En el corazón de La Bestia©

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Capítulo 21

No respondo a su inquisición, no soy capaz. Me quedo muda y paralizada frente a él, contemplando el brillo de sorpresa en sus orbes grises. Se muerde los labios, ¿Será por qué está inquieto? Por supuesto que sí.

Osada, decido preguntarle:

— ¿Tú, qué estás haciendo aquí?

Piensa, pero no consigue una respuesta concreta para mí.

—Yo…eh, solo necesitaba pensar en algunas cosas.

— ¿Cosas?—levanto la ceja derecha. Sebastián se molesta de repente.

— ¡Ésta es mi casa, y puedo estar donde yo quiera, Paula! ¡Así que ya no hagas más preguntas tontas!

Rezonga.

No pienso darle más pelea, terminaría doliéndome la cabeza. Ignoraré la forma en la que me ha hablado, después de todo, él siempre será una bestia sin control.

—Está bien — coincido, encogiéndome de ánimos, más todavía. Momentáneamente vislumbro una chispa de preocupación en sus ojos. —Beatriz ha estado preocupada por ti, buscándote todo el día —Confieso con fingido desinterés. Intento ser tan gélida como éste hombre cabeza dura. —Así que le harías un grandísimo favor si le comunicas que estás bien, aquí en tu oscuro… encierro.

Pretendo alejarme del marco de la puerta y cerrarla, pero Sebastián me pide que no me marche. Se le encuentra frustrado y enojado con no sé qué cosa.

—Paula —emite.

¡Quisiera saber yo todo lo que le pasa por la mente a éste rompecabezas humano!

—Quédate —pide, con ligero interés. Me sorprende, pero accedo de buena manera — ¡Por favor!

Cuando ya he cruzado la puerta, parece relajarse un poco de tensiones, apunta con el dedo que me siente a su lado y eso hago, aunque no me acerco tanto, evito la incomodidad que podría causarme si le da uno de sus explosivos ataques de furia.

¡Ja, menudo inestable, nunca sé que dirá o hará!

Confusa por la situación, examino los gestos de su rostro, para ver si encuentro una pista de todo el misterio que se trae encima… y sí; arrepentido es como me lo encuentro, algo le carcome por dentro.

—Perdóname.

No me lo creo, ¿estaré alucinando?

— ¿Qué?

Al ver que me muestro desconcertada, prosigue:

—Perdóname, lamento ser un bruto todo el tiempo —es sincero. Apenado, baja la mirada y aprieta uno de sus puños —. Si solo me hubiese tomado algo de tiempo para escucharte, habría estado al tanto de tu situación, de las razones por las que tomaste el empleo, de la muerte de tu padre, la autoridad que Adriana tenía sobre ti…

—Ya es tarde, lo hecho está hecho y no hay vuelta atrás. —Acoto, intentando sonreír y olvidarme por un minuto de lo que ocurre con mi madrastra y sus hijos, pero es inútil. Inspiro, sintiéndome descompuesta por todo.

No está de acuerdo con lo que he dicho, por ello me mira directamente a los ojos, negando con la cabeza. Seguidamente, con un movimiento de manos y brazos que ya ha ejecutado en varias ocasiones, se acerca hasta mí, −le ha costado, pero igualmente lo ha logrado− y vuelve a hablar:

—No es tarde para mí, ¿cierto? ¿Yo aún puedo pedirte perdón, Paula? Dime que si, por favor. Dime que tienes pensado perdonar a esta bestia. —Al ver que no digo nada, toma mi mano izquierda entre las suyas y, planta un pequeño beso allí. —Paula, dime que perdonas a este idiota, por favor.

Tengo todo un conjunto de sentimientos fusionándose para estallar cual fuegos artificiales, y todo es producto de una sola cosa: de esto que siento por Sebastián.

Espera escuchar algo de mis labios, pero la emoción que siento no me permite hablar al momento, así que vuelve a cantar un pedacito de esa hermosa canción:

Perdóname, prometo que ya no evitaré escucharte.

Ven que te necesito, de tus labios ya me he convertido en un adicto…

Odio sentirme así, me odio a mí mismo porque todo lo jodí.

Nena, ven ya con el maldito adicto, de tus labios un adicto, maldito adicto.

Ven y calma este lamento porque hoy yo de verdad lo siento…

No puedo evitar sonrojarme y sonreír como una tonta.

¡Hay cosas que no controlo, y esos son mis sentimientos, pues son demasiado fuertes!

—Te perdono —bajo la vista y luego la dirijo a su cara; también sonríe —…aunque, no sé por qué lo hago, Sebastián, si tú, no me has hecho nada. La culpable de todo fue Adriana y…

—Yo también soy culpable por hacerte sufrir, Paula — menciona, acariciando el dorso de mi mano con sus nudillos. —Muchas veces he sido antipático y déspota contigo, y eso aunado a que la mayor parte del tiempo que trabajabas conmigo no tuve buenos modales… me comporté, he actuado como un animal—Vacila un rato, con el entrecejo fruncido. Piensa en algo lejano—. La noche de la Cena de Acción de Gracias en casa de tu amigo Jhommer, que si era o es tu amigo de verdad; y de regreso a mi casa…—Rememora, esbozando una sonrisa irónica. En sus ojos se proyecta un brillito especial—. Habías venido a mi casa para ayudarme y cuidarme como siempre, sin embargo no te deje hacerlo; actué de muy mala manera… —Vuelve a besar mi mano, pero esta vez dos veces —. Y por eso también te pido perdón, preciosa. Fui un ogro, te eche de casa y… no te di oportunidad de hablar, me negué a escucharte.



Criswell A. Ojeda

Editado: 23.04.2019

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