El Silencio De Las Flores ©

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El recién llegado caminaba sin rumbo por medio de la plaza, llevando solo una pequeña maleta de mano y una sonrisa torpe en el rostro.

—¡Disculpe!... ¡Disculpe! —insistió tratando de llamar la atención del guardia de turno —¿En dónde queda la comisaría?.

—¿Por qué, le robaron? —respondió el uniformado de mala manera.

—No, se supone que alguien debía pasar por mi a la terminal terrestre, pero esperé varias horas y nadie apareció, por eso tuve que venir solo.

—¿Tú eres al que mandaron de Ripper? —dijo el oficial, mirando al muchacho de pies a cabeza.

El nuevo, fácilmente podría pasar como un adolescente de quince años, el cabello rizado y el rostro lampiño, le daban una ridícula imagen infantil. Aunque en realidad había pasado los veinticinco abriles hacía ya varios meses.

—Soy el alférez Ehud Damnum —dijo con ese airecillo soberbio que solo los capitalinos poseían —Por favor, digame en donde puedo encontrar la comisaría.

El policía lo miro con fastidio, había sido él a quien horas antes, el mayor Rameau, envió para recoger al "turista". 
No acató la orden, simplemente porque no le dio la gana.
Todos los oficiales de esa comisaría habían nacido y crecido en Palazzo, al viejo Arner le parecía "humillante", que alguien de la capital viniera de fisgón.

—Está terminando esa calle —gruñó, señalando la avenida adyacente a la plaza.

Sin dar las gracias, Damnum siguió su camino, hasta ese momento no lograba aceptar su ineptitud. Su "mal comportamiento", había sido descubierto por los superiores, si su padre no fuera quien es, su destino hubiese sido más gris que el cielo de ese pueblucho.

La comisaría era una casona antigua, pintada de verde opaco, con la mitad de las paredes descascaradas dejando ver el llamativo color blanco del yeso.

—Esto es una mierda —susurró para sí mismo.

—¡Si lo es! —dijo una anciana de rostro duro, que estaba sentada en una banca junto a la puerta.

El joven policía, nervioso por haber sido descubierto en un momento de plena intimidad, dejó de lado a la anciana y fue hasta el área de recepción.

—¿Sí? —preguntó un policía bastante joven, que estaba sentado de piernas extendidas en el mostrador.

—Estoy buscando al Mayor Rameau, soy Ehud Damnum.

El recepcionista momentáneo, lo miró de pies a cabeza, de la misma manera en que Arner lo había hecho.

—¿Y qué quieres con el Mayor?.

—¡Soy Ehud Damnum, les avisaron que llegaría hoy! —su pequeño berrinche, hace que la poca gente que hay al rededor volteé hacia él, incluyendo a la anciana extraña de hace un rato.

—¡Damnum! —Rameau salió de su oficina alertado por el bullicio —Llegó justo a tiempo alférez, yo soy Erbert Rameau y él —dijo señalando al policía más joven —Es Frank Dula, ustedes trabajarán juntos a partir de mañana —sonrió.

—¿A partir de mañana, por qué? —dijo Dula alarmado.

—Porque hoy saldré de vacaciones, no tomo unas desde hace más de diez años, creo que puedo descansar un poco.

—Pero señor, el caso de las Blomst sigue abierto. Nunca ha habido nada como eso aquí... ¡No puede irse ahora!.

—¡No te preocupes Dula!, Damnum te va a ayudar a poner los puntos, porque solo eso falta para cerrar el caso.

El forastero solo oía la conversación, intercalando la mirada entre Rameau y Dula, no entendía de que "gran caso" estaban hablando. Pensó que en un lugar como este, el crimen más atroz que vería, sería un secuestro de ovejas.

—¿Has visto algún crimen importante en Ripper? —dijo el Mayor, tomándolo por  sorpresa.

—¿Qué? —preguntó confundido.

—Te pregunté si has visto algún asesinato llamativo en Ripper.

—Bueno... Visto no, pero si he oído de ellos, pero eso fue antes de que yo ingresará a la academia.

—¿Y cómo policía has hecho algo importante? —dijo Dula sin reparos.

—Ehm... No, serví sólo un mes, antes de que me enviaran aquí, solo fui testigo se algunos robos, o cosas así.

—¿Entonces nunca has visto una masacre? —sonrió Rameau.

—No sé a que se refiere señor...

—Ven conmigo Damnum, no puedo irme sin explicarte la situación al detalle.

Ehud no quiso cuestionar a su superior, lo siguió con paso lánguido hasta un pasillo angosto a media luz.

Un hombre de rostro mortífero se acercó y les entregó un mandil, guantes y un tapaboca a cada uno.

—No toquen nada sin guantes —dijo con voz agría.

Después de colocarse los implementos, Rameau empujó una pequeña puerta con la espalda, el olor que salía de la habitación era tan nauseabundo que Damnum tuvo que contener el vómito en la boca.



R. A Bisso

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En el texto hay: policial, psicologico

Editado: 12.07.2018

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