El Rey Del Hielo (reedición)

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Pesadilla

El sepelio del Pecas fue muy triste. Marcos terminó ayudando a cavar la pequeña tumba al pié de un rosal, mientras Fili abrazaba el pequeño cuerpo del animalito y sollozaba lo más en silencio que su tristeza le permitía.

Había sido su compañero y amigo desde poco antes de la muerte de su hijo Alfonso. Ambos circulaban por la avenida Colón, cuando lo divisaron a la distancia. El pobre animalito estaba casi muerto de sed, atado a un poste bajo el inclemente clima cachanilla, que no descendía de los cuarenta y cinco grados centígrados cada verano.

—¿Por qué te detienes? —preguntó Fili, quien le daba lecciones de manejo a su chico adolescente.

—Mire apá, un perrito.

Ambos descendieron del vehículo de prisa, al ver al can al borde de la muerte.

—¿Pero que corazón tan negro dejó a esta criaturita así? —se cuestionó el hombre, mientras intentaba desatarlo del poste— Mijo, tráeme las pinzas.

Alfonso corrió para hacer lo que le dijo y regresó pronto para que pudiera liberar al can, quien dócil, agradeció a ambos con la mirada.

Inmediatamente después, lo llevaron al veterinario y Alfonso se encargó de cuidar al Pecas, como Fili lo bautizó.


 


Cuando el hoyo para la sepultura del can estuvo suficientemente profundo, Marcos tomó el cuerpo y lo colocó con cuidado en el fondo.

—Lo hiciste muy feliz Fili -dijo Iván tratando de consolarlo. Lo salvaste y lo hiciste muy feliz.

—Bueno, yo me tengo que ir.

—Gracias, Marcos.

—De nada. Nos vemos Iván. Ah, se me olvidaba, cuando no estabas, vino una mujer muy bonita que dijo que era tu novia.

—¿Vino Bertha?

—Si, así dijo que se llamaba. ¿Entonces es cierto?

—Si ¿Dijo algo? ¿Entró?

—Dijo que después volvía. Y no, no entró.

—Ok.

—Nos vemos entonces. Adiós Filiberto.

Marcos se fue y los otros dos hombres se quedaron acompañándose uno al otro.


 

 

En su casa, Bertha trataba de digerir lo que estaba viendo y leyendo de tan increíble que le parecía.

No solo era el shock inicial de enterarse quien era en realidad, sino el de saber todo el escándalo que hubo alrededor y la razón por la que llevaba esa vida ahora.

Pero, aún viendo todo eso, no podía creer que su efímero ídolo de años atrás, fuera ese que decían ahí.

"Iván Ferreira, acusado de corrupción de menores".

"Ex deportista olímpico a juicio por abusar de una menor".

"Venganza salvaje, arruina la carrera del casi campeón de patinaje sobre hielo".

Lo que le extrañaba y mucho, era que, habiendo tantas noticias al respecto, ella no recordara nada de eso. Tendría que recordarlo, no había sido hace tanto. Ocho años nada más.

Tal vez porque fue algo demasiado traumático para ella, y su mente como mecanismo de defensa, había borrado todo rastro de su recuerdo.

Poco a poco comenzó a recordar lo que decían en las noticias; aunque lo más hiriente para ella, había sido escuchar lo que decían en la calle y las burlas de las que fue objeto por defenderlo en reiteradas ocasiones. Aún sin saber a ciencia cierta lo que había sucedido.

Fue una gran decepción para todos en el país, cuando vieron que era su turno y no se presentó. Ahora sabía por qué.

Era el favorito para ganar el oro, esa presentación era casi un trámite. Incluso, había vencido a un ruso, a un sueco y a un japonés, que eran los contendientes más difíciles en ese entonces. Pero al no presentarse, fue descalificado. Y las esperanzas de todo un país que se atrevió a volver a soñar con la gloria olímpica, fueron una vez más, defraudadas.

Tal vez por eso no lo relacionaba. Tal vez saber todo eso, le había roto tanto el corazón, que prefirió olvidar esa parte de su vida.

Viendo los antiguos videos, pudo atestiguar el acoso de la prensa, mientras Marcos, su hermano empujaba su silla de ruedas y una mujer rubia, les abría paso a empujones.

En ese momento tenía una incipiente sombra de barba, bigote y su cabello era muy corto.

Tampoco había culpa en su expresión, había furia, había tristeza y mucho dolor, pero no se veía como alguien arrepentido.

Sin embargo, no podía dar un veredicto hasta no hablar con él y preguntarle mirándolo a los ojos.


 


Iván se acostó en su nueva cama. Se sentía muy extraño, pues ya se había acostumbrado a la dureza de su antiguo lecho, formado por bloques y tablones.

Había llevado Marcos también, algunas mantas y almohadas. Incluso, había cambiado la instalación eléctrica donde colgaba peligrosamente, el foco de la cocina. Ahora todo se veía más luminoso, menos triste y lúgubre que antes. Sonrió y le agradeció una vez más, en silencio.

Aunque no era su intención dormir todavía, la suavidad de su cama y el cansancio del día, lo vencieron.

Iván siempre se levantaba temprano, nunca después de las seis, pero estaba tan cómodo en su nueva cama, que los toquidos en la puerta lo despertaron.

—¡Voy! Algún día...

Se estiró un poco, se frotó los ojos y subió a su silla, aunque al no calcular bien la distancia la altura y la prisa, terminó cayendo.

Los toquidos desesperados seguían.

—¡Voy! —gritó molesto y se subió rápido a su silla, ya recuperado del golpe por la caída. Quitó los cerrojos y retrocedió para permitir que quien fuera, abriera por sí solo.

—Son las ocho Iván, digo, José ¿Qué tienes? ¿Te acabas de levantar?

—¿Son las ocho? —preguntó asombrado— Vaya que si dormí muy bien ¿Cómo estás?

—Triste, muy triste.

—¿Qué es todo eso? —preguntó al ver la bolsa de mandado llena de recipientes.

—Pues el desayuno. La verdad, es que ahorita no soporto estar en la casa. Por eso vine, para que desayunémos juntos. Yo no sé que haría sin ti, yo creo que ya me hubiera muerto.

—¿Qué? No Fili, más bien al revés.

—Estoy de luto, no me contradigas.

Fili abrió los contenedores de plástico y le sirvió a Iván y a él en los platos floreados que también él había llevado.



VampireDramaQueenRld

Editado: 14.03.2019

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