El Silencio De Las Flores ©

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El primer rostro "familiar" que Ehud pudo distinguir entre la multitud de gente morbosa que se amontonaba alrededor de los cadáveres, fue el de Julius Hal Brett. Él cubría su nariz con el fundillo de su chaqueta de pana, miraba con indiferencia la macabra escena, parecía ser la única persona de ese pueblo a quien no le interesaba ver a la moza Granda muerta.

La noticia, como todas las malas noticias, había corrido lo suficientemente rápido como para que todo aquel que estaba desocupado en ese momento se acercara a ver a "las muertitas" antes de que los fiscales levanten los cadáveres; la madre de Amelía sin embargo, se enteró del crimen tres horas después de que los cuerpos fueron levantados.

Fue Adolfo Carlos, el último panadero de piso que quedaba en Palazzo, quien se acercó a su posada para darle el pésame.

—¿Y el pésame por qué? —respondió Rocío Granda con su usual voz apática.

—¡Porqué más va a ser! —respondió el regordete hombre— Por lo de su hijita, yo fui a verla antes de que llegue el fiscal, no sé como alguien pudo haberle hecho algo así a esa niña.

La mujer no le dio crédito a sus palabras, era más que sabida la afición de Carlos por los licores baratos, así que ella le atribuyó su visión a una borrachera más.
Pero con las horas, más y más gente se iba acumulando en la recepción de la posada, todos vestían de negro y cuchicheban mirando hacía la madre de la difunta.
Nadie se atrevía a decirle una palabra porque pensaban que su aparente indiferencia, era la forma en la que ella había tomado su dolor.

Rocío empezó a sospechar que tal vez algo había pasado en realidad, pero no se atrevía a salir de la barra de recepción.
Cerca de las dos de la mañana, la destartalada puerta de roble se abrió y le dio ingreso a la vieja Blomst, tenía la mirada clavada en el suelo y cojeaba más que nunca, algunos dijeron que tenía la cara marcada de lágrimas pero nadie la observó tan detenidamente como para dar por cierta esa historia.
Gardenia observó con desprecio a la Granda por algunos segundos, y acto seguido escupió sobre la barra. La saliva de la anciana salpicó contra los dedos de la dueña de casa, cuando ésta estaba a punto de reaccionar violentamente, fue interrumpida por Lila Blomst que venía siguiendo de cerca a su madre desde que salieron de casa.

—¡Cómo es posible que no hayas ido a ver a Amelía! —le grito Lila.

—¿Por qué todos están hablando de Amelía, qué cosa hizo esa chica ahora?

—Esa pobre chica está muerta —añadió Adolfo Carlos— Yo se lo dije hace horas, pero usted no me hizo caso.

La gente ahora murmuraba sobre lo mala madre que es Rocío Granda, todo el respeto que sentían por ella hasta hace solo unos minutos, se convirtió de pronto en fuente de especulaciones y chismes.

—Tienes que ir a reclamar el cuerpo, nosotras fuimos pensando que estarías ahí, pero nos dijeron que sólo un familiar podía pedir referencias sobre las personas que fueron asesinadas —la voz de Lila se quebraba a mitad de cada palabra, como si estuviera. a punto de sufrir una convulsión de tos.

—Eso es imposible... Mi Amelía está bien... Ella estaba con ustedes... ¡Ella se fue a vivir con ustedes!... ¡Tú tenías que protegerla, la cuidé bastantes años y ahora tú tenías que protegerla! —la desesperada madre empezó a gritar cosas sin sentido, pero no atinaba a retirarse de su posada.

La Blomst más vieja tuvo que calmarla con una fuerte bofetada a mitad de la boca, como una reacción no espontánea, Rocío salió por fin de su resguardo y corrió raudamente hasta la comisaría.
Algunas de las personas que se habian reunido en la posada, la siguieron, otros se quedaron ahí y aprovecharon la ausencia de la dueña para robarse algo de alcohol y cigarrillos añejos.

Lila Blomst quiso mantener la compostura como lo venía haciendo toda la noche, pero aquella frase: «Tú tenías que protegerla, la cuidé bastantes años y ahora tú tenias que protegerla». Estaba empezando a atormentarla. Su madre también había querido seguir a Rocío Granda hasta la comisaría, así que como ya era usual, ella iba detrás el cojeo de la anciana.

Cuando llegaron a la estación, Granda estaba armando un gran alboroto, por un lado culpaba a Ehud Damnum acusándolo de haberse llevado de casa a Amelía, y por el otro despotricaba contra Frank Dula asegurando que él había asesinado a su hija por celos.

No era descabellado pensar en eso, incluso Ehud tenía la misma sospecha, Dula había salido más temprano, calculando el tiempo y la habilidad del alférez, fácilmente hubiese podido cometer el horrendo crimen.

A veces la locura confunde la obsesión enfermiza con amor, todos sabían que Frank tenía un gran problema con el control de los celos y la ira, pudo haber atacado a Amelía como una reacción violenta, pero no todos los puntos cuadraban. Comenzando por el otro cadáver (el obispo ya había reconocido a la otra mujer como Anerin Blomst, una monja de Bissnirá que había sido enviada al pueblo hace poco), a simple vista no había ningún punto que uniera a Amelía con la religiosa o a esta última con Frank Dula.



R. A Bisso

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En el texto hay: policial, psicologico

Editado: 12.07.2018

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