El tormento de Devon

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Capitulo 1

Devon observaba fijamente el bombillo en el techo. Había calculado que este parpadeaba en intervalos de dos minutos cada vez. Sin casi energías, trato de halar las cadenas que mantenían sus brazos a los lados como un peso muerto, falló; estaba demasiado delgado. Su cuerpo esquelético apenas era capaz de respirar.

De lejos, escuchaba el murmullo de los científicos hablando, pero era incapaz de distinguir que estaban diciendo, aunque tampoco le interesaba que tanto iban a hacer con él.

Lamió sus colmillos, sintiendo la lengua seca. Necesitaba beber con urgencia. La última vez que lo hizo, fue hace dos semanas y había sido sangre de animal. Calmaba, pero no era suficiente. Si quería estar en plena forma, debía beber sangre humana, cosa que no había hecho desde hace mucho tiempo. No recordaba cuanto con exactitud, o, mejor dicho, no quería hacerlo. Después de todo ¿Quién quiere recordar el momento exacto en el que su vida se volvió miserable? Nadie, ni siquiera él, que había vivido por tanto tiempo.

Dos minutos otra vez.

La bombilla parpadeó y el murmullo cesó, siendo reemplazado por otro sonido, mucho más suave. Como si alguien masticara algo repetidas veces.

Ladeó la cabeza con dificultad, mirando a través del vidrio. Las personas con batas blancas no estaban, pero si había una adolescente con un vestido azul, que masticaba y hacia burbujas con un chicle. Por alguna razón que desconocía en ese momento, su rostro era borroso en su mayoría. Excepto, por sus ojos castaños, que enormes, se mantenían fijos en él.

Al darse cuenta de que se había percatado se su presencia, La adolescente sacó un pañuelo de su bolsillo, escupiendo el chicle en el mismo. Sus ojos castaños empezaron a brillar de una manera cegadora y de repente, un olor fuerte penetró sus fosas nasales y se escuchó un aullido de dolor que helo cada centímetro de su piel.

«Devon… tienes que ayudarme… encuéntrame, por favor, encuéntrame…»

¡Santa mierda!

Se incorporó de golpe en la cama, llevándose una mano al pecho agitado sin dificultad alguna. Apartó las mantas de su cuerpo con imperiosa necesidad, levantándose de la cama y caminando por la habitación en círculos como un animal enjaulado. Desesperado, tomó su celular de la mesita de noche para ver la hora. Cuatro de la tarde, todavía faltaban dos horas al menos para el anochecer.

Gruñó. Odiaba esa jodida sensación de sentirse encerrado. Estúpido sol y estúpido él que no podía aguantarlo sin cuarenta capas de ropa negra cubriéndole cada centímetro de la piel ya que podía morir tostado. Volvió a recostarse en la mullida cama, cerrando los ojos.

Respiro profundo un par de veces, inhalando y exhalando, tal como le habían enseñado a hacerlo en sus años de entrenamiento en la organización. Durante mucho tiempo, aquel ejercicio le sirvió para poder reducir los ataques de pánico derivados de su largo encierro. Eso, juntándolo con sus largas horas de trabajo, había servido para enterrar los recuerdos en un lugar muy lejano.

Sin embargo, los recuerdos estaban regresando de manera más abrupta y extraña de lo que debería.

«Encuéntrame…»

El sonido estruendoso de su celular lo hizo gruñir de nuevo, levantándose para contestar. ¿Quién lo molestaba ahora? Todos en su entorno sabían que no debían llamarlo antes del anochecer porque sorpresa, él dormía de día.

— ¡¿Qué?!

— ¡Uy, madre mía! Tranquilo, murciélago— Adler se rio — perdón ¿te desperté? Estas más amargado de lo normal.

— Vuelves a llamarme murciélago y voy a arrancarte los pelos para metértelos por el culo, maldito pulgoso —. Farfulló — no, no me has despertado ¿Qué quieres?

— La jefa ha llamado — dijo como si eso explicara todo — nos quiere en la sala de reuniones ahora mismo. Tendrás que usar el túnel, un pueblo de elfos ha sido arrasado, entero.

Todo su cuerpo se crispó.

— Voy para allá.

Se levantó de un salto de la cama, quitándose los pantalones de pijama y vistiéndose con unos jeans oscuros junto con una camiseta negra. «Maldito cliché» pensó mientras se colocaba la chaqueta negra para cubrir las fundas donde llevaba sus armas. En su defensa, la ropa negra era más fácil de lavar… aunque no es que lavara ropa con mucha frecuencia.

Salió a la sala de su pequeña casa, todas las ventanas estaban polarizadas y persianas siempre estaban abajo. A veces se preguntaba que pensaban los vecinos de él… nunca lo veían. Era obvio que nadie iba a pensar que era un vampiro, supuestamente ya no existían.

El último clan de su especie había sido arrasado hace dos siglos por humanos convencidos de que eran demonios que venían del inframundo. Sirvientes de la realeza, sus padres lograron enterarse a tiempo de que la masacre estaba siendo efectuada, escondiéndose junto con él en una carreta de estiércol de caballo, lugar donde ellos jamás se acercarían.



SilenceOfMind

Editado: 16.06.2019

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