En el corazón de La Bestia©

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Capítulo 9

Al amanecer, me levanto con suma rapidez de la cama y la arreglo, me doy una ducha y cepillo mis dientes para finalmente salir del baño, terminar de arreglarme y ponerme el nuevo uniforme escolar que Beatriz compró para mí – al principio me negué al saber que era un regalo de Beckett, pero ella insistió en que debía aceptarlo, puesto que, el otro fue echado a la basura, y etcétera, etcétera.

Termino de ponerme los viejos zapatos, me hago un moño alto en el cabello y salgo presurosa por la puerta de la habitación. Al dar grandes pasos por el enorme corredor, lo único que tengo clavado en mente es no llegar tarde a clases –eso es de gran relevancia– y el no encontrarme con mi antipático jefe.

Un corredor más transitado y me encuentro con el gran lobby de la altanera y ostentosa mansión. Planeo llegar con inmediatez a la puerta que nos permitirá a mis pies y a mí escapar como perfectos y experimentados delincuentes al huir de su crimen.

— ¡Ni un paso más hacia esa puerta, Señorita Benzema!

Escuchar la voz neutra y malhumorada de Beckett a mis espaldas provoca que un escalofrío me recorra la espina dorsal y que mi vientre reciba repentinas descargas de energía. Mi estómago es sacudido por cosquillas internas.

Es extraño.

Me confundo entre ese pequeño miedo y esa otra sensación de ¿afecto? “cariño” – lo cual es pequeño, tan diminuto como un grano de arroz –; me es conveniente aprender a diferenciar entre las dos cosas.

Me es conveniente no mirarle tanto a los ojos a esa bestia, ya que me desarma en menos de dos segundos.

Tengo que controlar mi cuerpo, tengo que controlarme a mí y a mis pensamientos.

Doy la vuelta para observarlo. Lleva puestos un pantalón negro de vestir y una camisa rosa claro arremangada en los codos; sus tatuajes quedan visiblemente expuestos, resaltan con gallardía junto a ese costoso reloj de oro que adorna la muñeca izquierda de su dueño desde anoche.

¿Qué hizo la bestia con ricitos de oro?

Los risos de su cabello han desparecido; Sebastián tiene el cabello tan lacio como el mío – al parecer lo alisó muy temprano; ni tenía idea de que le gustase arreglarse el cabello, hay hombres que solo se lo cortan o se lo dejan largo y ya, o simplemente no se lo arreglan –, lo tiene perfectamente peinado hacia atrás y amarrado en una coleta.

No se ha afeitado, su barba se ha acrecentado más.

Y lo último, gracias a Dios sus ojos se hallan cubiertos por esas gafas negras de sol. Un alivio para mí, hoy no seré víctima directa de su penetrante mirada.

— ¿Por qué huyes de mi casa como si estuvieses escapando de algo? — interroga con el cejo claramente fruncido. Se le ve receloso y con ambos brazos cruzados.

Ahora vuelve a tutearme. Ha de estar recordando las locuras que decía y hacia ayer en la noche.

—No quiero llegar tarde a clases —respondo en voz baja y encogiéndome de hombros.

—No llegarás tarde, Paula —dice con neutralismo —. Hudson te llevará hoy al colegio, ¿de acuerdo?

—Puedo llegar yo sola, con mis propios pies —escupo con falso desdén.

— ¡No, no puedes llegar sola, pues porque a mí no se me da la gana!, ¿entiendes? —aprieta ambos puños. Lo acabo de molestar, está enfadado. Tiene la mandíbula apretada — No has desayunado, no te vas a ir así, no te lo apruebo. Quiero que vallas ahora mismo al comedor, vas a desayunar conmigo y luego Hudson te llevará al colegio… —Gruñe. —Vamos, empieza a caminar —Ordena. Bufa, alterado.

Me enoja bastante, sin embargo, obedezco al insoportable hombre. Camino junto a la bestia hacia el comedor, al llegar allí Beatriz y una muchacha no tan joven nos atienden con diligencia y en tiempo record. Beckett se demora al comer, en cambio, yo me apresuro a ingerir cada alimento – aunque podría haber una excepción con el tocino y los huevos revueltos –, me tomo el café con leche y me limpio la boca con la servilleta.

Cuando estoy a punto de levantarme de la silla de madera para tomar el vaso y los platos y llevárselos a Beatriz, Sebastián protesta raudamente.

—Señorita Benzema —pronuncia con un tono especial. Me regaña, sé la forma que usa al hablar y decir mi nombre combinado con ése “señorita” para amonestarme.

No voy a tutearlo.

—Señor Beckett, he terminado de comer —Hago una seña con las manos para que mire los platos vacíos sobre la lujosa y tallada madera de la mesa—Le recuerdo, Señor —hago énfasis en la última palabra —, que no quiero llegar tarde a clases.

—Y yo te recuerdo, Paula — acentúa mi nombre en sus labios soberbiamente llenos de belleza—, que no llegarás tarde al jodido colegio, Hudson va a llevarte en el Zagato Db7, ambos te acompañaremos —sonríe con clara hipocresía, dejando ver sus blancos y bien cuidados dientes, lo hace aposta porque vuelve a estar serio al cabo del siguiente segundo. —Ahora vuelve a sentarte, y espera a que termine de comer, no quiero tener gases por comer como un salvaje salido de la jungla.

Debo soportarlo.



Criswell A. Ojeda

Editado: 23.04.2019

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