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Capítulo 8


Dejé a Thaleb atrás y sinceramente no me importaba lo que sucediera con Bruno. 
Me dirigí a la salida con el alcohol fuera de mi sistema completamente decidida a volver a casa, me sentía sumamente extraña y aunque sabía que más temprano que tarde tendría que buscar a Thaleb para pedirle una explicación sobre lo que estaba sucediendo conmigo, por ahora no quería hacerlo, únicamente deseaba estar sola. Así que pasé de largo de todos, golpeando gente y recibiendo golpes también hasta que pude respirar aire fresco libre de humo, alcohol y sudor. 

Cerré los ojos un instante levantando la vista hacia el cielo, recibiendo de lleno la luz mortecina de la luna sobre cada facción de mi rostro. 

El poder que yacía en mi interior se movía como una serpiente, reptando entre mis venas como si fuese él quien me mantuviera viva y no la sangre que bombeaba mi corazón. 
En aquellos instantes me sentí con el suficiente poder para vencer cualquier cosa que se me interpusiera en el camino, sea lo que fuese. 

—¿Necesitas compañía? —Me susurró una voz a mi espalda. 

—El que me encuentre aquí sola, ¿no te dice nada? —Repuse tajante. Oí una leve risa escapar de sus labios. Ahora más que nunca percibía la fuerza que emanaba. 

—Vi lo que hiciste ahí dentro. No debes sentirte culpable por desear la muerte de una persona cuando ésta se lo ha buscado. A veces los humanos necesitan ser castigados. 

Abrí los ojos de golpe y lo encontré a mi lado; su perfil carecía de luz, mostrándome sólo un rostro oscuro que sonreía en la penumbra, aunque daba la impresión de que él la traía consigo. 

—No me siento culpable —mentí. Damon se volvió y me enfrentó, luego sin previo aviso estiró su brazo y me tocó el pecho, justo sobre mi corazón que se mantuvo calmado, a pesar de lo que sucedía. 

Su mano se abrió totalmente y fue como si en ella sostuviera mi corazón, y tuve la impresión de que en cualquier momento él podría arrancármelo, peor aun, que era eso lo que buscaba. Y, sin embargo, no hubo en mí el menor de los miedos, por el contrario, lo enfrenté valientemente, demostrándole que no me asustaba ni amedrentaba un poco. 

—Sé que sí, porque tu corazón aún es bueno. —Dijo. Fruncí el ceño y retrocedí. 

—¿Aún? —Repetí. Damon estiró sus labios en una sonrisa maliciosa, las mismas sonrisas que venía dedicándome desde que nos vimos la primera vez. 

De pronto, volvió a acortar la distancia que nos separaba y lo tuve cerca de mi rostro; permanecí quieta mientras él rozaba sus labios contra la suavidad del lóbulo de mi oreja. 

—Cuando acabe contigo, la pureza que hay dentro de tu corazón de bruja blanca, se esfumará. 

Al decir esto se fue y no presté atención cómo, porque en lo único que pensaba era en la palabra: Bruja.

Él me había llamado bruja.

Miré mis manos y me cuestioné sobre si aquel poder que yo poseía se debía a eso, a que yo no era una humana normal, sino una bruja. Lo cual era un tanto ridículo, ¡por todos los cielos! Pensarlo me resultaba inaudito. 
Pero una voz dentro de mí me gritaba que sí. Que yo lo era, incluso al costarme trabajo aceptarlo y creerlo; porque no existía otra forma de explicar lo que sucedió con mi padre y esta noche con Bruno. 

Negué y comencé a caminar hacia casa, el aire se sentía frío y se colaba por el vestido de tela delgada que usaba, más no me estremecía, por el contrario, disfrutaba sentirlo sobre mi piel. 
Y mientras recorría las calles vacías tuve la incesante sensación de sentirme observada, de que algo que yo desconocía venía detrás de mí; en ocasiones volví el rostro sobre mi hombro buscando al causante de aquel escalofrío que subía por mi espina dorsal, pero sólo encontraba el eco de mis pasos y una calle desolada, donde ni siquiera se podían oír los animales nocturnos. Era como si ellos se refugiaran porque veían y sentían el miedo que atenazaba la ciudad aquella noche y que no se apartaba de mí. 

Me crucé de brazos y apresuré el paso faltando unas pocas manzanas para llegar a casa; veía el camino tenuemente iluminado por las luz de las lámparas y tenía el temor de que al llegar a cada esquina me asaltaría alguien de la nada, lo peor es que de alguna manera sabía que no sería una persona normal, sino otra cosa.
Mi cerebro me jugaba malas pasadas llenando mi mente de imágenes horrendas, seres grotescos, demonios espeluznantes tan terroríficos que ni siquiera en las pesadillas más horribles los humanos podrían apreciar. 

Tragué saliva y me detuve abruptamente en un callejón mientras el olor a putrefacción llenaba el ambiente y apretaba mi nariz. 

Tuve entonces un recuerdo repentino, pequeños flashes de un acontecimiento que me sucedió, pero no me era posible capturar del todo en mi mente. 



Elena López

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En el texto hay: amor puro, brujos, suspense

Editado: 12.09.2018

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