En tu Casa o en la Mía

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Capítulo 24

¡Ay juepucha me toca madrugarrrr… me toca madrugarrrr!

 No puede ser cierto.

¡Ay juepucha me toca madrugarrrr… me toca madrugarrrr!

Jódanme.

—¡ADAM! ¡Maldita sea, otra vez no! —Salgo de la cama, paso por mi cuerpo la camisa de Vin y me dirijo a la puerta de Cam—. Abre la maldita puerta, ¡imbécil! Te voy a matar.

Vin viene corriendo mientras trata de ponerse el pantalón.

—¿Qué sucede, nena?

¡Ay juepucha me toca madrugarrrr… me toca madrugarrrr!

—¿Qué mierda es eso? —pregunta Vin buscando el origen del sonido.

—Eso —digo señalando el móvil de Adam ubicado en la repisa del pasillo—, es el maldito marciano cantador de Adam. —Golpeo nuevamente la puerta de Adam—. ¡Será mejor que salgas, amigo! —Observo a Vin—. ¡Voy a matarlo!

Adam sale adormilado. Cubriendo sus tesoros con la sabana. Eso no será de protección alguna. Tomó el celular y lo arrojo en su cara. ¡Pum! En el blanco.

—¡¿Qué demonios, Alec?! —grita Adam, mientras intenta recoger su teléfono. Cam se levanta y viene para ver qué sucede.

—Tienes razón, Cam. Arrojarle el teléfono en la cara funciona. —Señalo a Adam con mi dedo—. Eso, idiota, es por volver a despertarme con tu marciano.

—Pero… pero yo no fui. ¡Cam, tu dejaste el teléfono allí! Y soy yo al que golpean. —Vin y Cam rompen a reír.

—¿Qué carajos es eso? —pregunta Vin, divertido.

—Ese es el jodido marciano que te dije. La nena de Adam debe despertarse con ese odioso sonido.

—No puedo creer esto… —Vin no se recupera de su ataque de risa. Adam está sobando su frente donde tiene ahora una hermosa marca. Cam sigue riéndose fuertemente, lo que hace que yo también me ría.

—No es gracioso —refuta Adam.

—Sí. Sí lo es —respondo. Adam va hacia la cocina y regresa con un taza llena de agua.

—¡El que ríe al ultimo, ríe mejor idiotas! —Nos arroja agua helada a todos tres. Es ahí cuando empieza nuestra guerra de agua dentro del apartamento de Cam.

—No puedo creer que eso todavía no se seque. —Cam está intentado secar los cojines de la sala con su secador de pelo.

—Ya te lo dije, ponlo en la secadora.

Abre su boca y finge ofensa.

—Son cojines finos, Alec. Si los coloco en la secadora, todas las piedras se despegaran.

—Espera. —Interrumpe Vin—. ¿Hace cuánto no lavas esas cosas?

—Nunca —responde Adam, por ella—. Creo que mi trasero desnudo estuvo sentado en ese donde tienes ahora tu cara. —Señala el cojín donde Vin esta recostado.

—Oh mierda… creo que esto es un pelo de tu trasero Adam. —Vin sostiene un pelo imaginario.

—¡Idiotas, asquerosos! —gritamos Cam y yo a la vez mientras los dos hombres se parten de la risa otra vez.

Dos horas más tarde, almorzamos en el restaurante de la esquina donde venden una deliciosa lasaña. Visitamos el museo —Adam quería volver a ver un dinosaurio—, lloró cuando le contaron como habían encontrado a la madre junto al fósil de su cría.

—Eres un fenómeno. ¡Eso fue hace mil años! —Se burla Cam.

—Qué insensible eres, mujer. No sé cómo aún estoy a tu lado. —Adam finge estar herido y se aparta de Cam.

—¡Grandísimo idiota!

—Grandísimo le has dicho a otra cosa… —Levanta sus cejas y ríe perversamente.

Cam ríe también y se besan. Suspiro.

—Son tan raros.

—Pero son perfectos el uno para el otro —susurra Vin en mi oído, enviando escalofríos por mi cuerpo.

Terminamos ese domingo lluvioso después de las seis en el apartamento de Cam, con malvaviscos, chocolate, palillos de queso y películas. Adam nos obligó a ver Johnny English, dos veces.



Maleja Arenas

Editado: 11.07.2019

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