En el corazón de La Bestia©

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Capítulo 8

El cúmulo de sensaciones en mi pecho es fenomenal e indescriptible, tanto así que me resulta ineludible escapar de la tensión que hay en el ambiente, casi podría decir que Beckett quiere lanzárseme encima sin mediar palabras.

El rubor en mis mejillas se acumula hasta hacerme arder los poros de la piel.

El cuerpo me traiciona, mis piernas son las más descaradas, pues la actitud que tienen es demasiado vergonzosa para mí, no puedo controlar ese repentino temblor en ellas. Sebastián está a la espera de una respuesta mía, pero me niego a dársela.

Debe estar bromeando con eso de besarme; o es la borrachera que le hace decir semejante locura.

Está alucinando. Ha de estar confundiéndome con la otra Paula, esa que se parece a mí –según él.

Yo no tengo ni la más remota idea de cómo besar a alguien, mi experiencia es poca y pobre en cuanto a hombres se refiere. La única vez que besé, bueno, que intenté algo así fue en sexto grado, y las cosas no salieron muy bien que digamos, fue espantoso como los gritos Jaden Smith atemorizaron a toda la escuela; recuerdo las risas de todos los niños al encontrarnos en el pasillo, ambos estábamos atorados, mis bracketts se encontraban enredados con los de mi compañero de clases, que intentaba liberarse a toda costa del cruel enlace, nos hacía daño a los dos. Luego de ese fatal incidente Jaden me echo la culpa de todo, mis compañeros siempre me molestaban por ese acto, ni quiero recordar el apodo que me pusieron.

—No lo pienses tanto, Paula —le escucho decir. Vuelvo a ser consciente de la situación en la que me encuentro, me ha sacado de mis pensamientos. No deja de mirarme, está esperando respuesta.

No puedo hacerlo.

No puedo.

En este momento el terremoto de Haití está causando estragos en mi cuerpo, ni una sola vena mía es capaz de escaparse de la alta velocidad a la que circula mi sangre, transita a regias celeridades para llegar a mi corazón y hacerlo revolotear con brío.

La inseguridad me domina a grandes zancadas.

Un momento… ¿Por qué he de besarlo yo?

¡Está loco, él no es nada mío!

—No —digo, cruzada de brazos y fingiéndome ofendida. Escapo de su fiera vista, dando unos cuantos pasos lejos de su cercanía. Mis piernas siguen delatando el estado de nervios en el que me encuentro irremediablemente sumida, aun así me sostengo en un esfuerzo por no caer.

— ¿No? —arquea la ceja izquierda, lleno de incredulidad.

—No—repito.

Su rostro se ensombrece, ya no sonríe, ya no me mira con simpatía. Ese gesto bonachón de hace unos minutos se ha ido bruscamente de su cara.

De pronto me asusta a niveles exagerados.

— ¡Mierda! —suelta, dándole un puñetazo al apoyabrazos de su silla. Retrocedo al ver que se aproxima sin miramientos hacia mí. — ¿Por qué me estás rechazando? —Su voz es estruendosamente atemorizante.

Impacta contra mis tímpanos y envenena la sensibilidad con la que me trato hace rato.

Beckett ya vuelve a ser esa Bestia, ese ogro que infunde temor a medio Detroit, ese que provoca que los empleados de su empresa no le miren mucho a los ojos.

— ¡Por qué! —exige nuevamente.

No lo miro, no puedo hacerlo ahora; ésta vez golpea ambos apoyabrazos con sus puños.

Jugueteo con los dedos de mis manos y los miro sin saber qué hacer o qué responderle a éste hombre intransigente.

Un dedo, dos dedos, tres dedos, cuatro dedos; ¡Maravilloso, tengo 5 dedos como todo ser humano!

— ¿Qué no piensas responder, Paula? —otra pregunta del atractivo gruñón.

Es un cabeza dura.

No tengo valor para responder con sinceridad. No voy a decirle qué no sé besar y, que no se lo permito porque no es nada mío. Mi padre me enseñó darme a respetar.

—No quiero que me beses, esa es mi respuesta—espeto encogiéndome de hombros. Creo que mi voz apenas se ha escuchado. —Eres un tonto cabezota y no dejo que hombres así se mezclen conmigo. — Articulo con valor.

Allí está, toma esa, Beckett, eso te va por haberme dicho aquella vez que no te mezclabas con la servidumbre

Sebastián me hace un gesto malcriado con los ojos. No habla, ya no me da importancia porque aparenta que no estoy aquí, me ignora y da la vuelta para irse; en ese momento, Beatriz aparece por la puerta con una sonrisa en los labios, que se esfuma al notar la presencia de la caprichosa bestia.

—Sebastián, pensé que ya estarías durmiendo, ¿qué haces aquí?

— Nada, Beatriz, no estaba haciendo nada importante — expresa con veneno. Antes de irse voltea a mirarme, lo hace con desaire. Vuelve la vista hacia Beatriz y dice: —Me iré ahora mismo a la cama, mañana me espera un día muy duro en la oficina…

La nana lo interrumpe:

— ¿No cenarás?

—No —es su respuesta —, el alcohol y la comida no van conmigo ahora, no quiero estar como un patético y asqueroso borracho nauseabundo. —Engreído y despectivo, desliza una mano por su cabello, y se arregla un mechón que estaba fuera de lugar — ¿Sabes qué es lo que quiero que hagas? Que por favor le des de cenar a ésta señorita —jamás se rueda para verme —, lo necesita, puesto que, no come lo suficientemente bien como para estar en su peso y tamaño normal. Está toda flacucha y tan pequeña como los pitufos, el viento mismo podría llevársela volando.



Criswell A. Ojeda

Editado: 23.04.2019

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