En el corazón de La Bestia©

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Capítulo 15

Son más de las diez, la noche es fría y oscuramente tenebrosa, pero esta vez me reservo el miedo para otro momento. Camino fuera del jardín, y salgo por el portón trasero de la casa; Hudson ha llegado por mí, subo al auto y conduce con urgencia.

El ambiente se torna algo incómodo, entonces decido hacerle una pregunta:

— ¿Cómo está el señor Beckett? —Lo sé, debería controlar mis nervios, pero no lo consigo así de fácil, es más, no creo poder –Se trata de Sebastián–; por alguna razón la angustia sigue aumentando aún más dentro de mí.

Imágenes mentales de él arrojando cosas al piso se me cruzan una a una por la mente.

—Mal… —Es lo único que tiene que decir Hudson para que mi preocupación y miedo crezcan a niveles alarmantes.

Minutos después hemos llegado a la mansión de nuestro jefe.

Bajo del auto y Hudson va a guardarlo en la cochera. Camino al interior de la casa, voy meditando conmigo misma para saber qué hacer y que decir ante la situación que se está presentando con mi jefe, el hombre por el que poseo sentimientos y al que besé.

Paso por el lobby, no hay nadie; y por fin, troto, casi corro por ese pasillo que da con la cocina y otras habitaciones.

— ¡Beatriz! —Pronuncio al encontrármela urgida, buscando algo impacientemente por toda la cocina.

La nana parece aliviada al verme, no obstante la angustia y ese miedo que también tengo yo, la invaden notoriamente.

—Paula, que bueno que estás aquí, hija —dice intranquila.

— ¿Dónde está Sebastián? —Pregunto.

—Encerrado… en su despacho —traga con dificultad. De verdad está preocupada por él, lo quiere mucho, como si fuese su propio hijo.

— ¿Encerrado?

—Sí, desde que llegó de esa cena con Vanessa. Llegó extraño; ha vuelto a recaer. —Articula con nerviosismo en la voz —Desde que llegó está bebiendo como si fuese ese… el hombre de antes. Creo que Sebastián está muy mal, y no solo por ahogarse en alcohol, sino por todo el desastre que armó allá dentro.

Más preocupación.

— ¿Crees que se halla hecho daño?

—Dios quiera que no…

Beatriz y yo buscamos las llaves del despacho de Beckett por toda la casa, incluso en la cochera y las habitaciones del servicio, pero nada. A ella se le ocurre la maravillosa idea de buscar en la mesita de noche de la habitación de Sebastián, y allí mismo está, en el segundo cajón.

Convencida mentalmente por las palabras de Beatriz de que podré calmar a mi jefe en su estado de bestia destructiva, tomo el valor suficiente para ir por el oscuro pasillo que conduce a su despacho.

No entiendo todavía por qué al hombre le gusta la oscuridad, ¡Qué obsesión la que tiene con las luces apagadas!

Se toma muy en serio su papel Bestia, ¿Quizá habrá visto la película de bella y bestia alguna vez?, Sí, un fan compulsivo de aquel monstruo… na, era broma.

Al llegar a la puerta de su despacho, no pierdo el tiempo, inserto la llave en el cerrojo y con sumo cuidado la voy girando hasta quitar el seguro.

Aquí voy.

¡Basta miedo, vete!

Abro la puerta, no puedo ver nada, está completamente oscuro, de nuevo las luces están apagadas. Paso al interior del despacho y decidida y henchida de valentía como la primera vez, enciendo la luz…

Me quedo paralizada y muda ante lo que contemplan mis orbes, que en este momento seguro están desorbitadas.

Todas las cosas están en el suelo.

El escritorio está patas arribas.

¡Beckett sí que tiene fuerza!

Hay vidrios rotos, supongo que son los cristales de la ventana y el estante de vidrio del lado contrario a ella.

Todos los libros, carpetas y papeles están desordenados y hechos basura en cada rincón del despacho; observo, invadida por el pánico, la silla de ruedas volcada en el piso.

Y Sebastián…

Él está sentado en el piso con los ojos cerrados y recostado contra la pared; lleva el cabello súper despeinado y semejante a un nido de pájaros, tiene la ropa encima hecha girones, ya no lleva el esmoquin ni su elegante chaqueta –están tirados en el piso–, solo los pantalones y la camisa blanca de vestir –arrugadas vilmente–.

Veo como sostiene una botella de alcohol a medio tomar en la mano izquierda…

¡Jesús, tiene las manos heridas y ensangrentadas!

¡¿Acaso se puso a darle puñetazos a la estantería y ventanas de vidrios?!

Destructivo, se cree Ralph el demoledor.

Su aspecto es desastroso. Si Beatriz lo ve así mínimo le da un infarto a la pobre mujer.

Sebastián abre los ojos, parece sorprendido al verme frente a él, arruga la frente y parpadea como si intentase despertar de un mal sueño.

—Señor… —Artículo con dificultad — ¿Qué pasó aquí?

No contesta, se da un largo trago a pico de esa botella de Whisky y me ojea, indagando en cada parte de mí con su hermética y penetrante mirada. El gris de sus ojos se torna aún más oscuro, tanto como dos pozos profundos, hay algo acumulándose en ellos y yo desconozco qué cosa es.



Criswell A. Ojeda

Editado: 23.04.2019

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