El tiempo perdido

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            Boris le tenía miedo.

            —Yo estaba ocupado, no tenía tiempo para el amor. Era mi mejor momento, no podía arruinarlo. No tenía tiempo para el amor.

            El espejo no respondía. Se quedó esperando respuestas, pero solo consiguió causarse alucinaciones con su propio rostro. En eso, distinguió pena en su rostro. Miró su cama, ajena, con los pantalones encima. Tomó la toalla, se desvistió y, como quien intenta olvidar la existencia de un mosquito, se metió a la ducha. Tenía el pelo recién cortado. El agua caliente se sentía bien. El shampoo, el jabón, el bálsamo, la esponja, y siempre el agua.

            Salió sintiéndose como nuevo. Se miró al espejo. Se preguntó por qué dijo lo que dijo. De nuevo, el espejo no tendría respuesta alguna. Boris se fue más calmado.

            Trabajaba como arquitecto. Tenía la suerte de ejercer como urbanista y cobrar bien por ello. No obstante, siempre tenía periodos de contar las monedas para comprar pan. De todas formas, tenía buena reputación en el mundillo, y con ello tarde o temprano le darían algo en qué trabajar.

            Al levantarse vio su computador. Los cambios se habían guardado exitosamente. Envió los planos que tenía que enviar y se relajó. Generalmente no le pedía retoques. Era bueno en lo que hacía, o eso decían por ahí.

            Pasó el día sin hacer mucho, y en eso recibió un mensaje de Teresa, una amiga de Carla, su ex. Era algo totalmente trivial, la verdad. Nunca fueron muy cercanos, pero les daba lo mismo. Se pusieron al día. Él le dijo que la vio en un evento en el teatro la semana pasada, pero que no estaba seguro de si efectivamente era ella. Ella le dijo que sí era, y que no lo había visto, que si no, lo hubiera saludado. Y así siguieron charlando largo y tendido.

            Quedaron de juntarse un día en El café de Carlitos, para así hablar cara a cara, y hablaron nuevamente de trivialidades. Ella llevó el hilo de la conversación y tomó bastante iniciativa esa vez.

            Se veían de vez en cuando. Se hicieron amigos lejanos, y cada cierto tiempo se juntaban a charlar de la vida, y de los nuevos encuentros. Se le veía más madura, y hablar del trabajo con ella se sentía distinto. Al principio. Boris sentía como si fuera difícil asociarla a un trabajo.

            Ella empezó una relación con un tipo que conoció en un proyecto que estaban llevando a cabo en el registro civil. Ella fue expositora esa vez, y él estaba preparando el catering post-charla.

            —Oye, ¿ves a la tipa que está allá hablando arriba del escenario?

            —Sí.

            —Cómo le daría.

            Y la serpiente de Juan, después llegó a la oficina con los perfiles de redes sociales del tipo.

            —¿Qué pasa con él que me trajiste todo esto, Pequeño Snowden? 

            —Nada, solo dijo que cómo te daría, y lo encontré buen partido.

            —¿Y qué te hace pensar eso?

            —Nada. Locuras que se me ocurren.

            Y terminaron en una relación seria y estable. No obstante, con Boris fue categórica. «Él todavía cree que él me conquistó. Le inventé una buena historia» dijo.

            —¿Y por qué estás con un tipo que no se dio cuenta siquiera de que tenías la sartén por el mango desde el principio?

            —Porque es buena gente. Juanito tenía razón y sus sospechas eran ciertas —dijo en su momento.

            Así, pasaron los días, hasta que los días se hicieron un mes, y de nuevo le costaba levantarse de la cama, y uno que otro pensamiento le decía que mandara todo a la mierda y se quedara en la cama. Fue al baño.

            No, en realidad fue al espejo.

            Esta vez el espejo sí le dio una respuesta. En su superficie, notaba que había pasado un mes, pero la pena seguía ahí.



Alejandro Granada

#4389 en Novela romántica
#419 en Novela contemporánea

En el texto hay: amor, desconfianza, tragedias

Editado: 14.12.2019

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