El Silencio De Las Flores ©

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La joven de mirada perdida balanceaba los pies de un lado a otro, de rato en rato soltaba un ligero suspiro, era una mezcla de frío y de alivio. Su compañero no le quitaba la vista de encima, ella le sonreía cada vez que sus miradas se cruzaban.

—Cada vez que te veo, luces más fea —dijo él, pero solo obtuvo una sonrisa más como respuesta— Eso debería molestarte, a cualquier persona normal le molestaría que le digan cosas así.

—¿Quieres qué me moleste contigo? —preguntó con inocencia.

Él se frotó los ojos nervioso, era consciente que todo este plan había sido una mala idea, pero no podía resistirse, ese sentimiento mal dado era más fuerte que su voluntad racional.

—No —exclamó despacio— No quiero que te molestes conmigo.

Dalia se acercó y le dio un ligero beso en la mejilla, él rozó con la yema de los dedos los resecos y fríos labios de la muchachita.

—Tal vez deberías volver a casa —le susurró— Tu madre y tú abuela deben estar preocupadas por ti.

Usualmente, estas reuniones se daban de noche o a mitad de la madrugada, esta vez fue un plan de último momento, no hubo cálculo de hora y seguramente la ausencia de Dalia al amanecer, traería repercusión en su casa.

—Pensé que odiabas a toda mi familia.

—Si las odiara no habría hecho tanto por ustedes —esta vez, él fue quien sonrió.

—Ojalá volvieras a quedarte en la posada. Fue bonito mientras vivías ahí.

El hombre intenta no quebrarse, aprieta los labios y pone en práctica la técnica de autorepresión que usa cada vez que ve a la chiquilla: imagina todas las burlas que recibiría si alguien llegara a enterarse de lo enamorado que está de "loca retardada", como suelen llamar a Dalia.

—Vuelve a casa, mariposa —dice él.

—¿Si lo hago, cuándo volveré a verte?.

—Espero que pronto... Pero debes seguir manteniendo esto en secreto, yo tengo una vida y una reputación que cuidar.

—Además la tienes a "ella" —dice en tono entristecido.

—No hablemos de eso otra vez, Dalia... Tú sabes que trato de mantenerme cerca a ella sólo por ti.

—No tiene sentido...

—Yo... Tal vez algún día te explicaré todo. Pero por ahora creeme, lo que hago, lo hago por tú bien.

Ella no sigue insistiendo, está muy acostumbrada a las evasivas de ese extraño hombre. Para Dalia es de lo más común que él finja que no la conoce, o incluso que la insulte como el resto de personas.

La menor de las Blomst se baja del muro de cemento y con un simple movimiento de manos, le dice adiós.

Él solo la mira alejarse por el extenso maizal. Este es su lugar secreto, el lugar que sólo ellos conocen y el único sitio en la ciudad en donde pueden reunirse de vez en cuando a conversar sin temor.

Como en cada encuentro, Dalia no vuelve la vista hacia atrás.

Acorta el camino hacia la posada por el estrecho callejón de Columba, sólo va ideando la excusa que le dará a su madre y a su abuela, no se percata del eco de los pasos que la siguen.

Está a punto de llegar al final del callejón, pero una mano ancha la intercepta y corta su paso.

—¡Eres Dalia Blomst! —dice El Hombre con una ensanchada sonrisa en el rostro— No tengas miedo muchacha, yo no soy un asesino, sólo soy un recolector.

—¿U-Un qué?.

—Soy un recolector de secretos, y creo que tengo un gran secreto tuyo y de tú... ¿Amigo?.

—¡No, por favor, no se lo cuente a nadie! —gimotea.

—No se lo contaré, pero tú debes darme algo a cambio.

—¿Usted... Usted ha estado siguiendome?.

—No, a ti no, a tú amigo. Quería saber cuál era ese secreto que cuidaba tan celosamente... ¡Y resulta que tú eres ese secreto!. Ahora ya no quiero nada de él, pero tú me puedes ser de gran utilidad.

—¡Yo le juro que no sé nada! —gritó, con la esperanza de que alguien en ese desierto pudiera oírla.

—¡No seas modesta!, tú sabes más de lo que quieres dar a mostrar. Sólo te haré una pregunta, y espero una respuesta rápida. Si no obtengo mi respuesta, el secreto de tu amigo irá a parar a oídos de alguien a quién le interesará mucho saber eso de él.

Dalia trató en vano de zafarse del agarre de El Hombre, empezaba a llorar de desesperación e impotencia.

Al ver los nervios de la muchacha, el recolector de secretos esbozó una sonrisa maliciosa y la soltó.

—Está bien, Dalia. No diré esto por ahora, pero ten presente que muy pronto volveré a buscarte para recibir el pago por mi silencio.

Ella aún incrédula del repentino acto de "bondad", se quedó inmóvil, temblando como un cachorro mojado.

—Ya vete, muchacha. Tu familia debe estar preocupada por ti... ¡Vaya romance el tuyo!, me pregunto que hará la vieja Blomst al enterarse de que otra de sus chicas, cayó ante el encanto del uniforme.



R. A Bisso

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En el texto hay: policial, psicologico

Editado: 12.07.2018

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