El Rey Del Hielo (reedición)

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Espacio azúl

Al ver a Sandra, Bertha supuso que Loretta estaría cerca. Pero luego recapacitó y pensó que esa devoradora de atún y pasto, ni de broma se pararía en una carreta de venta de tacos.

—¿A quién buscas? —le preguntó Iván en voz baja.

—Loretta.

—No vine con ella —respondió Sandra extrañada— Vengo con Joaquín, mi novio.

—Ah.

—Buenas noches.

—Buenas noches.
¿Tu eres...? —Se dirigió a Iván.

—Iván —le da la mano.

—¿Iván? Creí que te llamabas José.

—Es su segundo nombre —intervino Bertha.

Disimuladamente, pero no lo suficiente para que Bertha no lo notara y se pusiera a la defensiva, Sandra miró a Iván. Era un hombre muy guapo, ahora que lo veía con más luz y más de cerca.

Pero lo mejor, era cuando miraba a Bertha y se notaba que el sentimiento era mutuo.

Sandra se alegró sinceramente por ella, porque a diferencia de Loretta, ella no tenía tantos prejuicios.

Tal vez las cosas entre Bertha y Loretta no iban a mejorar, pero contrario a lo que Bertha creía, ella estaba muy lejos de estar de acuerdo con todo lo que decía y hacía su amiga. De hecho, cada vez la aguantaba menos.

Después de saludar, Sandra se fue a otra mesa para estar con su novio y ellos se quedaron solos.

—Buena salida la tuya. Pero a veces creo que es una pérdida de tiempo llamarme de otro modo, no creo que nadie se acuerde ya de mi.

—¿Quién sabe?

—¿Tú me crees verdad?

—Si —afirmó con seguridad.

—¿Pero...?

—No, nada.

—Es muy importante para mi, saber que me crees. Una relación no puede funcionar si existen dudas.

—Yo no tengo dudas. Lo que pasa es que me preguntaba si cuando me quité la ropa enfrente de ti...tú...¿qué sentiste?

—Yo no estaba pensando en ti, la verdad. Siendo sincero, estaba pensando en mi; tenía mucho miedo de que me vieras sin ropa.

—Yo también. Iván, no quiero que creas que soy así con todos. De verdad, nunca había estado con nadie. Pero supongo que se notó —rió traviesa.

—Yo tampoco, Bertha. Te lo dije, toda mi vida era entrenar y dormir. Convivía con muy pocas personas y cuando no estaba con mi mamá, estaba con mi entrenador. O estaba rumbo a alguna competencia. Esa fue mi vida desde los once años. Mi madre era un poco tiránica además.

—¿Perdiste tu virginidad conmigo?

—Entre otras cosas.

—¿Qué otras cosas?

—Las inhibiciones, por ejemplo; el miedo. Me hiciste sentir tan bien, que por un momento, olvidé como me veo.

—Te ves divino, mi vida. Piensas demasiado en eso.

—Mira, el burro hablando de orejas ¿O por qué apagaste la luz?

—Por ti. Quería que te sintieras cómodo. Tenías una cara de asustado...

—Lo estaba.

—¿Volverías a hacerlo?

—Si, pero no aquí.

—Ay...y yo que quería darte macizo sobre ésta banca.

Iván soltó una carcajada. Bertha decía cada cosa.

—¡Bertha no, hay niños!

Ambos rieron y luego se miraron una al otro.

Sandra los miraba desde su asiento, a dos mesas de distancia y sonrió.

Nunca había visto a su amiga tan feliz. Hacían una bonita pareja.


 


Cuando regresaron a casa de Iván, la plática siguió hasta bien entrada la noche, pero aunque le hubiera encantado quedarse más tiempo, prefirió volver a su casa.

Iván la acompañó hasta afuera, donde se despidieron entre besos y miradas interminables, sin imaginar que estaban siendo vigilados.

Con una expresión que denotaba su gran confusión y enfado, Gustavo observaba como Bertha, su Bertha, se sentaba en el regazo del tipo de la silla de ruedas, mientras él se la comía a besos; y solo podía preguntarse si eso también era parte de la caridad de la que habló.

Luego de varios minutos, consiguieron separarse y ella abordó su auto.

—¿En serio Bertha? ¿Con un inválido?

Cuando ella se fue, Iván se metió en su casa y Gustavo se marchó; aunque con un sabor amargo en la boca, ya que era cierto lo del novio. Pero conservaba una pequeña esperanza, ya que se sentía con ventaja en esa lucha que comenzaba.
 

La mañana siguiente, Gustavo no dejó de mirarla. Tanta era su insistencia, que consiguió incomodarla.

—¡Ya Gustavo! —murmuró molesta.

—¿Qué? ¿Qué te estoy haciendo?

—Déja de estarme viendo.

—No puedo evitarlo, te ves muy bonita. Que digo bonita, ¡pre-cio-sa!

—Te pasas, ya cállate.

No eres materia para que ese maldito inválido te manosee, tú eres mía, tú me lo dijiste.
 

Más tarde, ya en el comedor, siguió insistiendo.

—¿Puedo?

—No.

A pesar de la negativa, se sentó frente a ella.

—Ah, ¿ya así, de plano? Si yo fuera tu novio, vendría por ti y te llevaba a comer. No sé, mariscos...

—Pero no eres. Además, no me gustan los mariscos —mintió.

—Pues lo que fuera, pero lo haría Te llevaría a pasear y a bailar... ¿Y en qué trabaja? ¿Qué hace para vivir?

—Es vendedor.

—¿Ah si? ¿Y qué vende o en qué empresa?

—En una.

—Pues si, ya sé que en una, pero ¿en cuál?

—¿Qué te importa?

—"¿Qué te importa?" ¿Así se llama? No, no la conozco.

—¡Si, qué te importa!

Furiosa, tomó sus cosas y se fue a otra mesa. Pensaba seguirla pero desistió. Estaba demasiado molesto y no quería cometer alguna indiscreción que pudiera delatar el hecho de que la había estado espiando. Pero tampoco era su intención dejar de hacerlo.

 

Los días en la oficina habían estado más relajados y esa noche por fin acudiría al circuito, pues tenía varios días sin ir.

Acordaron que estando ahí, mantendrían las muestras de cariño al mínimo, por si acaso. No querían pasar un mal rato, pues Loretta había vuelto.

Entre la plática, Iván le comentó a Bertha que las cosas con ella se habían puesto "raras".

Ahora no dejaba de verlo de una forma insistente —sobre todo de la cintura para abajo—, que lo hacía sentirse incómodo. No le hablaba, solo lo miraba y se iba. Fili, quien lo acompañaba, fue testigo en un par de ocasiones de su extraño comportamiento.



VampireDramaQueenRld

Editado: 14.03.2019

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