Elixir I ©

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CAPÍTULO 22

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Los rayos del sol, alumbran mi rostro, haciendo un remilgo espantoso. Nunca pensé levantarme un fin de semana para ayudar a mi hermana mayor a hacer ayuda comunitaria. Suelto un suspiro sonoro, y paso el mechón rebelde de mi cabeza a un lado de mi oreja. Hace calor. El resplandor del sol, está haciendo que me sienta ofuscada y toda empapada de líquido corporal. Más conocido como sudor.

Arranco los montes del sitio, y lo lanzo a la funda de basura de mi lado.

—Muy linda mañana, ¿no lo crees? —dice Nora muy entretenida, mientras corta el monte tranquilamente—. Siempre he querido que me ayudes en estas tareas.

—Lo normal sería que estuviera durmiendo. Después de todo…. ¡es fin de semana!

—Si tú ayudas, el karma te lo devuelve de la misma manera —comenta entre una risilla—. La vida no es fácil, Lucie.

Pongo los ojos en blanco, y lanzo otro puñado de hierba mala al saco de basura.

—Solo soy una estudiante que estudia de lunes a viernes. Necesito al menos dos días de descanso, luego de tener una semana llena de lecciones, deberes, exposiciones y esas cosas que hacen los adolescentes de hoy en día.

—Me imagino que también se incluye las citas con el novio.

Resoplo.

—No siempre será el novio. ¡También necesito espacio personal! —Lanzo otro puñado de monte al saco—. ¿Piensas que soy una máquina de hormonas?

—Totalmente. Además, no tuviste clases esta semana. ¿Acaso olvidas que te fuiste con tu novio?

Chasqueo la lengua. Un punto a favor de mi hermana mayor.

Paso mi antebrazo por mi frente, alejando el sudor para que no cayera en mis ojos. Sinceramente, la salida con los hermanos Clayton y Julien, me dejó muy estresada. No solo el hecho en que he descubierto quién robó el elixir, sino también los hechos que siguieron después de esos días posteriores.

Una hechicera: una demente sexual desequilibrada.

Un ladrón: un líder sanguinario de un clan poderoso de vampiros.

Un ladrón de beso: el príncipe del clan que tiene mi elixir.

Un pulgoso: un chico voluble que no sabe qué mismo mentir.

Oh cierto, no hay que olvidar a la maldita vampira que está detrás de mi trasero mestizo.

No, no, no. Si la pienso, quizás aparezca. No deseo eso. Ya saben, los parásitos, aparecen cuando uno menos quiere.

—Iré a cortar más hierba mala —digo, levantándome y sobando mi cadera. Mi hermana solo me observa con una ceja alzada—. ¿Qué?

—Espero que no estés peleada con Edrick. Es un adorable chico.

Entorno nuevamente los ojos. Ese pulgoso, no tiene nada adorable.

—No deseo escuchar nada de él, Nora —pronuncio, recibiendo una mirada entrecerrada—. Por cierto, ¿desde cuándo conoces a Eliot?

—Desde que ayudo aquí. ¿Tienes algún problema con él? —cuestiona con tranquilidad—. ¿Qué?

—No te le acerques mucho. Tipos como él, siempre traen problemas. Créeme. Lo digo por experiencia propia. —Antes que siga interrogándome como si fuera un reo, camino hasta ver un pequeño llano de monte. Suspiro y comienzo a jalar las hierbas de mala gana.

Unas risas, hace que eleve el rostro para encontrarme a Eliot y a Nora riéndose de algo que desconozco. Entrecierro el cejo, y siento la una mala vibra pasar por mi columna vertebral. A Nora, siempre le ha atraído los hombres lobos sin saber que son seres sobrenaturales.

Por ello, es mi lema: los pulgosos traen mala suerte.

No solo el hecho en que son posesivos con sus parejas, sino también que la mitad de ellos, son mujeriegos. Eso le pasó a mi hermana. Lo normal. Se fijó en un perro, y salió con el corazón destrozado.

No me gustan. Ni me gustarán.

—¡Devuelve lo que me robaste! —grita una voz chillona. Suelto un gemido de molestia, pero antes que me ponga de pie, soy expulsada a metros de ahí, rodando por el suelo, mientras piedras y tierras quedan adheridas en mi cuerpo.

¿No ven? Por eso les dije eso. Nunca nombren al diablo. Diré, a los parásitos.

Unas manos aprietan a mi cuello. Está en horcajadas encima de mi cuerpo. Su cabello cae por su rostro, pareciendo una bruja malvada. Su único ojo, brilla por la ira, mientras sisea, mostrando sus colmillos de vampira.

—Pensé que no te gustaban los días soleados —digo con la voz estrangulada—. Al parecer, no te importa.



Señorita Yuuki

Editado: 18.10.2019

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