El verdadero precio de nuestra libertad.

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8. La pesadilla no se detiene

 

Martes, quizá un gran día al verla subir a mi auto, me saludo amablemente y avanzamos a clases, cada uno en lo suyo. Para la hora de almuerzo la encontré golpeando a Laura y ahí fue donde el día dejo de ser tan soleado como parecía.

— ¡Adela! ¡Adela! —Grité arrastrándola.

Lucía irreconocible, la sangre estaba en su cuerpo, pero no era suya.

— ¡No me toques! —Me empujo con el poco aliento que le quedaba.

— ¡Ya basta! ¡Cálmate Adela por favor!

— ¡Ven y termina con esto! —Tras ella Laura gritaba a sus espaldas.

Y cuándo busque a tomar su brazo fue tarde porque se lanzó de nuevo tras ella, profesores y incluso guardias de la institución se acercaron a separarlas, lo cual tomo alrededor de veinte minutos, porque Adela golpeaba sin compasión, sin temor alguno a aquella chica, le gritaba insultos, pero mi cabeza no daba para entender que había pasado, en que momento.

La perseguí mientras los profesores la llevaban a empujones a la oficina del director, ¿Laura? Una ambulancia había llegado por ella. Cuando llegaron a las oficinas, entre empujando a profesores y cerrando las puertas de las instalaciones, me hicieron caso omiso, pues al parecer la rabia de ambos bandos era más importante.

— ¡Ella me provoco! —Adela golpeo la mesa. — Los profesores la vieron, ella me empujo. ¡No pienso quedarme de brazos cruzados! ¡Y si me busca, me va a encontrar cuantas veces quiera!

— ¡Cállese ahora mismo Adela! ¿Usted cree que vamos a permitir que se quede tras este alboroto?

Y sí, aquí no habían trato respetuosos ni tolerantes, la docencia acá estaba acostumbrada a tratar con muchachos totalmente caóticos, y una más en la lista no haría diferencia.

— Señor Mauro —Caminé hasta él.

— ¿Qué haces aquí? —Adela me miró aún llena de rabia.

— No es necesario que la expulse, de verdad.

— Hago ya mucho con tenerte a ti aquí Leonardo, todo un delincuente juvenil.

— Pero al final no le doy problemas, por favor, yo me encargo de ella, pero no comenta el error de sacar a alguien tan brillante, y en especial a una inocente. Adela es víctima de acosos por parte de Laura.

— ¿Cómo? ¿Acaso no eran amigas? —La maestra de historia me mira confusa.

— Eran, las cosas cambian, Adela merece un trato de respeto y si no lo recibe me suena una tontería que lo de.

— Tuvo que comunicarnos la situación, no tener una respuesta tan soez —Miró con desdén a Adela.

— ¿Acaso esperaba que llorara y pidiese perdón? —Adela se levanta llena de rabia.

— ¡Cállese! ¡No quiero oírla más! —Repite el director indignado.

— Solo le pido que la suspenda un par de días, tan solo tiempo para calmarla.

— ¡Pues que suspenda a Laura también!

— ¡Adela! —Gritó indignado. — Miré señor director —Habló colocando mi mano en el tabique de mi nariz y apretándolo con desesperación. — Nunca me he visto en la penosa obligación de usar mi poder en esta institución, pero sino acata me basta con que me lo diga de una vez.

— ¿Por qué haces el esfuerzo por esta muchacha? Tú eres tú, Leonardo ¿Pero ella qué?

— Porque la quiero —Respondí con un escalofrío que recorría mi espalda. — Porque me importa.  Y sería una pena que el instituto nacional de educación se entere de todo lo que este sitio oculta y que usted se encarga de mantener así.

— No quiero verlos el resto de la semana. ¡Lárguese ahora Leonardo, váyase antes de que me arrepienta de aceptar sus estupideces!

— ¿Una semana de conocernos y ya me quieres? —Preguntó ella mientras se levantaba.

— Cierra la boca y camina —Le señalé la salida.

 

Cuándo salimos escuché al director rompiendo todo a su paso cargado y cegado en la ira de no ser una autoridad, sino ser un ente de negocios, debido a sus acciones. No tenía escapatoria y día a día estaba al frente de una de las peores instituciones del país, sin poder cambiarnos, sin poder trabajar con cada muchacho como debía ser, eso tenía Cartes Town, una maldición en la cual terminabas manchándote las manos de sus actos vandálicos, de sus noches llenas de momentos ilícitos y descontrol.

Adela fue por sus cosas a la cafetería en la cual las miradas fueron obvias.

— ¿Qué demonios se les ha perdido? ¿Una viaje al hospital? —Gritó enfurecida.

Fue inmediato que todos volvieron a lo suyo al verme entrar y cruzar los brazos frente a ella.

— ¿A dónde te llevo?

— A donde te dé la gana.

— Iremos a tu casa para que te asees —Respondí colocando un cabello rebelde tras su oreja. — Y no me hables así, porque no soy ella.

— ¿Qué fue lo que dijiste allá adentro Leonardo? —Preguntó ella mirando a todos lados y acercándose. — ¿Me quieres? ¿Soy una mujer más de tu lista?



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En el texto hay: adolescentes, crimen organizado

Editado: 14.06.2018

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