El universo en sus manos. ©

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~3: Bienvenida.~

Chleo.

Cuando finalmente Tefa tuvo oportunidad de irse, me quedé ahí, frente a la cerca de una bonita casa considerablemente grande, pintada con barniz rojo, grandes ventanales que dejaban ver a leguas el salón principal, un gran jardín agreste, bien podado por cierto, que rodeaba la casa por completo, y un bonito timbre blanco junto al umbral, que dudaba en presionar cuando me encontré delante de éste.

Respiré hondo un par de veces y recordé las palabras de la hermana Estefanía, me armé de valor y toqué el timbre, esperando con seriedad, y mis valijas a un lado, la inminente llegada de dos señores de la tercera edad que esperaban... Qué sé yo, ¿una dama de compañía? ¿Una sirvienta quizás? Iba mentalmente preparada para cualquier cosa.

Cuando vi las puertas abriéndose para revelar lo que había tras ellas, estiré de mi camisa blanca para desaparecer las arrugas, arreglé mi abrigo de lana verde y sacudí un poco mi pantalón de tela oscura para procurar que no estuviese sucio de polvo.

-¿Acaso eres una trabajadora social o algo así? -Me sobresalté al escucharla súbitamente, así que levanté la mirada y me encontré con una señora de baja estatura, el cabello teñido de blanco por las canas, arrugas que adornaban su rostro, manos, piernas y técnicamente su cuerpo por completo, pero que se miraba lúcida aun así.

-No. -Me limité a contestar, algo avergonzada, recuperando la compostura luego del sobresalto. -Un gusto, soy Chleo. -Me presenté extendiendo mi mano para que ella la estrechara, pero por lo contrario se rio e hizo mi mano a un lado.

-No tienes que tener tanta formalidad conmigo. Además, ya sé quién eres. -Me comentó, tomándose la libertad de abrazarme con confianza, lo cual se me hizo incómodo, pero traté de disimularlo dándole un par de palmaditas en la espalda.

"Bueno, de igual forma, no está de más presentarse correctamente en vez de aparecer de repente y asustar a los desconocidos, no sé... Yo sólo digo." Pensaba, sintiendo que aquel abrazo se hacía eterno.

-Bueno... -Comenzó a hablar nuevamente, mientras se separaba de mí. -Es hora de pasar adentro querida Chleo... Oh, se me olvidaba, soy Susan, Susan Wallas.

Su entusiasmo y amabilidad me recordaban un poco a la hermana Estefanía y eso se me hacía reconfortante, aunque no se lo demostré,pero relajé las facciones y bajé las defensas.

Pasé a través de las dos grandes puertas de caoba, que lucían como nuevas, para percatarme de que la mayor parte de la casa se veía como nueva. La decoración no era exageradamente lujosa, se presentaba sencilla en primera instancia, pero tenía un toque sofisticado. Pequeñas cómodas con lámparas sobre ellas en cada esquina, cortinas rojas adornando los ventanales con gracia, baldosas de mármol, muebles con estampados asiáticos, o así los veía yo; relojes de pared, teléfonos antiguos en las cómodas... Tenían estilo.

-¿Te gusta? -Inquirió la señora cuando notó mi sutil interés por el interior de la casa, ésta se colocó a mi lado y yo arreglé mis lentes para seguir escudriñando la casa.

-¿Le gusta la decoración de interiores? -Indagué evadiendo su pregunta.

-Sí, pero no he sido yo la artista de todo esto. -Me daba curiosidad saber, si no había sido ella ¿entonces quién?

Recordé que me faltaba alguien por conocer, así que me tragué la pregunta y continuamos con el recorrido.

Nuestro siguiente destino se trataba de la cocina; grande, con utensilios y electrodomésticos modernos, pero conservaba el estilo del salón principal, con tapizados blancos perla por igual, un desayunador de mármol con un candelabro de adorno y unos cuantos soportes para botellas con vinos en ellos, que se encontraban regados alrededor del área.

-Yo quería algo más minimalista, pero conservamos la esencia de la casa. -Me comentó a confianza con los brazos cruzados.

-Aun así... Se ve bien. -Opiné con cautela. Era demasiado pronto para abrirme a aquella señora, pero había conseguido grandes avances.

Luego de eso nos encaminamos a la sala contigua, una habitación para relajarse y descansar, con sillones reclinables acompañados de pequeñas mesas a sus lados y una gran televisión de pantalla plana que ocupaba gran parte de la pared frente a los muebles. Era un área considerablemente pequeña pero reconfortable.

-En el orfanato sólo teníamos una televisión, pequeña y gorda, a la que siempre había que acomodarle la antena. Todos la veíamos siempre a la hora del almuerzo en el gran comedor. -Le conté, aunque estaba más perdida en mis recuerdos de como odiaba aquella hora, cuando todo el mundo hacía escándalo y la gente te obstruía y no te dejaban ver casi nada.

-Ven... -Me pidió dirigiéndose a los sofás reclinables y eso me hizo salir de mi pequeño trance.

La seguí, ella se sentó en uno de ellos y yo tomé asiento a su lado, en el otro.

-Toca el botón amarillo bajo los reposa brazos.

Tras encontrar dicho botón amarillo, que se hallaba algo oculto, presioné éste y la señora lo hizo por igual.



Noche taciturna.

Editado: 10.08.2019

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