En mis sueños

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Tú aún estás en mis sueños

—Fleur, ¿estás segura de lo que acabas de decir? —Solté un bufido ante la pregunta de Millet.

—No… Todo está revuelto en mi cabeza —musité. Kenya se acercó a nosotras, sacó un sobre amarillo de su bolso y caminó hacia mí para entregármelo.

—Esto podría refrescarte la memoria.

 

Abrí aquel sobre con desesperación y comencé a mirar su contenido. Eran fotografías. Me observé abrazando a André. Otra de ellas mostraba cómo me colgaba de su cuello al besarlo. Incluso venían las fotos que tomó la cámara de seguridad del hotel. Tragué saliva con fuerza.

 

—Yo… Lo confundí —susurré.

—¿Con quién? —preguntó Millet—. No creo que esto haya sido por tu culpa, pero necesito saber los detalles —pidió ella con más sutileza.

—No es necesario —dijo Kenya—. Aquí están las pruebas de que, si algo malo le ocurrió, ¡ella misma se lo buscó!

 

   La actitud de Kenya era desconcertante. Durante mucho tiempo creí que era mi amiga, la consideraba mi mejor amiga, confiaba en ella. Y ahora estaba ahí, golpeándome con sus acusaciones. Ella parecía saber mejor que yo qué era lo que había ocurrido aquel día.

 

—¡Silencio! Le ordenó Millet—. Vamos, Fleur, ¿con quién confundiste a André?

 

   Miré el suelo fijamente. No estaba segura de nada, solo balbuceaba las palabras que salían de mi boca… Las cosas que había en mi cabeza, qué era verdad y qué había imaginado. Todo estaba separado por una línea casi invisible. Pero hice un esfuerzo por poner orden en mis ideas.

 

—La canción… André sabía la letra de su canción. No me di cuenta de que era André, era como si estuviera alucinando, nada parecía real ni coherente. Pensé que era él.

 

Ahí estaba, por fin, el recuerdo completo. Cada palabra, cada gesto, cada roce, incluso las sensaciones. Todo había vuelto a mi memoria, como una grabación vieja. Recordándome, torturándome. Kenya sonrió con satisfacción antes de asestar el golpe final.

 

—Ahora ya conoces la historia, Millet, nadie obligó a Fleur a irse con él. Si André abusó de ella no es culpa de nadie más que de ella y de su hipocresía, que por fin se vio revelada. ¿Te confundiste? ¿Estabas ebria? Fue tu culpa. Tú te lo buscaste. —Sus palabras hicieron eco en mi cabeza. Por fin el control que había mantenido se rompió y pude dejar salir aquel dolor, aquella desesperación. Comencé a llorar.

 

Millet corrió hacia mí y se agazapó a mi lado para intentar consolar mi llanto y los gritos que venían desde mi interior.

 

—¿Por qué dejaste que André se la llevara si estaba ebria? —preguntó a Kenya—. No fue su culpa, fue la tuya.

 

El estómago se me revolvió, sentí náuseas. Estaba asqueada de solo pensar que mi cuerpo le había pertenecido a André y que yo misma me había puesto en esa situación. Me levanté vacilante para correr hacia el baño. Millet me siguió de cerca y se quedó conmigo, me ayudó recogiendo mi cabello para que no se ensuciara. 

 

   Las arcadas en mi estómago por fin cesaron y me dejé caer en el suelo de mosaico exhausta. Intenté ponerme de pie, pero no pude hacer que mis piernas respondieran.

 

—¿Fleur? —susurró—. Necesitas calmarte. —Se arrodilló junto a mí y limpió mi rostro, que estaba lleno de sudor. 

—¡No puedo! —grité sollozando.

—Necesitamos ayuda, debemos decírselo a tu papá.

—No… no —dije moviendo la cabeza—. No se lo digas, te lo suplico… No.

—¿Cómo obtuviste esas fotos?  —preguntó a Kenya, quien no se había movido del umbral de la puerta del baño.

—Había un paparazi en la fiesta. Lo encontré cuando estaba intentando vender las fotos entre los profesores del conservatorio. Fleur es una mina de oro para ellos, y después del escándalo de la firma… —Millet me miró.



Ana L. Roman

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En el texto hay: almasgemelas, mundo onirico, musica

Editado: 05.12.2019

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