El último fumador

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Capítulo 32

Juan no lo podía creer o, mejor dicho, no lo quería creer. Él había dudado de Regules todo el tiempo pero por tonto no se dejó llevar por su intuición. Tampoco la podía culpar a Josefina, el error había sido más de él. Sabía a ciencia cierta que Regules era un tipo sin escrúpulos que se había comportado condescendiente con ellos en busca de algo, no daba puntada sin hilo como decía su abuela y no se equivocaba. Se odio por no haber dado un volantazo a la situación y buscar otro camino. Ahora estaba a merced de Regules y una veintena de gendarmes armados. Gente que siempre es capaz de cualquier cosa y si encima si son apoyados por un gobierno no tienen ningún tipo de límites. Juan estaba paralizado, Josefina lloraba mientras se apoyaba en su hombro.

- Méndez, ¡Bajate del auto carajo! – le ordenó Regules en un tono militar –

- Si, ya me bajo.

- Te dije ya, Méndez. No me hagas enojar, la concha de tu hermana.

Regules salió del auto, abrió la puerta de atrás y tomó a Juan de uno de sus brazo, lo sacó del auto mientras también lo agarraba de los pelos. Lo sacó del auto y lo tiró con fuerza. Juan cayó.

- Para, Regules. ¿Estás loco?

- Vos lo dijiste bien, estoy loco pero no soy un loco. Vos me volvés loco, Méndez. Siempre metido en el medio.

- Cálmese.

- No me calmo un carajo. – Regules estaba sacado. Sacó de uno de sus bolsillos una bolsita de cocaína y la aspiró –

Me pudriste, Méndez. Siempre te metiste en el medio entre mis mujeres y yo. Y todo tiene un límite. Hasta acá llegaste.

- ¿Qué mujeres? ¿Qué dice?

- ¿Qué mujeres? ¿Encima me cargás? Berta...te suena...

- No sé de qué me habla.

- Yo hacía rato que salía con Berta, vos tenías razón. Pero sabes que...estaba loca con vos. Estaba enamorada como una loca de vos. Yo salía con ella y siempre me hablaba de vos.

- ¿usted la mató?

- ¡Callate la boca, carajo! Hace silencio o te juro que te vuelo la tapa de los sesos ya mismo – mientras sacaba una pistola de su campera y le apoyaba el caño en la sien a Juan –

- Basta, Regules. Lo vas a matar.

- Vos también cállate, puta de mierda. Déjame terminar de hablar – el odio y la cocaína habían hecho un coctel explosivo en Regules –

A Berta la mandé a matar por el boludo del ex. Le dije que no iba a pasar nada, que la envenene tranquilo. Yo le di el veneno y le dije que no iba a salir en la autopsia. Es un pobre infeliz. En cuanto le dije que era agente de los servicios me creyó ciegamente. Le tire unos mangos y el tipo estaba chocho. Andaba con deudas.

- ¡Qué hijo de puta!

Regules comenzó a patearlo mientras con un ademan llamaba a uno de los gendarmes. Comenzaron a patearlo en las costillas, en las piernas, en la cabeza. En todos lados. Juan ya estaba mal herido. Jose pudo soltarse de los brazos de un gendarme y se tiró sobre Juan para cobijarlo.

- No, por favor, basta. Por favor.

-

Dejaron por un momento de golpearlo mientas Josefina lo abrazaba y lo besaba en el piso.

- La puta de tu hermana...enamorada de vos también...otra putita. Pero siempre hablando de vos. Los huevos llenos me tenía.

- Basta Regules, déjenos ir.

- No terminé todavía, cerrá el orto de una vez. Y ahora Josefina. Y encima te ponés de novio. ¡Con una puta de novio! ¡Con una puta solo puede estar un tipo como yo que me la banco de verdad, no vos. boludo. ¡Te das cuenta que siempre en el medio!

Josefina se paró y se puso al lado de Regules.

- Pero Leo...yo no sabía que vos querías algo serio conmigo.

- Claro que sí...vos me lo dijiste no hace mucho...vos me volvías loco.

- Bueno...yo me puedo quedar con vos. Déjalo a Juan que se vaya. Yo tampoco es que lo amo. Lo que pasa es que para una chica como yo que trabajamos de lo que trabajamos nos cuesta mucho encontrar un hombre que se banque esa situación.

- Te voy a decir una sola cosa Josefina. Si esto es una trampa se te va la vida, esto no es joda. ¿Vos querés que se vaya este infeliz? ¿Lo querés libre?

- Sí. Se va y nosotros nos quedamos acá sin el en el medio, como a vos te gusta.

- ¿Trajeron la guita?

- Si, eso no es problema.

- A ver, dámela.

Josefina tomó su dinero y le pidió a Juan su parte.

- Juan, tu parte. Por favor. Y disculpá pero yo me quedo. Es la verdad. Regules me da más seguridad. Lo siento.

Juan la miró a los ojos y vio esa frialdad que solo se tiene cuando tenemos la seguridad de terminar algo con alguien. Le dio su dinero y se levantó.

Josefina le dio el dinero a Regules y este lo contó varias veces. Una vez que estuvo seguro de que estaba todo el dinero y que no era falso. Di la orden a los gendarmes para que lo acompañen a pasar la frontera. Lo llevaban entre cinco o seis gendarmes quienes lo iban apuntando. Juan pensó que se le venía la hora final. Al llegar al límite lo soltaron y le dijeron que corra. Juan comenzó a correr y sintió varios disparos. Se dio vuelta y vio que eran disparos al aire. Una vez que se alejó bien del puesto de gendarmería del otro lado, respiró. Estaba en un pueblito. Se sentó a tomar algo en un bar que estaba desierto. Se pidió una cerveza y empezó a pensar en su futuro. Debería comenzar de cero. Al menos ya estaba alejado del peligro, pero también del amor de Josefina. El calor apretaba en esa tarde paraguaya de un calor y una humedad asfixiante. Desde una de las pocas mesas con gente lo observaba una chica joven, bonita con cara aindiada. Le sonreía a pesar de que estaba con un hombre. Juan también le sonrío. Sonó su teléfono. Leyó los mensajes. Era Josefina.



Queco

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En el texto hay: asesinatos

Editado: 11.05.2018

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