tuvo la oportunidad de quedarse a solas con ella, sin ningún testigo, la abordó repentinamente cuando antes había evitado todo contacto.

—Bertha ¿puedo hablar contigo?

—Si Tavo, claro —respondió emocionada y llena de ilusión.

Bertha, quien entonces contaba con al menos diez kilos más, estaba encantada de que su "galán" se hubiera acercado a ella para hablar.

Gustavo Solís era un hombre de estatura promedio, cabello castaño oscuro, bastante común, aunque de cuerpo atlético y rasgos finos, por lo que resultaba muy atractivo para algunas mujeres, entre ellas Bertha, quien lo miraba mucho más especial de lo que en realidad era.

—Mira Bertha, no quiero ser grosero contigo —empezó— pero ya párale ¿quieres?

—¿Con qué?

—Con andárle diciendo a todos en la oficina que estás enamorada de mi y estarme mandando tus poemitas ridículos a mi correo. No me gustan y no me gustas tú ¡Pero para nada!

—¿Entonces, para que les dabas like?

—¡Por lástima! Mira, me caes bien, pero no andaría con alguien como tú, ni aunque me pagaran.

—¿Por qué?

—¡Ay Bertha! ¿No te has visto? A nadie le gustan las gordas, esa es la verdad. Perdón que te lo diga así, pero no quiero que sigas con esto. Ya no me mandes nada, ni me digas nada, que no te voy a contestar. Ah, y en la medida de lo posible, evita hablar conmigo.

Gustavo se alejó sin importarle un bledo el daño que le había causado.

Pero aunque le dolió mucho su actitud, le agradeció la sinceridad, su cruel e insensible sinceridad.

Ahora las cosas habían cambiado, ya no era la misma mujer del año pasado. Su cuerpo también se transformó y Gustavo ya lo había estado notando.



VampireDramaQueenRld

Editado: 14.03.2019

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