El Secreto de Perséfone

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Capítulo III

Rachel parpadeó perpleja en su posición, con los brazos de Harry rodeándola protectoramente. Ella miró a su padre, quien se encogió de hombros y a Todd, cuyos ojos brillaban llenos de emoción. Realmente no entendía nada.

Pero lo que sí entendía era que no se iba a dejar intimidar tan fácilmente en su propia casa, con su madre habiendo sido raptada apenas horas antes. Todos, incluso los extraños fuera de la habitación y el que se encontraba en su interior, la miraban con expresión expectante.

Cuadró sus hombros y levantó el mentón, en señal de desafío.

— ¿Qué pasa si no quiero?

El extraño rió, como realmente, incluso echó su cabeza atrás para dejar fluir sus musicales carcajadas. Pasados unos momentos él recobró su postura, pero su mirada aún tenía un matiz de diversión y una sonrisa ladeada e insolente se había posado en sus labios, como si la instara a probar lo que podía hacer.

— Será mejor que lo hagas —demandó una voz femenina con tono autoritario. Rachel la identificó rápidamente entre el mar de rostros extraños fuera de la habitación de su padre, pues era la única mujer del grupo.

La rubia pensó que si quisieran matarlos ya lo hubieran hecho, así que con un suspiro se apartó de los brazos protectores de Harry y miró al extraño que había dicho su nombre, quien a su vez miraba burlonamente a su mejor amigo.

— Está bien.

Él volvió a fijar sus ojos azules sobre ella y asintió, luego se dio la vuelta y salió con rapidez del cuarto. Rachel se apresuró a seguirlo, sintiendo centenares de miradas pegadas en su espalda y escuchando los ruidos que hacía Todd al saltar en la cama.

— ¡Piratas! —chillaba.

Aquello no tenía ningún sentido.

Siguió al extraño por su casa, quien bajaba las escaleras al primer piso y se adentraba en la cocina. Cuando Rachel llegó a la planta baja, notó como más ojos se quedaban plantados en ella. Ellos los fulminó con la mirada cuando se dio cuenta de que algunos se encontraban sentados cómodamente en los sillones y otros simplemente husmeaban en lo que encontraran. ¡Era increíble! Al menos cincuenta personas se encontraban en esa casa.

Entró a la cocina y frunció el ceño al chico de ojos azules que se encontraba bebiendo un vaso de agua.

— ¿Qué es lo que quieren? —se cruzó de brazos.

Él rió nuevamente.

— A ti —dijo con su gruesa voz. Sus ojos eran tan serios que Rachel descartó inmediatamente la idea de que aquello fuera una broma.

— ¿Quién eres tú?

— Soy el Capitán Aaron, Rachel —en un movimiento rápido, él tomo su mano y plantó un pequeño beso, ella la apartó como si la acción la hubiera quemado, lo que provocó que el chico sonriera pícaramente—. Y todos los demás, a excepción de tu familia y tu novio, son parte de mi tripulación.

Ignoró la forma en la que se había referido a Harry y recordó lo que Todd había estado gritando, lo cual de pronto, no careció tanto de sentido.

— ¿Cómo piratas?

Él se acercó a la pequeña ventana de la cocina.

— Nosotros no robamos… Mucho — guiñó un ojo y luego señaló un punto más allá de ellos—. Y aquél es mi barco.

Rachel enmudeció. Ni siquiera se atrevió a mirar por la ventana pues no quería saber con qué podría encontrarse.

— Te necesitamos. Nuestra reina fue secuestrada por Hades y sólo una Diosa puede ayudarnos a abrir las puertas del inframundo —continuó él y la miró como si esperara que ella lo entendiera todo.

Ella no entendía nada.

Se rió desganada, pues era lo único que podía hacer mientras se empujaba contra la pared a sus espaldas. Quería poner la máxima distancia entre ella y el Capitán Aaron.

— Yo no soy una Diosa.

— Tenemos razones para creer que sí.

— ¿Cómo cuáles? —demandó, frunciendo el ceño.

Él se encogió de hombros.

— Tu nombre —dijo sin más.

— ¿Mi nombre común, dices?



Pandemonis

Editado: 19.01.2019

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