El sol no sabe dejar de brillar

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Capítulo 1, Maria Magdalena

Hay cosas a las que uno se acostumbra, a pesar de haber dicho en algún punto anterior no estar de acuerdo con susodichas cosas. En mi caso, una de esas cosas, era el comportamiento de mis compañeros de trabajo. Nosotros, todos hombres, trabajábamos separados por cubículos en un departamento de la empresa donde la existencia de mujeres se limitaba a una sola; y era la chica de limpieza.

Siempre estuve en contra del comportamiento machista, o innecesariamente exagerado de algunos hombres. Incluso lo censuraba en mis épocas de estudiante. Pero cuando comencé a trabajar, supe que era algo con lo que no podía luchar y algo a lo que finalmente terminé acostumbrándome. Si bien no participaba, ya ni siquiera me molestaban los temas de conversación que se daban alrededor mío. Como dije, al ser un lugar donde no había mujeres frente a cuales cuidar el lenguaje y comportarse, era común y diario escuchar las muestras de orgullo y gloria del sexo masculino, entre otras cosas.

La chica de la limpieza, al ser considerada de una clase social más libre de prejuicios, era tratada de manera especial. Se le permitía opinar y discutir descaradamente la posición machista entre risas, la misma posición que parecía no molestarle a la hora de recibir atención o ante la inutilidad de la mayoría en mantener limpio un escritorio.

Su trabajo era estar en caso de que sucediera algo imprevisto que comprometiera la decencia del lugar, lo que era mayormente limpiar café derramado o liberar tachos de basura que amontonaban papel. La limpieza real sucedía cuando nosotros no estábamos, fuera de nuestro horario de trabajo.

No era linda, pero aún así todos parecían estar dentro de una competencia tácita para ganarse el milagroso y deseado "sí" de parte de ella. Para con eso demostrar que, como en sus habladurías decían, eran hombres que conseguían lo que querían y las mujeres eran tales como ellos describían.

Aprendí que esto era un juego inofensivo para olvidarse un poco del trabajo y alivianar la larga estadía diaria. Porque cuando la chica tomó vacaciones y trajeron otra para reemplazarla esas dos semanas, el juego siguió con esa otra que sí estaba seriamente lejos de ser linda.

 

Fue un día sin previo aviso, un lunes más exactamente, que hubo un gracioso disconforme unánime entre mis compañeros al encontrarse con que la chica de la limpieza no estaba. No sólo no estaba, no volvería, el chico que la reemplazaba lo confirmaba. Pero las quejas cesaron cuando cerca del medio día alguien vino a explicar que se habían tomado tales medidas ante las acusaciones de acoso que venía reiterando la chica. No se dio nombres, algunos se pusieron paranoicos, pero se declaró que sólo había un culpable quien ya había recibido un severo aviso.

En el aire se respiraba la futura muerte del acosador sin nombre ante la promesa de varios de descubrir y exponer al culpable. Algo que nunca sucedió.

Mientras tanto, la presencia del chico pasó sin pena ni gloria. Y el desinterés general de llamar por cualquier cosa a otro hombre para un favor, demostró que mis compañeros eran más que autosuficientes a la hora de mantener limpio sus metros cuadrados de trabajo. El trabajo del chico terminó siendo bastante desocupado.

 

¿Cómo encajo yo en todo esto? Ismael es mi nombre, pacifista, amante de la música celta, seguidor de todos los campeonatos de tenis, que no mira las noticias ni lee diarios, y desde ese lunes, me volví idiota suspirando internamente por el chico de la limpieza que respondía al nombre de Alan. No perdí la cabeza y enamoré en ese momento, pero atraía mi atención y magnetizaba mis ojos.

Mis compañeros eran mis compañeros como más o menos describí, no podía ni siquiera obligarme a interesarme por el mejor de todos, tampoco jamás lo intenté. Pero este chico había aparecido un día y nada tenía que ver con el mundo de presunción que me rodeaba ocho horas diarias. Era nuevo, era ajeno, era lindo y en pocos días comencé a fantasear con él.

Con la chica, recuerdo, era terriblemente amable y atento por pura vergüenza de que pensara que yo era como mis compañeros, con el chico nuevo era terriblemente amable y atento involuntariamente.

A veces me tomaba por sorpresa cuando pasaba y miraba de reojo que todo estuviera en orden donde yo estaba antes de seguir con el siguiente cubículo, en algún recorrido que hacía para asegurarse que todo estuviera limpio. Muchos lo ignoraban, alguno saludaban casualmente o con bromas, yo lo miraba con plena atención y sonreía, generalmente se reía ante esto.

Cuando tomé más confianza me puse atrevido y comencé a dedicarle miradas cuando lo cruzaba. Era algo parecido a lo que mis compañeros habían hecho con la chica, pero en mi caso no tenía competencia que me apurara en hacer algo tonto. Aunque tampoco era mi intención.

La verdad, bien sabida por mí, era que no pretendía hacer nada más que jugar con toda la situación. Se me hacía muy lindo y a mí no me venía mal tener algo con que distraer mi mente.

 

Muchas veces lo encontraba cerca de la maquina de café. Según él, era el lugar más propenso a sufrir accidentes. Confirmado por mí cuando distraído por su risa ante alguna cosa sin importancia que dije, derramé gran parte del café que intentaba sacar de la maquina.



Blend Pekoe

#8867 en Novela romántica

En el texto hay: lgbt, gay, homosexual

Editado: 05.03.2019

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