El robo de las llaves mágicas

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CAPÍTULO IX

En la tarde, acompañados del mar calmado y el cielo despejado, toda la tripulación disfruta del viaje. El bamboleo de los barcos es mínimo, avanzando favorablemente.

Estudiando el libro en la proa del Schniggen, el líder romaní descansa sobre un pedazo de tronco de madera; su asiento personal. Aprende de los términos marinos, tormentas, oleaje, etc… solamente lo básico. Le falta poco para terminar de leer el libro.

Su colega se le aproxima, tomando un cofre con provisiones a manera de asiento.

―¿Y bien? ―pregunta Sir Philippe.

―¿Y bien qué? ―responde extrañado el romaní, bajando el libro y viendo a su compañero.

―No me respondiste la inquietud que tenía, antes de alejarnos de la costa.

―¿Te refieres a Gyula?

—¿Por qué lo llamas así?, ¿no te gusta el nombre que le puso Cúdred?

—Para mí y los demás, sigue siendo parte de la comunidad. Por eso le seguimos llamando por su nombre de nacimiento.

—Ya veo —comenta Philippe—. ¿Por qué te trata tan respetuosamente?

―Básicamente puse al corriente a Gyula: todo lo que había pasado y lo que hacíamos ahora. Cree que soy importante en la tierra de Ítkelor; le recuerdo mucho a su antiguo amo. Ya le he dicho que no es necesaria tanta educación al tratar conmigo; sin embargo, insiste que se siente más cómodo de esa forma. —Al terminar de hablar, el líder romaní voltea a ver el horizonte.

Su colega nota inmediatamente, que algo le molesta.

―Tú no te sientes cómodo que digamos, ¿o sí? ―indaga el cuentacuentos.

El zíngaro voltea a verlo.

—¿Todavía sigues con ese complejo de inferioridad? ―pregunta el bufón―. ¡Vamos hombre! ¿Hasta cuándo aceptarás que eres importante para el bosque?

―No es un trastorno, es simplemente humildad.

―Demasiada humildad a mi parecer.

―El que debería recibir elogios y trato de cortesía, eres tú ―asegura el gitano, señalando al cuentacuentos.

―¿Por qué? ―inquiere Sir Philippe con incredulidad.

―Ya te lo expliqué hace cinco meses, en el día de la cena especial.

―Estabas equivocado ―afirma Philippe.

Su amigo se sorprende de esa respuesta.

—El contar historias y describir paisajes, junto con seres de diversos tipos, es mi trabajo; todos esperan que narre un suceso fuera de lo ordinario para entretenerse. Es por esa razón, que solo un par de entre cien personas viven mis historias, y terminan por creer en los seres de Piim-Asud. En cambio, no es común que un gitano deambule de pueblo en pueblo, relatando historias de duendes y hadas. En especial en todo Ítkelor. Por eso, es más probable que la gente crea en tus historias, que en las mías.

El líder romaní voltea de nuevo al mar, dejando pasar unos segundos de silencio.

—¿Me vas a decir la verdad o me dejarás con la intriga? ―pregunta el cuentacuentos.

En efecto, un problema parece atormentarlo: sus ojos, se dirigen a ninguna parte, revelando una mente meditativa y preocupada.

Volteando a ver a su colega, parece que resolverá las dudas del bufón; en cambio, su atención es atraída en dirección de la popa del barco, en donde han puesto una bandera pequeña y larga para medir el viento. El medidor se mueve alborotadamente.

Eso no es todo.

  1. oleaje empieza a arreciar de un momento a otro.

Varias nubes grises se acercan rápidamente en el horizonte.

El ambiente es interrumpido por varios gritos de Kéilan.

―¡Líder romaní! ¡Líder romaní!

Saltando de sus asientos y sin decir una palabra, el jefe zíngaro y Philippe se asoman al mar.

―¡Se acerca una tormenta! ―informa la hechicera alarmada.

―¡¿No puedes hacer algo al respecto?! ―pregunta el bufón.

―¡No puedo controlar completamente a la naturaleza!, ¡ahora le toca a ella seguir su curso! ¡Sir Terrence y Declan no saben qué hacer!

―¡Debí de decírselos antes! ―exclama el patriarca gitano, algo molesto; luego se dirige a Kéilan―. ¡Diles que bajen la vela, la amarren a la mitad y la vuelvan a subir! ¡Que ellos y su tripulación se amarren las cuerdas de seguridad!

En un santiamén, Kéilan nada a dejarles el recado a los capitanes del otro navío; al tanto que el “capitán” gitano se dirige a su tripulación.

—¡Bajad la vela! ¡Bajad la vela! ¡Rápido!

Todos repiten la misma orden varias veces, mientras que él se traslada hacia la popa del barco.

Los tripulantes se mueven por toda la embarcación, ayudando en donde pueden.

Philippe no se separa de su colega; ambos recorren el camino, entre los cofres.

En medio del recorrido, la lluvia empieza a caer.

Debido al oleaje, que a cada segundo aumenta de intensidad, se tiene que ser precavido para pararse en la cubierta del barco; si quiere uno moverse de aquí para allá, se necesita el doble de cautela.

―¡¿Por qué se tiene que bajar la vela?! ―pregunta Philippe en medio de gritos y ajetreos.

―¡Puede ser que el mástil, los aparejos o la misma tela se rompa; de lo que más hay que preocuparse, es del timón! —explica el romaní.



ElGitanoBlanco

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En el texto hay: avetura, barcos, batallas epicas

Editado: 22.05.2019

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