El Silencio De Las Flores ©

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—¿Por qué citaste ayer a Lila Blomst? —la voz de Damnum seguía cohibida, luego de todo lo sucedido el día anterior.

—¿Qué tiene de malo? —respondió Dula de mala gana.

—Que le dijiste que yo perdí su anterior confesión, y eso es mentira... ¿Por qué lo hiciste?.

—Son tácticas policiales, mi amigo... ¡No te lo tomes a pecho!, tenia que ver si ella cambiaba algo de su declaración.

—Pero según me dijo, las preguntas fueron un poco diferentes esta vez.

—Si, diferentes pero tenían que llevarnos al mismo lugar. Sólo existen dos opciones, son asesinas, o no lo son.

—Sinceramente, yo no creo que lo sean, por lo poco que he convivido con ellas, son muy extrañas, puedes llamarlas locas, pero dudo mucho que sean asesinas.

—Yo pensaba lo mismo, después de que la anciana vino a declarar por primera vez, le dije al Mayor que no parecían asesinas, pero él me dijo que algo no le cuadraba... El Mayor desconfiaba de ellas, y ahora que él ya no está, nosotros debemos hacer lo mismo.

—¿Ahora que "ya no está? —dice Damnum tomándose su tiempo en cada palabra —Lo dices como si él no fuera a volver nunca.

Dula le lanza una mirada nerviosa y luego trata de esquivar el tema.

—Ayer salió un nombre nuevo, en la declaración de Lila Blomst, un tal Julius Hal Brett.

Algo en ese nombre, se le hizo muy familiar al joven Ehud, por alguna razón, le causaba inquietud.

—¿Quién se supone que es ese tipo?.

—Un hombre que quiere comprar las tierras de las Blomst, según la señora, él suele venir y hacer ofertas exorbitantes por esas tierras baldías.

—¿Y por qué querría comprar ese sitio?.

—No tengo idea, pero lo vamos a averiguar, hay que buscar al tal Hal Brett y traerlo a declarar.

—¿Tú viste al Mayor Rameau después de que salió de vacaciones?.

—¡Ya basta, Damnum!, pensé que ya habíamos terminado con esa conversación —dijo Frank, irritado.

No... Tú la terminaste, pero yo aún tengo preguntas que hacerte.

—¿Acaso piensas qué yo le hice algo a Rameau?.

—La misma Amelía lo piensa, estaba muy preocupada, vino el otro día a preguntarme por él.

El rostro de Dula, cambio de nervioso a furioso en un segundo, no contestó la pregunta de Damnum y salió de la estación echando chispas.
Ehud pensó en seguirlo, preocupado de que su compañero pueda tener una mala reacción hacia Amelía, pero también tenía aquel "otro asunto", pendiente, lo lamentó por la pobre muchacha.

*********

Las moscas no lo dejaban pensar, el zumbido irritante, removía su consciencia una y otra vez; Damnum sabía que no podría hacer correctamente "su trabajo", mientras esa molestia siguiera latente.

Así que ya bien entrada la noche, se puso la gabardina verde, que su padre le había regalado tres cumpleaños atrás, y salió rumbo a la posada de los Granda.

Una mujer de mediana edad, lo atendió en la recepción, lo examinó de pies a cabeza y se detuvo a reparar en la reluciente placa que prendía del pecho del joven.

—Asi que otro policía —dijo desganada.

—Señora Granda,  soy Ehud Damnum, llegué a la estación de Palazzo hace poco tiempo, estoy buscando a su hija Amelía.

—Lo supuse —respondió fríamente —Pero "Camelia", no esta aquí, salió en tarda con uno de sus compañeros... Lula, Mula.

—¿Dula?.

—Si, con ese mismo.

—¿Sabe a dónde fueron?.

—Lo supongo —sonrió con sarcasmo —Pero no pienso decirlo en voz alta, estoy segura que usted sabe a qué me refiero.

El muchacho exhaló incómodo, la mujer no hacia mas que mirarlo una y otra vez de manera sospechosa.

—¿Lo he visto antes por aquí? —preguntó ella.

—No lo creo, tal vez me ha visto por la ciudad.

—No, señor Damnum... ¡Podria jurar que lo he visto aquí antes, en mi posada!... ¿En dónde se está quedando?.

—Con las Blomst.

—¿Con las Blomst? —río —¡Esas malditas locas!... También tienen debilidad por los uniformados, supongo que por eso Camelia...—se cayó en seco y apretó los puños.

—¿Camelia?.

—Ehm... S-Si... Es su nombre, es Camelia, pero ella prefiere solo Amelía, por favor si la encuentra, digale que vuelva a casa antes de la madrugada, o no la dejaré entrar.

Damnum tomó aquellas palabras como una despedida forzada, y se retiró del lugar sin despedirse.

Quiso cortar camino por el callejón de las Almendras, el lugar era iluminado únicamente por un tenue farolillo, que parpadeaba cada dos o tres minutos.
Luego de uno de esos cortos apagones, una sombra pequeña empezó a tambalearse en dirección a él, Ehud trató de esquivarla, pero la persona lo tomó del brazo con desespero y dijo en un hilo de voz.



R. A Bisso

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En el texto hay: policial, psicologico

Editado: 12.07.2018

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