El último fumador

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Capítulo 2

González le sostuvo la mirada, de odio, solo un instante y luego la bajó. Esos tres mequetrefes eran los soplones de la oficina. Eran los que iban y le contaban todo al jefe del sector. Juan no era un rebelde, pero nunca fue de buscar congraciarse con sus superiores, no entablaba amistad ni se reía de los pésimos chistes que hacía, por el hecho de quedar bien con ellos. El solo hacía su trabajo y nada más. No tenía ningún amigo dentro de esa oficina, solo tenía una buena relación con la secretaria de su jefe, Berta. Ella era la típica chica de barrio que buscaba su príncipe azul. Había estudiado dactilografía para encontrar un buen trabajo y para, tal vez, poder enamorarse de su jefe y que este la llevara al altar. La verdad, que con el jefe que le tocó en suerte le era imposible lograr su cometido. Berta era una chica atractiva. Era rubia, ojos verdes, flaca y alta. No tenía mucha forma. Lo que más sobresalía de su cuerpo eran sus grandes pechos. Más allá de sus atractivos físicos, era una mujer sin gracia. No era sexy y era un tanto lánguida. Parecía que siempre estaba triste, siempre con sus ojos llorosos. Era una buena mina, por eso Juan la tenía dentro de la oficina como una aliada, como una buena compañera. Pero igualmente, sabía que ella no le contaba toda la verdad sobre Regules, el jefe del sector. El intuía que entre ellos pasaba algo o había pasado algo. Berta lo negaba.

- Flaca...a vos con el viejo te pasa algo...se nota como lo mirás.

- ¿Otra vez, Juan? Te dije que no una y mil veces. No me insistas porque sabes que me enoja.

El viejo era un tipo de cuarenta y largos. Era un tipo pintón. Alto y grandote que vestía y olía siempre bien. Pero era sumamente desagradable en su trato con los empleados. Soberbio, antipático, cínico. A pesar de ello, a las mujeres las enloquecía, comenzando por la pobre Berta.

Juan estaba en su oficina terminando unos informes cuando volvieron los tres alcahuetes del jefe y entraron a su oficina. Estuvieron reunidos como veinte minutos. Apenas salieron Berta llamó a Juan a su interno.

- Juancito, te llama Regules.

- Ok. Ya voy.

Fue hacia el baño y luego encaró para la oficina de Regules. Se anunció con Berta y lo hizo pasar luego de avisarle a Regules.

- ¿Cómo le va, Méndez? – Pregunto Regules con un tono irónico y mirada escrutadora –

- Bien, señor Regules. Todo bien.

- Me refiero a como está acá.

- Bien...

- Imagino que debe querer seguir trabajando. Esta oficina es ambicionada por mucha gente. No cualquiera está acá. Acá se pueden hacer buenos contactos. Es un buen trabajo, no está levantando bolsas en el puerto. Aparte usted ni siquiera es profesional y, a pesar de eso, su sueldo es muy bueno.

- Ah, iba por ese lado la pregunta...Sí, estoy muy bien. Y comparto con usted todas las bondades que ha enumerado.

- Ok. Nos estamos poniendo de acuerdo. No puedo decir nada sobre su trabajo ni de su presencia en la oficina. Trabaja bien, nunca llega tarde. Es un buen compañero aunque un poco cerrado. Acá no tiene amigos, Méndez.

- Señor, yo vengo a trabajar. Mis amigos los tengo en otros ámbitos.

- Ok. Es verdad. No es fácil hacer amigos en los ambientes laborales. En eso concuerdo con usted. Pero lo veo como cercano a Berta.

- Sí, es una buena chica. Hablo bastante con ella. Pero...vamos al grano, Regules. Tengo que terminar los informes que me pidió y los quiero terminar hoy.

- Tiene razón, disculpe. Se habrá enterado lo de la campaña del gobierno sobre la lucha contra el tabaquismo, entre otras cosas. Sé que usted fuma y también se fehacientemente lo difícil que es dejar ese vicio. Lo sé en carne propia porque yo soy un exfumador. Sabe que tiene poco tiempo para dejar de fumar. Y me han dicho que lo han visto fumando, bueno, no fumando pero sí con un paquete de cigarrillos sobre la mesa del bar de la esquina al que fue a almorzar.

- González...

- Sí, González. Pero ese no es punto. Debe dejar de fumar. No solo perderá el trabajo, lo encarcelarán y hasta pueden matarlo. Usted ya lo sabe. Ya vio las propagandas del gobierno en la televisión. No me lo haga difícil. El 01 de marzo termina el plazo de los fumadores. El 02, si sigue en su postura, lo denunció al ministerio.

- Está bien, yo sé perfectamente al peligro que me expongo. No se haga problema.

- Yo no me hago problema. El problema lo tiene usted.

- Por eso, déjeme a mí con mi problema. Yo sabré resolverlo sin ayuda suya ni de nadie. ¿Puedo retirarme?

- Ok. Pero recuerde, dos de marzo.

- Lo recuerdo perfectamente. Acaba de decírmelo hace dos minutos y si hay algo que no me falla nunca es la memoria. Hasta luego.

Méndez se levantó de la silla para retirarse de la oficina, cuando estaba por tomar la manija de la puerta, Regules lo llamó.

- Méndez, una cosa más.

- ¿Sí?

- Deje de molestar a Berta preguntándole si tuvo o tiene algo conmigo. No se meta donde no lo llamaron.

- Ok.

Salió de la oficina, se sentó en su escritorio y la llamó a Berta.

- Flaca... ¿Qué te pasa? – le preguntó exaltado –



Queco

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En el texto hay: asesinatos

Editado: 11.05.2018

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