Ella es... Un Verdadero Monstruo.

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Capítulo 4

Narrador.*

El director observaba a cada uno de los bebés, quienes estaban tranquilos, sin saber que sus padres acababan de morir. Se colocó a los pies de la cuna de la que más lograba llamar su atención. La pequeña Madison observaba fijamente la luz, sus hermosos ojos azules brillaban en lo que su cráneo estaba repleto de cabellos negros, como los de su padre ya que su madre era rubia y de ojos oscuros.

— ¿Crees que logré ser mejor que sus padres? — Preguntó uno de los guardias colocadose a su lado.

Mostró una sonrisa sombría, sabía que sí, solo tenía que criarlos para que fuesen unos asesinos de categoría alta, incluso más que ese tipo de Canadá quien le había quitado el puesto a Jeffrey y al ruso dejándolos en segundo y tercer lugar.

— Claro que sí. Asegurense de que sean unos bebés fuertes, necesito que tengan buen crecimiento. — Dijo dándose la vuelta y saliendo de la habitación, dejando a los bebés con las enfermeras y los guaridas.

Una mujer joven empezó a caminar frente a las cunas, notando que el nombre de cada bebé estaba sobre esta.

— Niall. — Dijo colocándose frente al primer bebé. Sus cabellos eran rubios pero sus ojos sumamente oscuros.

Caminó un par de pasos poniéndose ahora frente a otro.

— Erick. — Dijo sonriendo al ver al pequeño de cabello castaño y ojos verdes.

— Nicolás. — Dijo ahora con seriedad al ver al bebé rubio de ojos tan azules como el mar.

— Alan. — Dijo mirando al pequeño de cabellos negros y ojos color café almendra.

Dió un paso más y se recargó en la cuna rosa, observando a la bebé que está tranquila.

— Madison. — Dijo sonriendo. Dejando que sus ojos se fijen en los suyos, uno ojos azules, bastante lindos, con una piel pálida que resalta aún más por su cabello negro.

— Seré yo quien los cuide hasta que crezcan y les vayan inculcado un par de cosas. — Dijo juntando sus manos y mirando a las demás enfermeras.

Todas dieron un asentimiento. Una cosa era segura y era que en el futuro esos bebés serían peligroso, armas mortales sin ninguna pisca de sensibilidad o arrepentimiento alguno...

Los primeros años de sus vidas fueron tranquilos, bebés sumamente sanos que crecían conforme todo iba sucediendo. Aprendieron a hablar desde el año y medio, a excepción de: Niall quien era un bebé muy serio, tranquilo y no se asociaba con los demás. Los otros tres eran más de hablar y ser curiosos, mientras la pequeña Madison era muy curiosa y amable con todos, le agradaba jugar y sonreír todo el tiempo, ganando la atención por completo.
Los niños crecieron creyendo que eran hermanos, pensando que eran sangré, aunque en realidad Madison era quien solía ser protegida por los tres, a excepción de Nicolás, quien l venía de mala manera.
Cuando los pequeños cumplieron cuatro años una increíble notícia llegó a la Carnicería De Los Estados Unidos.

— Si. Ahora no te ves tan malo maldito bastardo. — Dijo feliz el director viendo la noticia donde el mejor carnicero había sido encarcelado con cadena perpetua, sin libertad condicional, ni derecho a visitas en 20 años.

La pequeña Madison jugaba en su oficina cuando lo observó hacer eso. Se pusó de pie y se acercó queriendo saber que lo hacía tan feliz. 
Se dió cuenta que se acercó a él, tomó el periódico y le mostró la fotografía de Max Miller.

— Lo ves linda. Él será encarcelado, pero aún así tenemos que recuperar el puesto uno. Debes tenerlo tú, te creamos para que seas la mejor y única. — Dijo con entusiasmos intentando animarle.

Madison sonrió y le dió un asentamiento, eso lo hizo entender que la pequeña no comprendía nada, era diferente y lamentablemente no era lo que él esperaba, no había maldad en sus ojos, sus acciones no eran las de un psicópata y hablaba con todas las personas con naturalidad... No había nada que le interesará en ella, pero le había tomado cariño, indicando que no podía solo deshacerse de ella y echarla.

— ¿Es malo? — Preguntó acercándose y tocando la imagen de Max Miller.

— Si, es muy malo, asesinó a muchas personas. — Dijo tratando de no reír, en el mundo todos asesinamos de un manera u otra, otros física y unos emocionalmente.

Madison llevó su mano a su boca, dejando ver que está sorprendida por lo que le ha dicho. El hombre soltó un suspiro y se agachó a su altura.

— Madison... ¿Odias? — Le preguntó neutro.

La pequeña negó y le regaló una sonrisa.
Apretó los labios... A veces el dolor es lo que despierta los demonios que llevamos en el interior.

— ¿Me odiarías si te dijera que mate a tus padres? — Dijo mirándola fijamente.

Se mostró un poco sorprendida, junto sus manos y se acercó a él dejando un beso en su mejilla.

— Te perdono. — Dijo con su dulce voz.

Se quedó rígido por eso y sintió como la pequeña paso por su lado, saliendo de su oficina... Estaba tan sorprendido que no podía creer que eso haya sucedido, había algo en ella que no estaba bien, no era normal que viniendo de dos padres psicópatas haya nacido sin ningún transtornos.

La pequeña Madison de tan solo cuatro años caminaba por los pasillos de ese lugar en lo que cantaba una canción y brincaba un poco.
Se detuvo al ver a su hermano Nicolás quien se acercó a ella y la tomó de la mano.

— Vamos a ver algo muy divertido. — Le pidió con seriedad.

Madison le dió una afirmación y fue con él. La llevó hasta una habitación vacía, se estaban aburriendo hasta que la puerta se abrió, una prostituta y un hombre entraron ahí. La pequeña intento salir pero Nicolás no lo permitió. Hizo que observará como tenían sexo y después como ese hombre apretaba su cuello con bastante fuerza hasta arrebatarle la vida.
Salió de la habitación y Nicolás la hizo salir junto a él.

— Esa es la maldad de mundo Madison... ¿Te gusta?, Es agradable. — Dijo dejando ver una sonrisa sombría.

Madison lo empujó saliendo de su agarre y empezó a correr por los pasillos deseando no volver a ver eso... Fue horrible y creía que era bastante cruel.



Margarita Barraza

Editado: 21.01.2020

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